A fe y fuego

A fe y fuego

jueves, 9 de julio de 2015

Capítulo 18



A.D. 843M40. Prelux Magna (Vermix), Sistema Cadwen, Sector Sardan, Segmento Tempestuoso.



Mathias Trandor sabe que va a tener pesadillas. Siempre las ha tenido, pero esta noche va a ser peor. Porque hoy es el aniversario de la Matanza de Galvan.
La mayor parte del tiempo, Mathias aparenta ser un joven normal. Es inteligente, trabaja duro y ha congeniado bien con la mayoría de los acólitos de la cábala del Inquisidor Aeneas Crisagon. Se lleva bien con Acadio Udrian, su compañero de laboratorio, a pesar de que éste no posee demasiadas habilidades sociales. Admira y respeta al Magíster Séneca, su superior directo, que lo trata con amabilidad. Le cae bien Robert Travis, el teniente de la Guardia Imperial que está al mando del pelotón que Lord Crisagon ha escogido para proteger a sus acólitos cuando salen de expedición. Incluso ha conseguido caerle en gracia a los dos miembros más inaccesibles de la cábala: Mikael Skyros, el asesino vermixiano, y Ophirus Crane, el tecnosacerdote. Ambos son astutos, ingeniosos, y poseen un punto de humor negro que sólo unos pocos, como Mathias, han logrado conocer. También se ha hecho amigo de Bruno Drayven, un sacerdote de la Eclesiarquía, que no es miembro de la cábala de Lord Crisagon pero con el que coincide con frecuencia en su taberna favorita del sector eclesiástico de Prelux Magna.
Y también, por supuesto, está Phoebe.
Phoebe Aberlindt se ha convertido en la única amiga cercana que tiene en la cábala. De hecho, es la única amiga que ha tenido desde que se separó de Alara Farlane. Por supuesto que ha conocido diversas mujeres a lo largo de su vida y ha tenido novias y amantes, pero nunca pensó en ninguna de ellas como su amiga. Phoebe, en cambio, no es nada de eso. Nunca ha habido intimidad física entre ellos, porque a pesar de que a la joven historiadora no le faltan encantos físicos, Mathias tiene dificultades para sentirse atraído por mujeres que no coinciden con la nebulosa imagen mental que él tiene de Alara. Sin embargo, ella es lo más parecido que tiene a una confidente, y se lo pasan bien juntos; es de las pocas personas con las que siente que puede hablar de cualquier tema.
O casi cualquier tema. Porque Mathias jamás ha hablado acerca de Alara. Ni con ella, ni con nadie más. Dolería demasiado.
Sin embargo, aunque nunca hable de Alara, piensa con frecuencia en ella, y en el aniversario de la Matanza de Galvan todavía más. Recuerda a su amiga, llorosa y asustada, recuerda el horror, la confusión, el fuego y las llamas. Pero sobre todo, recuerda a su familia. Los gritos de su hermana, quemándose viva dentro de la casa. Y los últimos y horribles momentos de la vida de su madre, de aquella figura envuelta en llamas que alguna vez se había llamado Alyssa…
De repente, las lágrimas lo hacen parpadear. Por fortuna está solo en el laboratorio; Acadio y el Magíster Séneca ya se han marchado, aunque él ha preferido quedarse a trabajar un poco más. Ya debe ser la hora de la cena. Mathias reflexiona un momento y finalmente saca un frasco de su bolsillo, el que contiene los tranquilizantes que lo ayudan a dormir. No siempre lo libran de las pesadillas, y desde luego no lo harán esta noche, pero por lo menos podrá descansar, y cuando el horror invada sus sueños no despertará gritando. Se traga dos pastillas, una primero y la otra después, y las hace bajar con un sorbo de agua.
-¿Mathias?- pregunta una voz desde la puerta.- ¿Te encuentras bien? ¿Qué es lo que estás tomando?-.
Mathias se gira de repente, sobresaltado. No ha oído entrar a Phoebe. La joven viste uno de sus sencillos vestidos color pastel y lleva el dorado cabello peinado en un recogido sencillo que le despeja las facciones. Sus bonitos ojos azules están teñidos de preocupación.
-¿Qué haces aquí?- pregunta él.
-He visto que no venías a cenar y me he preocupado por ti. ¿No tienes hambre?-.
-Estoy bien. No me he dado cuenta de que fuera tan tarde-.
Se mete con disimulo el frasco en el bolsillo, pero no consigue despistar a Phoebe.
-¿Qué es eso? ¿Son pastillas? ¿Estás enfermo?-.
-No, no- se apresura a tranquilizarla Mathias, temiendo que su amiga, con lo protectora que es, intente convencerle de visitar a un médico.- Sólo son tranquilizantes. Para dormir-.
Phoebe frunce el ceño.
-¿Por qué necesitas tranquilizantes? ¿Ha pasado algo?-.
“¿Qué si ha pasado algo?”. Mathias se queda mudo. “No tienes ni idea. ¿Cómo explicarte, cómo hacerte ver aunque sea mínimamente, todo lo que me ha pasado?”.
Al fin y al cabo, Phoebe no es una progénita. No es como él. Ella es una historiadora vermixiana de buena familia, licenciada en el Collegia Imperiales de Prelux; estudios que le ha pagado sus padres, que siguen vivos, para asegurar el futuro de su hija, porque será su hermana mayor quien herede el negocio y la fortuna familiar. No tiene ni idea de lo que es perderlo todo, que te arranquen de tu planeta natal, y ser forjado, quebrado y vuelto a forjar como el acero de una espada por los abades instructores de la Schola Progenium. A pesar de las pastillas que se acaba de tragar, siguen ardiéndole los ojos.
Phoebe se acerca, preocupada y comprensiva.
-Mathias, por favor, si en algo te puedo ayudar, dímelo. ¿Qué ha sucedido?-.
Lo toma de las manos en un gesto cariñoso, y de repente las lágrimas de Mathias se desbordan incontrolables por sus mejillas y sin apenas darse cuenta empieza a hablar, a hablar y a hablar; le cuenta a Phoebe Aberlindt lo que no le había contado a ningún ser humano jamás: Tarion, Galvan, su familia, la incursión del Caos que acabó con sus hermanos mayores y con sus padres, la Schola Progenium, la disciplina militar sin rastro de cariño ni ternura a la que tuvo que someterse con apenas ocho años, los castigos, el sufrimiento y las horas de soledad, con el llanto encerrado en un corazón helado que no sabía cómo dejarlo salir. Las pesadillas que lo visitan casi a diario, especialmente cuando se acerca el aniversario de la Matanza de Galvan, que no puede soportar sin tomar tranquilizantes antes de dormir, porque en caso contrario no se atrevería a cerrar los ojos. La hora de cenar pasa y llega la noche cerrada, pero Phoebe no se separa de su lado y lo escucha con paciencia, sin soltarle la mano. Mathias se siente inundando de una gratitud enorme, casi absurda, comprendido y reconfortado por primera vez desde que se convirtió en progénito, y durante un momento mira a Phoebe Aberlindt y siente que le recuerda a su hermana, a Helena, esa hermana mayor a la que tanto quería, dulce y cariñosa como ella, que siempre lo consolaba y lo protegía de los líos en los que su hermano Martin, más avispado y travieso que él, lo intentaba enredar.
Y por primera vez desde que tenía ocho años, confortado por la cálida presencia de la única amiga en la cree poder confiar, el amor secreto que anida en su corazón brota al exterior como sangre supurante de una herida sin curar, y sus labios pronuncian el nombre de Alara Farlane.
-Nunca he podido amar a nadie más- confiesa. Con el rostro hundido entre los dedos, no puede ver la expresión de Phoebe, pero sabe que su amiga lo escucha, y su tranquilizadora presencia lo alienta.- He intentado seguir adelante, lo he intentado mil veces, pero no puedo. ¡No puedo! Hasta que no sepa qué ha sido de ella, hasta que no consiga encontrarla, no podré librarme de su recuerdo-.




A.D .844M40. Shantuor Ledeesme (Vermix), Sistema Cadwen, Sector Sardan, Segmento Tempestuoso.


Las escaleras de caracol pronto dejaron de ser metálicas para convertirse en escalones de piedra, tallados en la roca viva. Las paredes estaban decoradas con mosaicos que representaban humanos adorando a dinovermos, a sacerdotes o a una pareja de gigantesco tamaño formada por un hombre grueso y una mujer esbelta; sin duda, debían ser el Padre y la Madre de los que hablaba el informe de las religiones vermixianas. Algunos boquetes dispuestos a intervalo regular revelaban los lugares donde antiguamente habían estado situadas las luces que iluminaban el descenso.
A medida que bajaban, la atmósfera se hacía cada vez más y más opresiva. Cada veinte escalones, Alara se detenía y escuchaba con atención, pero de las profundidades no llegaba ni el más leve sonido. Sin embargo, estaba segura de que aquel sitio no estaba vacío. Algo en el aire rebosaba malignidad, y la sensación era más intensa cuanto más avanzaba.
“Con que un destino aburrido escoltando a los predicadores por las ciénagas, ¿eh, Alara?”, pensó con ironía. “Al parecer, el Emperador escuchó tus quejas”.
Parecía que las escaleras de piedra nunca iban a terminarse, pero de repente terminaron. Alara se encontró en un pasillo de techo alto cuyo final se perdía en las tinieblas. Miró hacia arriba, aunque supuso que era una precaución inútil.
“Es imposible que en este lugar cerrado durante tantos siglos hayan sobrevivido dinorácnidos o cualquier otro animal”.
Con paso cauteloso, comenzó a avanzar. De vez en cuando, se topaba con puertas cerradas a ambos lados de la pared. Probó a abrir una de ellas, pero el pomo no cedió. Al otro lado no se escuchaba nada, y decidió seguir adelante. A varias decenas de metros, llegó a una encrucijada. Se detuvo en ella, indecisa por unos instantes.
“¿Hacia dónde?”. No tenía ni idea, de modo que decidió dejarse llevar por la intuición. “Seguiremos recto, hacia delante”.
-Tercera escuadra, atentas a la retaguardia- ordenó la voz de Tharasia por el vocotransmisor.
Al cabo de un minuto, Alara llegó al final del pasillo. Frente a ella había una puerta de doble hoja, labrada con ornamentos del suelo al techo. En la parte central, junto a dos enormes goznes, se perfilaban las gigantescas figuras del Gran Padre y la Madre de Todo, esculpidas con sorprendente realismo: un hombre corpulento y una mujer esbelta, extendiendo las manos en un gesto de saludo o bendición. La mujer tenía los cabellos largos y una expresión melancólica, con tres grandes lágrimas brotándole de cada ojo. El hombre, sin embargo, lucía una beatífica sonrisa, pero Alara advirtió que la jovialidad de su sonrisa no alcanzaba a los ojos, cuya mirada expresaba una gran dureza.
-Tengo frente a mí una puerta cerrada- informó.- ¿Intento forzarla?-.
-Espere un momento- respondió la Ejecutora.- Hermana Octavia, adelántese y examínela-.
Poco después, Octavia llegó hasta donde se encontraba Alara. Iba vestida con servoarmadura completa y portaba un Auspex psíquico en la mano. Lo acercó a la puerta y pulsó una runa. El aparato empezó a zumbar.
-Percibo energía disforme- dijo.- Pero no en la puerta, ni detrás de ella, sino más allá-.
-Gracias, hermana Octavia. Adelante, hermana Alara-.
Al no ver cerradura ni tranca alguna, Alara agarró los goznes y tiró de ellos, sumando la fuerza de su servoarmadura a la suya propia. Para su sorpresa, la puerta se abrió son un quejumbroso chirrido. Gracias al sistema de visión nocturna, fue capaz de vislumbrar lo que había al otro lado. Se trataba de una inmensa sala heptagonal repleta de bancos de piedra, capaz de dar cabida holgadamente a un millar de personas. Cada una de las esquinas de la sala estaba ocupada por una columna llena de pebeteros vacíos y con cientos de volutas talladas. Las paredes estaban decoradas con mosaicos que representaban escenas similares a las de los relieves de las escaleras. Varias de las teselas se habían desprendido con el paso del tiempo, dejando las imágenes plagadas de melladuras. Al fondo, Alara vio un gigantesco altar, desde el que tres lejanas figuras envueltas en penumbra se cernían inmóviles tras el púlpito.
-El templo pagano- dijo.- Por fin lo hemos encontrado-.
-Exploren por escuadras- ordenó Tharasia.- Primera escuadra, conmigo a la izquierda. Segunda escuadra, a la derecha. Padre Bruno, hermana Octavia, confluyan con nosotras junto al altar cuando hayamos verificado la seguridad del terreno. Tercera escuadra, custodien las puertas. Adelante-.
Alara y las hermanas de su escuadra rodearon las filas de bancos explorando el terreno. A media sala, hallaron una puerta de tamaño regular que se abría bajo un friso decorado con vermívoros tallados. Tampoco estaban cerradas con llave, y al entrar, constataron que se trataba de una especie de sacristía, polvorienta y abandonada. Había una mesa con varias sillas, un par de armarios y una vitrina. Tanto la vitrina como los armarios estaban vacíos.
“Aquí debían guardar las túnicas sacerdotales y el material de culto”, pensó Alara.
No había más puertas en aquella estancia, ni tampoco ventana alguna. Las Sororitas retrocedieron y siguieron avanzando hasta llegar al altar. Alara había estado en decenas de iglesias y había visitado las catedrales imperiales de Galvan, Randor Augusta, Prelux Magna y el Convento Sanctorum de Ophelia VII, todas ellas muchísimo más grandes, adornadas y monumentales que aquel templo pagano, pero aún así el altar la sobrecogió. Las figuras no estaban talladas al estilo imperial, sino de un modo mucho más refinado, pulido. Casi daba la impresión de que estaban vivas. Esta vez no se trataba de una pareja, sino de un trío: el Padre, la Madre, y el medio de ellos una figura alta envuelta en una túnica llena de pliegues, cuya capucha mantenía oculto el rostro. En su mano derecha portaba un báculo coronado por el vermívoros. La madre alzaba la mano en gesto de solemne bendición, mientras que el padre portaba una espada en la diestra y una balanza en la siniestra; sin duda una alegoría de la justicia, muy común en la mayoría de las sociedades humanas. Sobre el altar, ante las estatuas, se alzaba la figura de una estrella de siete puntas.
-Flanco derecho despejado- informó.
-Flanco izquierdo despejado- dijo la voz de Tharasia.
-Retaguardia sin novedad- afirmó Theodora.
Aquel fue el momento en que el padre Bruno, los confesores y Octavia se adelantaron. La Dialogante escaneó el altar con el Auspex y dio un leve respingo.
-Percibo energía disforme en el púlpito- anunció.- Se concentra en la estrella de siete puntas, aunque no hay ningún hechizo activo-.
Octavia exploró el púlpito, examinándolo por todos lados. Finalmente, miró al techo y señaló.
-La energía que alimenta el altar proviene de un conducto que nace bajo el púlpito y se introduce en la pared del fondo, tras el altar. Creo que deberíamos comprobar qué hay al otro lado-.
Un pasillo rodeaba el semicírculo del altar confluyendo al otro lado, justo en el extremo opuesto a la puerta por la que habían entrado. Sin embargo, allí no había nada. Nada salvo las paredes, que se unían en un ángulo obtuso formando el pico de la sala heptagonal.
-No es posible- dijo Tharasia, cuya voz rezumaba descontento.- La energía disforme tiene que venir del otro lado-.
El rostro de Octavia estaba oculto por el casco de su servoarmadura, pero Alara podía imaginar a la perfección cuál era su expresión en aquel momento: labios apretados, mandíbula prieta y ceño fruncido, la que siempre ponía cada vez que se enfrentaba a un problema difícil.
-Vamos a ver… -murmuró por el vocotransmisor.- Esta esquina sólo se diferencia del resto en una cosa: No hay ninguna columna en la unión de las paredes. Eso puede significar… hum, veamos…
La mirada de la Dialogante reptó por las paredes y se desvió hacia el suelo.
-Hermana Ejecutoria, mire eso- señaló.
Tharasia y todas las demás bajaron la mirada hacia donde señalaba Octavia. En el suelo, frente al ángulo de la pared, había un círculo que parecía hecho del mismo plomo que los goznes de la puerta. En su interior destacaba el relieve de una estrella de siete puntas. Octavia se arrodilló para examinarlo de cerca.
-Hay una leve separación entre el círculo y las baldosas- dijo.- Muy pequeña, de un par de milímetros…
Apoyó la mano sobre el círculo y apretó. No sucedió nada. Entonces, se levantó y se posicionó encima del círculo, que tenía el diámetro justo para que una persona pudiera ponerse en pie sobre él. Esperó. No sucedió nada.
-¿Hermana?- inquirió Tharasia.- ¿Percibe algo?-.
-Creo que se ha hundido un poco cuando me he puesto encima- dijo Octavia, insegura.- Sin embargo, no estoy del todo seg…
En ese momento, un chasquido interrumpió sus palabras. La doble pared en ángulo que cerraba la sala comenzó a deslizarse hacia arriba emitiendo un penetrarte chirrido a engranajes oxidados. Alara, asombrada, contempló cómo la pared seguía subiendo más y más, hasta revelar lo que había al otro lado: un gigantesco pasillo tallado en roca.
Cuando la pared se detuvo en el punto más alto, Octavia se bajó del círculo.
-Ya está- dijo.- Un mecanismo de apertura basado en una placa de presión con efecto retardado. Por lo que veo, al otro lado de la puerta hay otra igual. Por lo visto, el cierre y la apertura de la pared se pueden controlar desde ambos extremos-.
-Es un alivio- dijo la Ejecutora.- Significa que no hay peligro de quedarnos encerradas al otro lado-.
En ese momento, Alara escuchó un leve chasquido de estática en su vocotransmisor.
-¿Alara?- era Mathias, por el canal privado.- Por favor, informa-.
-Todo va bien- respondió ella.- Hemos encontrado el templo pagano. Consta de un altar cuyo púlpito está alimentado por un canal de energía disforme, aunque Octavia no ha detectado ningún hechizo activo-.
-¿Energía disforme, dices?- preguntó Mathias, inquieto.- ¿Y qué la alimenta?-.
-Eso mismo vamos a descubrir. Acabamos de abrir una puerta levadiza que lleva a una especie de túnel tallado en la roca. El canal conductor tiene que estar más adelante-.
-Entonces, tened cuidado. Infórmame de cualquier novedad-.
-Recibido- respondió Alara.- Cambio y corto-.
Regresó al canal de su pelotón. Tharasia dio orden de continuar adelante, y así lo hicieron. Octavia y los sacerdotes retrocedieron de nuevo a su lugar entre el primer y el tercer pelotón, y Alara echó a andar por el túnel de roca. No tuvo que caminar mucho; veinte metros más adelante, la boca del túnel se ensanchó, dando paso a un lugar que la dejó atónita.
Se encontraban en una gruta de dimensiones colosales. A ojo, Alara calculó al menos trescientos metros de profundidad. Semejante distancia tendría que haber dejado el extremo opuesto de la cueva sumido en las tinieblas, pero la joven podía ver con tanta claridad como si fuese de día, debido a que en aquella enorme caverna la oscuridad no era absoluta como en el resto del templo. Existía una tenue fuente de luz, que los visores de las Sororitas amplificaban al máximo.
El suelo se extendía ante ellas a lo largo de varios metros hasta llegar a la orilla de un lago subterráneo, que ocupaba las dos terceras partes de la gruta. Las estalactitas que colgaban del techo, gruesas como troncos de árbol, y las paredes rocosas e irregulares, revelaban que no se trataba de una cueva artificial sino de una formación natural que daba cobijo a un lago subterráneo. Las aguas negras, lisas como el cristal, estaban cruzadas por un puente metálico en forma de ocho -otro vermívoros- que comunicaba ambas orillas.
“Lo sabía”, pensó Alara, triunfal. “¡Tenía que haber una cavidad subterránea para los enterramientos que comunicara con la laguna exterior!”.
Sin embargo, aquella sensación de triunfo no fue acompañada de regocijo, sino de un profundo malestar. La luz mortecina que iluminaba aquella cueva procedía de un símbolo arcano que había en la pared, justo al otro extremo, sobre la arcada de una puerta negra. El símbolo brillaba y latía con una luz extraña, iridiscente y sobrenatural. Alara tragó saliva; la mera visión de aquella luz le provocaba náuseas. De la parte superior de aquel extraño símbolo emergía un tubo impregnado de aquella extraña luz que cruzaba el techo de la caverna hasta incrustarse en el extremo opuesto de la pared de roca, justo por donde habían entrado las hermanas.
-Hechicería- siseó Tharasia a media voz.- Hechicería impía y blasfema. Hermana Alara, tenía usted razón. La brujería y la blasfemia impregnan este lugar. Pero nosotras vamos a purgarla-.
Con paso decidido, la Ejecutora se encaminó hacia el puente, rifle bólter en mano.
-¡No!- gritó Alara, sobresaltando a todo el mundo.- ¡No, Ejecutora, no lo haga!-.
Tharasia, que estaba a punto de poner un pie sobre la pasarela metálica, se detuvo.
-¿Qué sucede?- inquirió, girándose.
Alara estaba tan nerviosa que tuvo que hacer un esfuerzo para no dejar salir las palabras a toda velocidad.
-Bajo el agua podría haber dinovermos. Se guían a través del sonido, y esa plataforma metálica emitirá vibraciones si caminamos por encima de ella. ¡Los atraerá!-.
-¿Dinovermos?- preguntó Tharasia, escéptica.- ¿Está segura de lo que dice, hermana?-.
-¡Los funerales vermisionarios consistían en la ofrenda de cadáveres a los dinovermos!- insistió Alara.- Creo que la cavidad sumergida que comunica la Laguna Verde con esta gruta debe ser lo bastante grande como para dejarlos pasar. Por favor, retroceda y permítame comprobarlo-.
Tharasia aún parecía escéptica, pero retrocedió. Cuando comprobó que sus hermanas estaban alejadas de la orilla, Alara apuntó con el rifle a la pasarela metálica y disparó.
Había intentando dirigir el tiro lejos de la orilla, y el primer disparo falló. La bala se hundió en el agua, emitiendo una leve onda expansiva. El eco reverberó por las paredes. El agua no se movió, aunque Alara creyó distinguir una leve ondulación al margen de la que la bala había causado. Volvió a apuntar, disparó, y esta vez tuvo éxito. La plataforma metálica reverberó con la potencia de un gong.
Durante un segundo eterno no sucedió nada. Luego, de repente, la superficie del lago se quebró con un estruendo, y una figura monstruosa emergió, abalanzándose con la rapidez de una sierpe sobre la pasarela de metal. Alara contempló anonadada el cuerpo anillado de un dinovermo de tres metros de diámetro cuya boca abierta, erizada de colmillos engarfiados, mordió con ferocidad el lugar donde un par de segundos antes había impactado el proyectil de su rifle bólter. Furioso por haber mordido el vacío, el dinovermo se irguió amenazador, abriendo y cerrando las fauces.
-¡Emperador bendito!- exclamó Tharasia.- ¡Fuego a discreción!-.
Las Sororitas comenzaron a disparar. Alara también lo hizo al principio, pero de repente cayó en cuenta del error. Los proyectiles de bólter se introducían en el cuerpo gelatinoso del dinovermo y reventaban causándole desgarros en la piel, pero aquel bicho era demasiado grande. El dolor, en lugar de herirlo de gravedad, lo estaba poniendo furioso. Tharasia también debió darse cuenta, porque ladró una orden.
-¡Dejen de disparar!-.
Las hermanas se detuvieron. El bicho, sangrando por un centenar de heridas, se revolvió con furia y volvió a introducirse en el agua. Un instante después, dos dinovermos tan grandes como el anterior emergieron, retorciéndose como culebras. Alara los contempló con una mezcla de asco, temor y fascinación. Los animales acecharon durante unos minutos con las fauces entreabiertas, pero las Sororitas se mantuvieron inmóviles y no las detectaron. Al final, volvieron a hundirse bajo las aguas oscuras.
“No conseguiremos matarlos a disparos”, pensó Alara. “Hay demasiados. No podremos cruzar; nos quedaremos sin munición antes de acabar con ellos”.
Afortunadamente, tenía a mano al mayor experto en dinovermos que podía desear. Sintonizó su vocotransmisor en el canal privado.
-Mathias, aquí Alara. ¿Me recibes?-.
-Aquí Mathias- respondió la voz del joven, algo distorsionada por la estática.- ¿Ocurre algo?-.
-Hemos llegado a una cueva con un lago subterráneo. Hay una pasarela metálica que lo cruza, pero el agua está llena de dinovermos y las vibraciones de las pisadas los atraen. Necesitamos neutralizarlos para cruzar al otro lado. ¿Qué podemos hacer?-.
Una breve pausa siguió a sus palabras. Luego, Mathias volvió a hablar.
-¿Tenéis granadas?- preguntó.
-Sí, claro-.
-¿Explosivas o de fragmentación?-.
-Ambas-.
-Usad las explosivas. Arrojadlas al lago y que detonen bajo el agua, a ser posible a la vez. Los dinovermos basan su percepción en el oído y el olfato; una explosión lo bastante fuerte los dejará sordos y los aturdirá. No serán capaces de seguir percibiendo las vibraciones de la pasarela. Ni nada más, diría yo, al menos durante un buen rato. Es posible incluso que los dejéis gravemente heridos o que pierdan el conocimiento, dependiendo de su tamaño. En cualquier caso, creo que dejarán de ser una amenaza-.
-Gracias- respondió Alara.
-Avísame cuando lleguéis al otro lado- le rogó él.
Alara pasó al canal de su pelotón del vocotransmisor.
-Hermana Ejecutora, acabo de consultar con el Doctor Trandor. Me ha sugerido usar granadas explosivas para aturdir a los dinovermos y neutralizarlos. Debemos detonarlas simultáneamente bajo el agua-.
-¿Está segura de que ese método funcionará, hermana Alara?-.
-El Legado del Ordo Xenos así me lo ha asegurado-.
-Muy bien. Hermanas, ya lo han oído. Avancen hasta la orilla del lago, granada explosiva en mano programada a tiempo máximo. Quiten la anilla a mi señal, y cuando haya contado hasta seis arrójenla al agua. Segunda escuadra, concentren los lanzamientos en el flanco derecho; tercera escuadra, en el izquierdo; la primera escuadra en la zona central.- Todas las Sororitas extrajeron una granada del cinto.- Arranquen anillas, ¡ya! Uno, dos, tres… -todas echaron los brazos hacia atrás, preparadas para lanzar- …cuatro, cinco, ¡ahora!-.
Las granadas describieron una parábola en el aire y de manera casi simultánea cayeron al agua. Pocos segundos después, una multitud de explosiones reverberaron en las paredes de la gruta, cada una acompañada de un chorro de agua saliendo disparado hacia arriba como pequeños géiseres. Unos segundos después, cuando las aguas del lago comenzaban a aquietarse, Tharasia disparó su bólter contra el puente de metal. Ningún dinovermo reaccionó al disparo.
-¡Adelante, hermanas!- ordenó la Ejecutora. Entró la primera en la pasarela de metal, y las demás la siguieron.
Alara miró hacia el lago mientras cruzaban, pero fue incapaz de vislumbrar a los dinovermos en aquellas aguas negras. Sin embargo, pronto dejó de mirar cuando una nueva oleada de náuseas le retorció de nuevo el estómago. Alzó la vista, y el asco y la repulsión de acrecentaron.
“La luz. Esa maldita luz”.
Apretó los dientes y se obligó a seguir caminando, rezando entre dientes una plegaria. Cuanto más se acercaban al otro extremo de la pasarela, más claramente distinguía el símbolo arcano de la puerta, y más repugnante le parecía. Finalmente, todas las hermanas llegaron a la plataforma de piedra que había al final de la gruta. Octavia y el padre Bruno se adelantaron para observar el sello arcano que emitía incesantes pulsaciones de luz disforme.
-¿Qué es esa cosa?- preguntó la Ejecutoria Tharasia.- ¿Lo reconocen?-.
-Sin lugar a dudas, es brujería- dijo el padre Bruno con la voz teñida de desagrado.- Se trata de un sello arcano, aunque los glifos me resultan extraños; no se parecen a los habituales. Aún así, yo diría que se trata de un hechizo de contención-.
-¿Contención?-.
-Yo opino igual- intervino Octavia.- De hecho, me parece que hay dos patrones. Mismo hechizo, dos efectos. Protección y contención-.
Tharasia se impacientó.
-¿Quiere hacer el favor de explicarlo de un modo comprensible, hermana?-.
-Impide atravesar la puerta desde ambos extremos. Será necesario desactivarlo para poder entrar… pero, si lo hacemos, también romperemos la barrera contra todo aquello que quiera salir. Tal vez un psíquico imperial bien entrenado podría discriminar entre ambos hechizos y anular sólo el que nos impide el paso, pero ahora mismo no disponemos de ninguno-.
La Ejecutoria se lo pensó durante unos instantes.
-Si pueden desactivarlo, háganlo. Nuestras órdenes son descubrir qué hay ahí dentro y eliminarlo-.
-Yo no puedo- admitió Octavia.- Estoy entrenada para realizar exorcismos, no para desactivar hechizos-.
-Nosotros sí podemos hacerlo- dijo Bruno con firmeza.- Nuestra devoción no se manifiesta de la misma manera forma que en las Sororitas, pero algunas Letanías de Fe son capaces de anular la magia impía de los descarriados. Hermanos, reuníos en torno a mí-.
Los confesores que acompañaban al padre Bruno se reunieron en torno a su líder. El joven predicador tomó su Rosarius en la mano, lo esgrimió contra el símbolo arcano, y comenzó a salmodiar en Gótico Clásico.
Alara jadeó. Cada pulsación de energía disforme le producía un doloroso latido en la cabeza. Por un instante temió de veras no ser capaz de contenerse y tener que quitarse el yelmo de un tirón para poder vomitar, pero en ese momento sintió que Octavia la cogía de la mano.
-Recemos, hermanas- ordenó la Ejecutora.- Recemos nuestra Fede Imperialis. Pues al otro lado de esa puerta tal vez nos aguarden horrores inconmensurables, y nuestra Fe dará fortaleza y poder a las oraciones de nuestros hermanos-.
Mientras los sacerdotes seguían salmodiando letanías, Alara y sus hermanas comenzaron a rezar la Oración de Batalla de las Sororitas. Y a medida que lo hacían, la joven comprobó con alivio que las náuseas y el malestar disminuían y la determinación volvía a henchir su corazón.

-A spiritu dominato,
Domine, libra nos
Del rayo y la tempestad,
Emperador, líbranos
De la peste, la tentación y la guerra,
Emperador, líbranos.
Del horror alienígena,
Emperador, líbranos.
De la blasfemia de los Descarriados,
Emperador, líbranos.
De los engendros demoniacos,
Emperador, líbranos.
De la maldición de los mutantes,
Emperador, líbranos.
A morte perpetua,
Domine, libra nos.
Porque solo la muerte pueden esperar de vos,
ninguno se librará de vos,
ninguno será perdonado por vos,
te lo rogamos, destrúyelos-.

Cuando las hermanas de batalla terminaron la oración, contemplaron, aún cogidas de las manos, cómo el padre Bruno y los confesores esgrimían sus Rosarius contra el símbolo arcano en una última nota triunfal y la luz disforme vacilaba y se apagaba.
De repente, la oscuridad más absoluta se adueñó del lugar, aunque Alara y sus hermanas siguieron viendo con claridad gracias a su visor infrarrojo. Las defensas de la puerta habían caído, ya nada impedía que pudieran entrar. Pero, ¿qué les aguardaba al otro lado del umbral? Las Sororitas y los sacerdotes escucharon con atención; sólo se oía el silencio.
-Hermanas Nadia y Sarah, abran las puertas- ordenó Tharasia.- Hermanas Diana y Silvia, cúbranlas y disparen de inmediato contra cualquier cosa que intente salir-. Primera y Tercera escuadra, a los flancos -.
Nadia y Sarah giraron el pomo y empujaron. Las puertas comenzaron a abrirse con un gemido de protesta. Alara aferró con fuerza su rifle bólter.
“Las Hijas del Emperador no tienen miedo”.
Al otro lado de la puerta sólo había penumbra, teñida de un leve resplandor iridiscente y verdoso. El silencio y la quietud seguían siendo totales. Entonces, Alara escuchó un leve susurro. Por un instante creyó que se trataba de un zumbido de estática del vocotransmisor, pero luego se dio cuenta de que procedía del exterior. Lo oyó de nuevo. Una voz susurrante, etérea, casi humana.
Casi.
Se quedó inmóvil durante un instante, mirando en rededor. No vio nada. Pasó el visor a ultravioleta, pero nada nuevo se reveló ante sus ojos. Volvió al espectro de visión nocturna.
-Adelante- ordenó la voz de Tharasia por el vocotransmisor.
Alara avanzó un paso. Los susurros se convirtieron en leves bisbiseos de intensidad cambiante. Algunos parecían formar palabras con sentido, aunque se desvanecían casi antes de poder retenerlos.
Abierta… Intrusos… Libre… Tiempo…
Alara penetró en la estancia al frente de su escuadra, y por fin pudo ver con claridad aquel lugar. Era enorme, casi tan grande como la caverna del lago, y apestaba a disformidad. No era para menos, porque decenas de metros más allá, en el centro de la cueva, se erguía una gigantesca plataforma heptagonal sobre la que se abría un portal disforme.
La plataforma, a la que se accedía a través de una estrecha rampa, tenía en su centro una especie de jaula formada por siete altísimas columnas de metal en cuya base destacaban unos cilindros que parecían contener siluetas inertes en su interior. Las columnas confluían muy arriba, a cuatro metros del techo, formando una cúpula heptagonal de la cual descendían una serie de rayos concéntricos de energía psíquica que se concentraban formando el portal. Por fortuna, la abertura era muy pequeña, del tamaño aproximado de una cabeza humana, pero aún así, la iridiscencia que relucía desde el otro lado tenía un halo amenazador. En realidad era una puerta, no la disformidad en sí, pero la tonalidad imposible de sus colores cambiantes produjo en Alara una sensación similar a la de los sueños febriles: la promesa de que un poco más allá sólo aguardaba la locura. De la cúpula heptagonal surgía un grueso tubo metálico horizontal que regresaba hacia la puerta de doble hoja, introduciéndose en la pared de roca.
“Ese debe ser el conducto que alimentaba el hechizo de contención de la puerta”.
El portal disforme no era lo único que había en la plataforma. Entre la jaula y la rampa había un extraño artilugio, algo semejante a un panel de mandos lleno de botones y palancas en cuya base estaba grabado el símbolo del vermívoros. Estaba rodeado por un halo plateado que se parecía mucho a un campo Geller: un escudo deflector de la disformidad y de los seres que la habitaban, que las naves Imperiales llevaban de serie acoplados a su motor disforme para mantener alejadas a las criaturas demoníacas cada vez que saltaban al Inmaterium. Alara no tuvo que pensar mucho para deducir por qué aquella especie de campo Geller estaba ahí: para impedir que cualquier cosa que entrara por el portal pudiera acceder al panel de mandos.
La joven también se dio cuenta de que la jaula no sólo servía para mantener abierto el portal disforme, sino que de algún modo también drenaba la energía que salía de él. En extremos opuestos de la plataforma, conectados por conductos metálicos a la jaula-portal, se alzaban un par de cilindros anillados que parecían condensadores de energía, así como cuatro extraños cañones cuyo diseño no se parecía en nada al del armamento imperial.
La plataforma del portal se alzaba en medio de la caverna como una isla solitaria. El resto de la cueva estaba vacía, a excepción de un singular bosquecillo de setas. Más allá de la entrada el suelo estaba cubierto de lo que parecía un limo húmedo y viscoso, que se extendía desde el suelo plano central hasta los pequeños terraplenes de roca que se adherían a las paredes laterales de la cueva. Y, a excepción de cinco o seis metros libres en la zona central, delante y alrededor de la plataforma, toda la caverna estaba infestada de aquellos extraños hongos que crecían en el limo oscuro como una plaga. Los más pequeños no tenían más de veinte centímetros, pero los de mayor tamaño superaban en altura a las hermanas de batalla. Todas y cada una de aquellas setas despedían un leve brillo verdoso que teñía la caverna de un débil resplandor putrefacto.
El final de la cueva, sin embargo, no se avistaba. Una espesa niebla luminiscente de tonalidad púrpura y verdosa rodeaba la base de la plataforma y se extendía más allá. Tras aquella cortina de niebla sobrenatural, los hongos desaparecían, y nada podía adivinarse sobre lo que aguardaba al otro lado.
De repente, la voz de Mathias hizo que Alara casi pegara un respingo.
-¿Alara? Alara, ¿me recibes?-.
-¡Por el Sagrado Trono, Mathias!- exclamó Alara por el canal privado.- ¡Casi me matas de un infarto!-.
-Creí haberte pedido que informaras cuando cruzarais la plataforma. ¿Estáis bien?-.
-Sí, disculpa. Todo va bien, tu truco ha dado resultado. Había un hechizo que impedía el paso al otro lado, pero los sacerdotes lo han desconectado y hemos traspasado la puerta que había al otro lado de la gruta-.
-¿Qué hay?-.
-Un portal disforme-.
-¿Qué?-.
-Vamos a examinarlo. No sé si hay algo más aquí, pero deberías avisar al tecnosacerdote Crane. Me parece que el portal se controla a través de un panel de mandos, y si es así, él será el único que pueda saber cómo desactivarlo. Vamos a necesitar su ayuda-.
-Recibido, Alara. Hablaré con él de inmediato. Mantenme informado-.
-De acuerdo. Corto-.
Tras escuchar la voz de Mathias, Alara se sintió más tranquila. La Ejecutora Tharasia dio orden de asegurar la zona, y las hermanas se dispusieron en formación aquila: el extremo de los flancos ligeramente adelantado para cubrir al grueso que ocupaba el centro. Alara avanzó desde su posición en el flanco derecho. A medida que se acercaban a la niebla, volvió a escuchar susurros casi incomprensibles. Tragó saliva y siguió avanzando. Ella y las que se encontraban a su alrededor penetraron en el interior de la niebla. Los siseos sobrenaturales crecieron en intensidad; murmullos que la hacían mirar en rededor sin ver nada en absoluto, apuntando en todas direcciones.
Nada parecido a la voz que, de repente y sin aviso previo, resonó dentro de su cabeza. Una voz pavorosa, disonante, antinatural y enfermiza. La voz de algo que no debía existir. Una voz de pesadilla que, sin embargo, le habló directamente a ella en un tono que era casi alegre.
Bienvenida, ALARA FARLANE. Te estaba ESPERANDO.

domingo, 5 de julio de 2015

Capítulo 17



A.D. 841M40. Prelux Magna (Vermix), Sistema Cadwen, Sector Sardan, Segmento Tempestuoso.



Hace frío en Prelux Magna. Es invierno, acaba de terminar la estación del monzón, y el aire está cargado de una humedad fría y paralizante que se cuela incluso a través de los abrigos y las camisas de lana cuando sopla el viento. Mathias Trandor se dirige a paso ligero a la capilla del Ordo Xenos, se quita los guantes en cuanto entra, y se demora un tanto en saludar a la Adepta Orbiana mientras se sopla las palmas para entrar en calor.
-Hace frío, ¿eh?- comenta la mujer con sorna.
Mathias murmura algo y echa a caminar a paso ligero por el pasillo, deseando llegar a su habitación. Se muere de ganas de quitarse la ropa de calle, envolverse en un cálido batín, encender la calefacción y ponerse a pasar a limpio el informe semanal del laboratorio mientras bebe una taza de recafeinado caliente. Apresurado como va, abre la puerta de la sección de alojamientos y no se da cuenta de que otra persona estaba a punto de salir hasta que la tiene encima. Los dos tropiezan. Se escucha un agudo grito de sorpresa y una placa de datos cae al suelo. Mathias se agacha de inmediato a recogerla, y sólo al incorporarse se da cuenta de que la persona frente a él es una chica a la que no había visto nunca antes.
Se trata de una joven que no llegará a los treinta años, cuyo rostro expresa apuro y confusión. Los ojos de Mathias la recorren por un fugaz instante -formas voluptuosas, cabello claro, color miel, que cae en cascada por su espalda, ojos azules, piel dorada y pecosa- y su cerebro, de modo inconsciente, la descarta automáticamente; no se parece en nada a Alara. La muchacha esboza una tímida sonrisa mientras coge la tabla de datos de las manos de Mathias.
-¡Oh, perdóname!- dice. Tiene una voz muy bonita, dulce y aniñada.- Te ruego que me disculpes, estaba leyendo la tabla de datos y no me he dado cuenta de que la puerta se abría. ¡Ay, espero que el espíritu máquina no se haya indispuesto con el golpe!-.
Angustiada, comprueba la placa. Mathias deduce que todo debe andar bien, porque unos segundos después la chica alza la mirada y sonríe.
-No te he visto antes por aquí, ¿eres nuevo?-.
-Eso te iba a preguntar yo- dice Mathias.- Llevo aquí casi un año, y nunca te había visto-.
La sonrisa de ella se hace más ancha.
-Llevo cinco años en el séquito de Lord Crisagon, pero me he pasado los últimos meses haciendo trabajo de campo. Debiste llegar poco después de que me marchara- le tiende la mano con ademán cordial.- Soy Phoebe Aberlindt, historiadora-.
-Mathias Trandor, Docto Biologis- responde él, estrechándole la mano. Los dedos de la joven son finos y delicados. Todo en ella tiene una apariencia dulce y frágil, como si fuera una muñeca de porcelana. Lleva un traje sencillo y de buen corte color azul pastel, y salvo una pequeña conexión de datos detrás de la oreja derecha, no presenta implante alguno. Luce collar, pulsera y pendientes de oro, todo a juego, y una manicura perfecta. Sus cejas perfectamente depiladas se arquean al escuchar la presentación de Mathias.
-¿Biólogo? ¡Vaya! ¿Trabajas con el Magíster Séneca?-.
-Sí, ¿cómo lo has adivinado?-.
Ella se ríe.
-Hacía mucho que se andaba quejando de que le faltaba personal. Y el pobre Acadio ya no podía con todo. Creo que tú has sido la respuesta a sus plegarias-.
Mathias también se echa a reír.
-¡Esas fueron exactamente las palabras del Magíster el día que me presenté ante él!-. Una oleada de cordialidad se extiende entre ellos, la suficiente como para que Mathias se anime a decir las siguientes palabras.- Justo iba a tomar una taza de recafeinado. ¿Quieres acompañarme?-.
-¡Claro!- dice ella, tras echarle un vistazo a su crono de pulsera.- Puedo permitirme media hora de descanso. Ya seguiré leyendo más tarde-.
Ambos desaparecen en dirección a la sala común, charlando animadamente.



A.D .844M40. Shantuor Ledeesme (Vermix), Sistema Cadwen, Sector Sardan, Segmento Tempestuoso.


Alara agradeció que la búsqueda del templo pagano tuviera lugar en el interior de la fortaleza, porque durante la tormenta que descargaba en el exterior no se había detenido desde la noche anterior. Al salir del Salamandra, pudo oír con claridad el repiqueteo de la lluvia en el patio exterior, y siguió oyéndolo cuando sus hermanas se unieron a ella junto a la entrada principal. Allí ya se encontraban Mathias, Mikael, Octavia y Valeria, y el tecnosacerdote y los tecnomantes llegaron poco después.
El vestíbulo estaba tan vacío y polvoriento como la vez anterior; los Guardias Imperiales habían retirado los cadáveres de los dinorácnidos y los habían apilado en el patio exterior, donde no estorbaban. Las puertas enfrentadas a las escaleras descendentes estaban cerradas, pero esto no supuso ningún problema para las Sororitas, que se limitaron a reventar las cerraduras de un balazo y penetrar en las escaleras con el sistema de visión nocturna activado. Ni allí ni más abajo, en la sala heptagonal, había nadie. Todo estaba oscuro, silencioso y vacío.
Tras asegurar la zona, Alara indicó a Mathias por el vocotransmisor que ya podían bajar. Mientras, echó un vistazo a su alrededor. La sala era de notables dimensiones; tenía al menos veinte metros de largo por otros tantos de ancho, y formaba un heptágono perfecto. En cada uno de sus lados se abría la boca de un pasillo, los cuales, según Alara sabía gracias a la exploración del día anterior, acababan en los baluartes de la fortaleza, donde se hallaban los búnkers. El suelo era liso, de cemento, igual que el techo y las paredes.
Un eco de pisadas precedió la llegada de Mathias, Valeria, Octavia y los miembros del Culto Mecánico. Ophirus Crane comenzó a ladrar órdenes apenas llegó; con rapidez, Lauron y Basilio colocaron potentes linternas a intervalos regulares por toda la sala para iluminarla y los servidores portearon una pesada máquina erizada de cables y runas, que depositaron en el centro del heptágono.
-¿Qué es eso?- quiso saber Alara.
-Un aparato para cartografiar el subsuelo- explicó Mathias.- Se usa con frecuencia en las excavaciones arqueológicas. Así se sabe dónde hay que cavar-.
El tecnosacerdote y los dos tecnomantes comenzaron a entonar el ritual para despertar al espíritu máquina del cartografiador. Tras unos minutos, pulsaron las runas indicadas y la máquina se encendió.
-Bien- dijo Crane, satisfecho.- Ahora vamos a empezar a…
Alara no escuchó el resto de sus palabras, y tampoco lo hicieron los demás. Porque en ese instante el eco de un extraño petardeo resonó en los túneles. Todos se quedaron helados.
-¿Qué es eso?- preguntó Mathias cuando el petardeo volvió a dejarse oír.- ¿Son disparos?-.
Un grito frenético resonó a través del canal público del vocotransmisor.
-¡Al habla el sargento Sheffield! ¡Nos están atacando! ¡Necesitamos refuerzos!-.
El instinto militar hizo que Alara fuera la primera en reaccionar. El sargento Sheffield estaba al mando de una de las tres escuadras que patrullaban el sótano, lo cual significaba que ella y sus hermanas, estando allí abajo, eran los refuerzos más cercanos con los que los guardias imperiales podían contar.
-Al habla la hermana Alara, sargento. Indique posición-.
-¡Atrincherados en un almacén, entre los pasillos oeste y noroeste, primera encrucijada!-.
Alara indicó con la mano a su escuadra que la siguiera y se dirigió de inmediato al pasillo oeste, que quedaba a su izquierda.
-Informe sobre posición y fuerzas enemigas-.
-¡Es uno, y está justo delante de nosotros!- dijo la voz de Sheffield, entrecortada por el esfuerzo y la tensión.
Alara frunció el ceño, invisible bajo el visor de su casco modelo Sabbat.
-Repita, sargento. ¿Ha dicho uno?-.
-¡Sí! ¡Sé… sé que es extraño, pero ya ha matado a dos de los nuestros y no hay manera de acabar con él! ¡Necesitamos refuerzos, por favor!-.
-Mantengan posición, sargento; mi escuadra se dirige hacia ahí-.
Gracias a la visión nocturna, Alara era capaz de ver pasillo arriba por varias decenas de metros. Aún así, las distancias eran grandes. Pasó al canal de su escuadra para dar órdenes.
-Hermanas, formación delta-.
Las Sororitas ocuparon sus posiciones de inmediato. Cecilia, con el lanzallamas, en retaguardia. Claudia se retrasó para cubrir a Cecilia, mientras que Silvana y Cordelia se adelantaron para cubrir los flancos de Alara. Sin correr, para que el eco de sus pasos no alertara al enemigo, avanzaron con un suave trote hasta llegar al primero de los corredores concéntricos que atravesaban los ocho pasillos radiales. El sonido de disparos, tal y como habían indicado el sargento, procedía del lado derecho del corredor. Alara distinguió al fin al enemigo: una figura apoyada en la pared que tenía un rifle láser en cada mano y disparaba sin control. Sus risotadas agudas y maníacas se confundían con el sonido de los disparos. En el suelo, a su lado, yacían los dos cadáveres de los guardias caídos en un lecho de sangre.
Alara indicó mediante gestos a Silvana y a Cordelia que se mantuvieran por detrás de ella y avanzó con cautela. El tirador maníaco parecía demasiado ocupado con los guardias imperiales atrincherados y no pareció darse cuenta de la presencia de la Sororita. En ese momento, una ráfaga procedente del almacén lo alcanzó en el pecho, lanzando al hombre contra la pared. Sin embargo, no murió ni se desplomó. Se tambaleó unos instantes, lanzó un desquiciado aullido y siguió disparando.
“No es posible”, pensó Alara, incrédula. “¡Apenas lleva blindaje! ¿Cómo ha resistido todos esos impactos?”. Se forzó a dejar de pensar y lo apuntó con la mira láser de su rifle bólter. “A ver si también resistes esto, bastardo”.
Se permitió un par de segundos más para afinar la puntería, y disparó. El proyectil alcanzó al tirador en el pecho, explotando una décima de segundo después y reventándole la caja torácica. La sangre y los órganos internos destrozados dejaron una impronta en la pared, tras él, justo antes de que se desplomara al fin, lanzando un agónico gañido. Quedó en el suelo, inmóvil.
Alara avanzó a paso ligero hacia el almacén. Sin embargo, antes de entrar dirigió una fugaz mirada al cadáver, y eso los salvó a todos.
El cuerpo se movía. Alara, asombrada, se acercó al tirador caído y vio que, contra toda lógica, seguía con vida. Sus pulmones habían reventado, las costillas destrozadas se clavaban en su estómago y en su hígado, su sangre llenaba el suelo y las paredes, pero aquel bastardo hijo de de la disformidad se movía. Alara lo miró a la cara y vio un rostro enfermizo, de piel amarillenta y perlada de sudor, en cuyas facciones se reflejaba la más desquiciada locura. Tardó un instante en caer en la cuenta de que se trataba del bandido herido que había huido del bunker la tarde anterior.
La boca del demente se torció en una sonrisa desquiciada, y una carcajada ahogada brotó de sus labios. Por el rabillo del ojo, Alara advirtió que sujetaba algo en su mano derecha. Disparó de inmediato, antes incluso de comprobar qué era.
El segundo proyectil de bólter penetró por la barbilla del bandido y estalló en su garganta, volándole toda la cabeza de nariz para abajo. Aquello acabó finalmente con él; sus ojos se pusieron en blanco y sus miembros quedaron inmóviles. Aún así, Alara aún lo apuntó unos segundos más, absurdamente en guardia, como si de algún modo fuera posible que siguiera moviéndose. Después, cuando le quedó patente más allá de toda duda que estaba muerto, desvió la mirada y se dio cuenta de lo que sostenía su mano: una granada explosiva, con el dedo índice de la mano izquierda en el interior de la anilla.
-El Emperador nos asista- susurró.
Se arrodilló para examinar el cuerpo. No había reconocido al bandido al principio, porque había algo distinto en él. Parecía más delgado y macilento, como si estuviera enfermo. Todo su cuerpo poseía una tonalidad amarillenta de aspecto repugnante. Y su sangre… no era normal, sino oscura, espesa y extraña. Como la que podría tener un mutante.
“¡Mutaciones! ¡Enfermedad! ¡Los Poderes Ruinosos! ¡Nurgle!”.
-Hermana, gracias al Emperador- dijo una voz desde el almacén; era el sargento.- Menos mal que…
-¡Quieto!- le gritó Alara, girándose hacia él.- ¡Quietos usted y sus hombres, no den un paso más! ¡Métanse en el almacén, rápido!-.
El sargento, que ya estaba en el umbral, la miró desconcertado. Hizo además de avanzar.
-Pero, ¿qué está dicien…
Alara lo encañonó con el bólter.
-He dicho adentro. Ahora. Al primero de ustedes que salga de ese almacén le disparo-.
El sargento palideció de furia, pero retrocedió.
-¿Qué significa esto?- protestó con voz airada.
-¡Este hombre es un mutante! ¡Está enfermo, y podría ser contagioso! ¡Cierren la puerta del almacén y quédense dentro mientras examinamos el cadáver! ¡Obedezca!-.
Tan duras y perentorias eran las palabras de Alara, que el sargento obedeció. Cerró la puerta y él y sus dos hombres se quedaron en el interior del almacén. Alara pasó al canal público de vocotransmisor.
-Doctor Trandor, ¿me recibe?-.
-La recibo, hermana- respondió Mathias.- Informe, ¿qué está pasando?-.
-Hemos abatido al enemigo, señor. Se trataba del bandido superviviente que escapó ayer. Sin embargo, está… cambiado. Parece sufrir algún tipo de enfermedad, y creo que también mutaciones. Requiero la presencia de la hermana Valeria para un examen a fondo-.
-La hermana Valeria y yo acudiremos de inmediato- respondió Mathias, y cortó la comunicación.
Alara y el resto de su escuadra se encontraban a una prudente distancia del cadáver cuando Mathias y Valeria llegaron al pasillo.
-Será mejor que me acerque yo sola- dijo Valeria, que vestía la servoarmadura completa de la cámara hospitalaria.- Mi blindaje es hermético y equivale a un nivel seis de aislamiento biológico. Su armadura caparazón no llega a tanto, Doctor Trandor-.
-Muy bien, hermana. Puede proceder-.
Valeria se acercó al cadáver y lo examinó con precaución.
-¿Dos disparos?- inquirió.- ¿Los dos tuyos, Alara?-.
-El primero fue el del pecho- respondió Alara.- Pero el muy maldito seguía vivo y tuve que rematarlo. Estaba a punto de hacer explotar una granada-.
-Eso no es posible- dijo Mathias, atónito.
-Le aseguro que es cierto, Doctor- replicó Alara con frialdad.- Ese hombre se movía-.
-Presenta signos de ictericia- diagnosticó Valeria.- Sudoración… alta temperatura corporal, aunque ahora empieza a descender… Por la gloria del Emperador, jamás había visto esta sangre. No es normal. Debería… -alzó la vista y tragó saliva.- Tiene que ser un mutante, no veo otra explicación. Pero este hombre estaba presente ayer en el búnker donde nos retenían prisioneras, y no era ningún mutante, ni mostraba signo alguno de enfermedad-.
-Estaba herido- apuntó Mathias.- ¿Tal vez septicemia…?
-Esto no es una septicemia- declaró Valeria con rotundidad.
-Y la septicemia no permite regenerar heridas- añadió Alara.- Ni otorga una resistencia sobrenatural. Los guardias imperiales del almacén no dejaban de dispararle, y le acertaban… pero de algún modo, resistía los impactos de láser. Ni siquiera el primer disparo de mi bólter lo mató al instante, y tendría que haberlo hecho-.
-Un momento, un momento… -protestó Mathias.- ¿Mutaciones repentinas? ¿Regeneración? ¿Estáis seguras de lo que decís? Eso… eso es imposible, sólo podría haberlo provocado…
-El Caos- terminó Valeria por él.- Este hombre ha sido corrompido por el Caos. Y ha tenido que suceder hace menos de veinticuatro horas-.
-Pero, ¿cómo?-.
-El Gran Padre- dijo Alara en voz baja.- Este lugar siniestro y repugnante, abandonado en medio de ninguna parte… ¿quién sino aquellos que aún adoran en su corazón al culto Vermisionario podrían encontrarlo aceptable como escondite? Estos bandidos eran paganos. Los humanos, al menos. Las inteligencias abominables serían completamente inmunes al influjo de este sitio, para bien o para mal. Pero los humanos eran creyentes. Éste bandido lo era. Estaba solo, herido, asustado y acorralado. Se escondió en algún lugar, pero sabía que no podría escapar, y que sólo era cuestión de tiempo que lo encontráramos, si es que no moría antes por sus heridas. Así que rezó pidiendo ayuda al Gran Padre. Se puso a rezar… y algo respondió a sus oraciones-.
Valeria tomó una muestra de sangre y otra de tejidos, los introdujo en sendos tubos herméticos, que guardó en una caja igualmente hermética, y se levantó.
-Ya he terminado- dijo.
-¿Lo tiene todo, Doctor Trandor?- inquirió Alara.
-Eh… sí, sí- respondió Mathias, aún atónito.
-Muy bien, entonces le ruego que se retire. Retírense todos. Hermana Cecilia, incinere los tres cadáveres y todo resto orgánico que haya. Quémelo todo-.
-A la orden, hermana- respondió Cecilia con un inconfundible todo de satisfacción.
Mathias retrocedió todavía más al oír mencionar el lanzallamas. Cecilia, en cambio, avanzó, y el fuego purificador de su lanzallamas devoró aquel tramo del pasillo convirtiéndolo en un infierno.



Poco después, se dirigieron de vuelta a la sala heptagonal. Mathias se demoró el tiempo necesario para ordenar el traslado de los tres guardias imperiales supervivientes a una habitación alejada del pasillo donde se encontraban los restos carbonizados del bandido mutado y de los soldados caídos. Allí, el confuso sargento y sus dos subordinados fueron confinados bajo la vigilancia de las hermanas Julia y Lucinda, miembros de la Escuadra de conductoras y artilleras que manejaban los Rhinos del Adepta Sororitas.
-Han de permanecer encerrados hasta que nos aseguremos de que el mutante no les ha contagiado nada- ordenó Mathias a las hermanas.- Queda prohibido que nadie entre ni salga de esa habitación, bajo pena de muerte para cualquiera que desobedezca-.
Alara, que no se había separado de su lado en ningún momento, se quedó atónita cuando regresaron a la sala. El tecnosacerdote Crane se había hecho amo y señor de la situación y campaba a sus anchas ladrando órdenes. La escuadra de ingenieros de la Guardia Imperial, liderada por el sargento Tauton, había bajado para prestarle asistencia, y los soldados se afanaban en retirar escombros mientras los servidores perforaban el suelo con enormes taladros mecánicos y los tecnomantes supervisaban la excavación y consultaban datos en las pantallas de sus cogitadores portátiles.
-¿Tecnoadepto Crane?- inquirió Mathias, acercándose a él.- ¿Qué es todo esto?-.
Ophirus se giró hacia el Legado con ademán satisfecho.
-Buenas noticias, doctor. Hemos encontrado lo que estábamos buscando-.
-¿La entrada?- preguntó Alara sin poderse contener.- ¿Está ahí?-.
-En efecto, hermana. Tenía usted razón. Y eso que al principio no ha sido tan sencillo. El medidor ordinario que hemos utilizado no nos ha revelado gran cosa; sirve para localizar diferencias de densidad y bolsas de aire bajo el suelo, con lo cual podemos saber si hay habitaciones o niveles ocultos debajo. Sin embargo, sólo penetra una cantidad limitada de metros, y bajo nuestros pies los datos revelaban un suelo sólido… hasta que hemos usado ese escáner de ahí, que se utiliza en las excavaciones arqueológicas para localizar piezas pequeñas en los estratos de un yacimiento. Y hemos hallado esto-.
Señaló una pantalla. Mathias y Alara miraron; se trataba de una fracción del suelo que pisaban, bajo el cual se veía una forma extraña: un círculo.
-Estaba debajo del cemento- explicó Crane.- Tal y como sospechábamos, los sacerdotes vermisionarios debieron ocultar el suelo original de esta habitación con una capa de cemento fresco durante el asedio. Ya casi hemos terminado de levantarla; ahí tienen lo que hay debajo-.
Y allí estaba, entre los restos de escombros que los sufridos guardias imperiales se afanaban en retirar: un inmenso círculo de piedra.
-¿Cuánto tardarán?- quiso saber Mathias.
-Quince minutos. Veinte a lo sumo-.
Durante el tiempo que restaba, Mathias aprovechó para reorganizar el grupo dando órdenes. Las circunstancias habían cambiado; acababan de encontrar una puerta oculta y la experiencia con el bandido mutado había dejado claro más allá de cualquier duda que al otro lado iban a tener que vérselas con fuerzas de la disformidad. Por orden del Legado, todas las hermanas de batalla estuvieron armadas, equipadas y prestas en la sala heptagonal en menos de un cuarto de hora; las únicas que no participarían en la exploración de aquel lugar serían la escuadra de Hospitalarias y las dos Militantes que se habían quedado encargadas de custodiar a los guardias imperiales. Todas las demás se unieron al grupo al completo, incluyendo a la hermana Diana, una agregada Vengadora que medía metro ochenta de estatura y portaba un bólter pesado en sus musculosos brazos. Las acompañarían también el padre Bruno y sus confesores, que formarían la retaguardia del grupo de exploración junto a la hermana Octavia. Los sacerdotes aparecieron en armadura completa, armados con pistolas bólter, espadas sierra y todos los ornamentos, rosarios e iconos propios de su cargo. Bruno llevaba sujeto al cinto un libro de oraciones protegido por una funda de cuero.
Mathias pretendía bajar con el grupo de exploración, pero Alara, Octavia y Bruno consiguieron disuadirlo de ello.
-No debes bajar- le dijo Alara por el canal privado.- ¡No sabemos qué peligros puede haber ahí abajo! No estás entrenado para soportar los horrores de la disformidad, tu mente es vulnerable-.
Mathias vaciló, pero el comentario de Alara lo había herido en su orgullo.
-Estoy harto de que me consideres un pusilánime, Alara Farlane. Soy el Legado Inquisitorial y mi deber es dirigir la expedición-.
Alara cambió de estrategia y recurrió a la Dialogante y al sacerdote, que le dieron la razón.
-Señor Legado, con todo mi respeto, creo será usted más útil aquí arriba- dijo Octavia en tono respetuoso.- Lo necesitamos para que coordine toda la operación desde una zona segura, y además es usted demasiado valioso como para arriesgarse en primera línea. Apreciamos su valor y su devoción, pero creo que debe permanecer aquí-.
Bruno fue más contundente.
-Cualquiera que carezca de la sagrada protección que nos proporcionan la fe y la devoción podría volverse loco o perder su alma en presencia de la disformidad- sentenció.- Como sacerdote y como amigo, te ruego que no lo hagas-.
Al final, a regañadientes, el joven comprendió que tenían razón y aceptó quedarse, aunque era patente el disgusto que le producía aquella decisión.
“No quiere quedarse aquí mientras yo bajo”, comprendió Alara.
La voz de Ophirus Crane los distrajo a todos.
-Ya está- anunció.- La puerta está despejada-.
Así era, pero, ¿cómo abrirla? No tenía cerradura ni mecanismo alguno de apertura, al menos de manera visible. Tampoco se parecía a ninguna puerta que Alara hubiera visto jamás. Se trataba de un círculo segmentado de metal inoxidable en cuyo centro había una semiesfera también metálica coronada por una especie de pulsador de pequeño tamaño. Los segmentos de metal eran todos de idéntico tamaño salvo el que coincidía con las escaleras de acceso a la sala, el doble de ancho que los demás.
-Espero que alguien sepa cómo abrir esto- dijo Mathias, mirando a los tecnoadeptos.
-Déjemelo a mí, señor Legado- se ofreció Ophirus.
El tecnosacerdote dio la vuelta completa al círculo segmentado, observándolo con atención. Finalmente se inclinó y su mecadendrito manipulador se agitó en el aire.
-Oh, Sagrado Omnissiah, tú que guardas toda verdad y todo conocimiento, guía ahora mi mano y aplaca al espíritu máquina de este mecanismo para que revele sus secretos ante mí- rezó, y la garra del mecadendrito apretó el pulsador de la semiesfera.
Una serie de chasquidos consecutivos resonaron con un sordo tintineo, como si un mecanismo de ruedecillas se hubiera puesto a funcionar. El silencio era tan espeso que hubiera podido cortarse con un cuchillo, y las miras láser de los rifles de los guardias imperiales y de los bólters de las Sororitas estaban fijas en los segmentos de la puerta. Sin embargo, no fueron aquellos segmentos los que se movieron, sino el círculo central. La semiesfera se alzó revelando una columna cilíndrica que emergió hasta alcanzar un metro de altura. Los tecnomantes Lemnos y Heisen musitaron una plegaria.
Cuando se hizo evidente que no iba a suceder nada más, el tecnosacerdote Crane avanzó hasta posicionarse en el segmento más ancho de todos, aquel que estaba alineado en recto con las escaleras. Su peso debió activar algo en el mecanismo interior de la puerta, porque apenas puso los dos pies sobre la placa de metal, la semiesfera que coronaba el cilindro se escindió en dos partes que se deslizaron hacia abajo con un leve siseo.
-¿Qué hay ahí?- preguntó Mathias, impaciente.- ¿Qué es?-.
-Sin duda, el mecanismo de apertura- respondió Crane sin dudar.- La cuestión es averiguar cómo activarlo. Parece depender de algún tipo de clave… pero no me resulta evidente-.
-¿Qué tipo de clave?-.
-Numérica. Se trata de dos semicírculos unidos cada uno dividido en cuatro fracciones; ocho casillas en total, cada una de las cuales tienen un dial con los números del cero al siete-.
-¿Y qué hay que hacer con ellos?-.
-Esa es la cuestión- gruñó el tecnosacerdote.- Habrá que marcar algún tipo de combinación numérica, pero no tengo la menor idea de cuál podría ser-.
-¿Podríamos intentar reventar el código?- sugirió Basilio Lemnos. Levantó la vista para mirar a Mathias y a las Sororitas.- Me refiero a probar con todas las combinaciones posibles hasta que demos con la adecuada por azar. Es lo que se conoce como un ataque de fuerza bruta-.
-No lo veo factible- objetó Crane.- Me temo que existen grandes posibilidades de que un ataque de fuerza bruta bloquee el mecanismo de manera permanente; es una de las medidas de seguridad más comunes en cerraduras de clave como ésta. Sólo deberíamos intentarlo como última opción-.
En ese momento, la tímida voz de Alara resonó en la estancia.
-Si me permite… -dijo, vacilante.- Tengo una idea-.
Varias cabezas se giraron a mirarla, entre ellas las de Mathias y la Ejecutora. Ophirus Crane frunció el ceño al observarla.
-¿Usted?- preguntó, suspicaz.- ¿Una idea?-.
-Sí. Verá, creo… en realidad, no sabría cómo descifrar esa clave, pero creo que la actitud de los sacerdotes vermisionarios puede darnos una pista sobre ella. Durante el asedio de Shantuor Ledeesme, cuando ya sabían que las fuerzas imperiales iban a conseguir asaltar este lugar… ¿por qué no se limitaron a destruir la puerta sin más? Si lo que querían era ocultar el templo pagano para siempre, ¿por qué se limitaron a echar una capa de cemento por encima y dejaron la puerta intacta con el mecanismo de apertura operativo?-.
Calló durante un instante, y el tecnosacerdote la invitó a continuar con un gesto de la mano.
-Prosiga, hermana-.
-En mi opinión, si esta puerta todavía se puede abrir es porque los sacerdotes vermisionarios pretendieron ocultarla hasta que llegara el momento apropiado. Tal vez tenían la esperanza de que los suyos resistieran, se reorganizaran, y algún día arrebataran el control del planeta al Imperio. En ese caso, lo que querrían sería preservar intacto el templo pagano y todo lo que éste ocultaba hasta que alguien digno a ojos de ellos, uno de los suyos, volviese aquí sabiendo lo que tenía que buscar y lo encontrara-.
-Es una teoría interesante- admitió Crane.- Y plausible. Pero, ¿en qué nos puede ayudar para abrir esta puerta?-.
-Si lo que hay aquí abajo es tan valioso como para arriesgarse a conservarlo aún con la fortaleza en manos imperiales, es porque les interesaba que los vermisionarios del futuro lo descubrieran. Y para ello, tendrían que ponérselo fácil. ¿Y si los imperiales ejecutaban a todos los que conocían las claves? ¿Y si cualquier soporte donde estuvieran anotadas desaparecía, era destruido o caía en manos enemigas? La contraseña debería ser obvia para los iniciados en el culto vermisionario. Y eso significa que no ha sido elegida al azar. Cualquiera familiarizado con la religión vermisionaria y su simbología tendría que ser capaz de deducirla por medio de la lógica-.
Un silencio pensativo siguió a las palabras de Alara. Octavia fue quien lo rompió.
-Si realmente el Gran Padre es un avatar de Nurgle, y dadas las pruebas que hemos encontrado yo diría que es cada vez más probable… la clave debería girar en torno al número siete. Es el que tradicionalmente se asocia a este Poder Ruinoso. Y a decir verdad, es algo que está presente en mayor o menor medida en toda esta fortaleza: siete baluartes, la planta heptagonal de la fortaleza y de esta misma sala… incluso el número de escalones que hemos bajado para llegar hasta aquí era múltiplo de siete-.
-Entonces, es fácil, ¿no?- preguntó Alara.- Habrá que poner todos los diales a siete-.
-No lo veo tan claro- objetó Octavia, pensativa.- Y te diré por qué. Los que crearon este mecanismo de apertura eran brujos sacerdotes. Místicos, no matemáticos. Numerológicamente tendría sentido que la clave fuera “siete veces siete”, pero los diales son ocho. Y lo más llamativo, contienen el número cero, que jamás se emplea en la numerología mística porque su significado es el vacío, la nada. Tiene que tratarse de otra combinación, no tan obvia, cuyo patrón sea el número siete-.
-¡Un momento!- exclamó Mathias.- ¿Hay alguna manera de ordenar los números siguiendo una progresión lógica de manera que todos los opuestos sumen siete, igual que en los dados?-.
-Sí, claro- respondió Crane de inmediato.- El problema es que son varias, no solamente una. La más lógica sería una progresión ascendente separando los pares de los impares. Pero seguimos teniendo el problema de identificar cuál es la casilla de origen. Si tomamos el cero como punto de partida, ¿en cuál de los diales deberíamos marcarlo? Eso nos deja con ocho combinaciones posibles, que siguen siendo demasiadas-.
-Si la hermana Alara tiene razón y los vermisionarios que ocultaron la puerta pretendían que un fiel versado en el culto pudiera deducir la combinación por medio de la lógica, entonces la respuesta a esa cuestión tiene que ser la más sencilla- dedujo Mathias.- Pruebe a usar como punto de partida la casilla que queda justo delante de usted en la posición en que se encuentra; en la semiesfera donde vaya el cero tendrán que ir los pares y en la contraria los impares-.
-Muy bien- dijo Ophirus.- Esperemos que funcione.- Rezó una rápida plegaria al Omnissiah y comenzó a manipular los diales, murmurando los números en voz baja.- Cero… uno… tres… cinco… siete… seis… cuatro… dos. Ya está-.
Un chasquido apagado resonó bajo el suelo, seguido de un quejido chirriante. Los segmentos de metal de la puerta se hundieron y se abrieron en abanico formando una espiral descendente: una escalera de caracol que se perdía en la negrura de las profundidades. Mathias dio una palmada con entusiasmo.
-¡Eso es!- exclamó.- ¡Lo hemos conseguido!-.
Alara dio un paso adelante inmediatamente.
-Hermana Ejecutora, mi escuadra y yo rogamos el honor de abrir la marcha-.
La voz indignada de Mathias resonó en el auricular de Alara, esta vez por el canal privado.
-¡Qué dices! ¿Te has vuelto loca?-.
-Por el mérito de haber ideado la exploración de este lugar, le concedo su petición, hermana Alara- respondió Tharasia.- Hermanas, pasen a visión nocturna-.
Alara ajustó su visor. La Ejecutora desvió su mirada, oculta bajo el visor de su yelmo Sabbat, hacia Mathias Trandor.
-Señor Legado, le informaré de cualquier novedad. Si damos voz de alarma o algo que no somos nosotros intenta subir por las escaleras, cierre la puerta de inmediato y déjenos atrás. Si hay alguna entidad maligna ahí abajo, no debe quedar en libertad. El Emperador protege-.
-El Emperador protege- repitió Mathias con la voz llena de tensión contenida. Dirigió a Alara una mirada fugaz repleta de preocupación y angustia.
-Segunda escuadra, adelante- ordenó Tharasia.
Alara respiró hondo, dio orden de avance con un gesto del brazo y comenzó el descenso.