A fe y fuego

A fe y fuego

miércoles, 3 de junio de 2015

Capítulo 8

A.D. 827M40. Randor Augusta (Kerbos), Sistema Kerbos, Sector Sardan, Segmento Tempestuoso.


Las normas de la Schola Progenium son claras: conoce las reglas, síguelas a rajatabla, obedece a tus mayores. Y si desobedeces, no dejes que te pillen.
A Alara ya la han pillado, más de una vez. Tenía nueve años cuando, incapaz de aguantarlo más y enfadada por semejante imposición ridícula, trató de trepar el muro que separa el patio de los niños y el de las niñas para ver a Mathias. Seguía sin poder entender por qué en la Schola Progenium le prohibían lo que su familia siempre había alentado. Pero la vieron -eligió una zona demasiado expuesta- y el castigo fue duro. Le descubrieron la espalda y la azotaron diez veces con una vara de madera flexible, delante de todo el mundo. Alara todavía recuerda el dolor y la humillación, y no piensa permitir que vuelva a sucederle algo así.
Esta vez ha elegido una zona más apartada, justo al lado de las cocinas. Hace dos años hubiera sido impracticable, pero durante los últimos inviernos el hielo ha resquebrajado parte del muro y hay más huecos y grietas que antes. Además, ya tiene once años, ha crecido y sobresale en los deportes; su cuerpo es mucho más ágil y fuerte que antes. Está convencida de que podrá conseguirlo. Sólo quiere ver a Mathias una vez más, aunque sólo sea para decirle que ha cumplido su promesa, que nunca le ha olvidado, y tal vez trazar un plan para volver a encontrarse una vez acaben los estudios. Al fin y al cabo, ningún progénito permanece en la Schola para siempre.
Aprovecha el primer despiste de las celadoras para deslizarse tras la esquina. Una vez junto al muro, inserta los dedos en la primera grieta y comienza a escalar. Es más difícil de lo que se había figurado, pero a pesar de todo consigue subir. Apoya las puntas de los pies para darse impulso en todas las oquedades que le parecen seguras. Y poco a poco, lentamente, va avanzando.
Ha llegado a más de media altura cuando alarga la pierna para apoyarla en otra oquedad. Pero de una manera absurda, inexplicable, la argamasa se deshace y el pie le resbala. Alara siente una oleada de pánico.
-¡No!- grita al darse cuenta de que no será capaz de sostenerse.
Entonces, cae. Un grito de dolor escapa de sus labios al golpearse contra el suelo. Gimiendo, se palpa miembro a miembro, aliviada al darse cuenta de que no tiene ningún hueso roto. Pero entonces oye el grito de la celadora jefe, y el pánico la ciega al darse cuenta de que el dolor no ha hecho más que comenzar. Levanta la cabeza buscando con desesperación una vía de escape, pero es demasiado tarde; ya la han visto.
-¡Tú!- grita Helga, furibunda. Casi todas las niñas del patio dejan sus juegos y se giran para mirar.- ¡Alara Farlane! ¡Otra vez! ¿Cómo es posible? ¡Es intolerable!-.
Apenas se da cuenta de que Alara no está herida, la agarra del brazo sin miramientos, la obliga a ponerse en pie y le cruza la cara de una bofetada.
-¡Niña necia y desobediente! ¡Vas a pagar cara tu imprudencia! ¡Ya que al parecer diez azotes no fueron suficientes para hacerte entender las normas la primera vez, ahora recibirás el doble!-.
Alara se retuerce, presa del pánico. ¿Veinte? ¡Si apenas fue capaz de aguantar aquellos diez!
-Por favor, no- solloza.- Yo no quería hacer nada malo. ¡Sólo quería ver a mi amigo!-.
Helga no la escucha. Alara tiene la absoluta certeza de que esa mujer la odia, de que la lleva odiando desde el día en que llegó a la Schola Progenium. Al parecer, doblegar la voluntad de Alara se ha convertido en una especie de misión sagrada para ella, y no va a cejar hasta verla cumplida. Su mano de hierro arrastra sin misericordia a Alara hasta el poste de los castigos.
-Quítate la blusa- le ordena.
-Por favor- suplica Alara, temblando, aunque a estas alturas ya debería saber que las súplicas sólo consiguen enfurecer todavía más a Helga.- Por f-f-favvv...
-¡Si no te quitas la blusa de inmediato te la arrancaré yo y no te permitiré dormir hasta que la hayas remendado!- ruge la celadora, y Alara se quita la blusa.
Poco después, sus brazos quedan sujetos a la argolla que corona el poste, exponiendo su espalda desnuda. En el patio, el silencio es sepulcral; ya no se oyen voces ni risas, todas las niñas están mirando. Las caras son serias; a ninguna le complace ver cómo se castiga a una compañera. Al levantar la cabeza, Alara ve a Octavia y a Valeria frente a sí. Sus dos amigas tienen los ojos llenos de lágrimas.
La vara emite un silbido al cortar el aire. Alara se jura que será fuerte, que esta vez no gritará, pero poco después el dolor estalla como un relámpago de fuego abrasándole la piel, y Alara grita.
Helga golpea aún más fuerte que de costumbre, tal vez porque odia especialmente a las reincidentes, y a Alara todavía más. Al principio, la niña intenta pensar en algo que distraiga su mente de dolor: Mathias, por quien tanto ha arriesgado para volver a ver, sus padres, que jamás en toda su vida le pusieron una mano encima. Las lágrimas ruedan por las mejillas de Alara al recordar el rostro del capitán Farlane; si su padre viviera, habría matado con sus propias manos a cualquier persona que se atreviera a hacerle a su hija lo que le estaban haciendo ahora. Pero al decimotercer golpe Alara está sangrando, llora a gritos, y el dolor es demasiado intenso como para recordar nada, o para pensar siquiera. Jamás había imaginado que existiera un dolor como ese.
Al decimosexto golpe, Alara se desmaya. Las rodillas le flaquean y la barbilla cae sobre su pecho; el dolor la ha hecho perder el sentido, pero Helga vuelve a golpear con más fuerza si cabe. En  ese momento, Octavia Branwen lanza un grito.
-¡Déjela! ¡Se ha desmayado! ¡Suéltela!-.
Valeria, espantada, se une a sus gritos.
-¡Deje de pegar a Alara! ¡Le está haciendo mucho daño! ¡Le está...
Helga se aparta un instante de Alara lo justo para señalar a las dos niñas con la vara, en ademán amenazante.
-¡Una palabra más y seréis las siguientes!- ruge.
Y llena de ira, vuelve a golpear. Pero los gritos de las niñas hacen que las demás celadoras, que estaban atentas en comprobar que todas las alumnas contemplaran el castigo, se den cuenta de lo que está pasando.
-¡Detente, Helga!- le exige una de ellas, una mujer rubia de mediana edad llamada Trudie.- Ya conoces el reglamento. La niña está sangrando y se ha desmayado-.
La mujer no parece oírla. Sigue golpeando una y otra vez con fuerza, con rabia, cada vez más deprisa, hasta que Trudie la detiene agarrándola por el brazo.
-Helga, ¿qué demonios te ha dado?- le reprocha con voz grave.- Deja ya de golpear a la niña, por el Dios Emperador. La vas a matar-.
-Aún no he terminado- gruñe Helga, furibunda.
-Ya llevas veintiún azotes- objeta su compañera con firmeza.- Por supuesto que has terminado.- Su voz baja hasta convertirse en un siseo.- Ya sé que tienes problemas para controlar la ira, pero esto es intolerable. Daré parte de tu comportamiento al Director de la Schola. Y si golpeas una vez más a esa cría, te juro que lo lamentarás. ¡Por el Trono, sólo tiene once años!-.
Helga parpadea, y por fin el raciocinio parece regresar a su rostro.
-He perdido la cuenta- dice con voz seca, cortante. Señala con un ademán de la cabeza a Octavia y a Valeria, que la miran incrédulas y llorosas.- Esas dos niñas me han desconcentrado-.
Deja caer la fusta ensangrentada en el suelo y abandona el patio sin decir una palabra más. Sabe, al igual que sus atónitas compañeras, que su pérdida de control derivará en su degradación del puesto de celadora jefe, lo cual hace que odie a la niña todavía más.
Mientras Helga se aleja, Trudie desata los brazos de Alara. Cuando el cuerpo exánime de la niña cae entre sus brazos, el uniforme se le mancha de sangre.
-Vosotras, largo de aquí- ordena severamente a las progénitas, que observan la escena mudas de asombro y horror.  Lo único que rompe el silencio son los sollozos de Octavia y de Valeria.- Voy a llevar a vuestra compañera a la enfermería-.
Y es allí donde Alara despierta, con la espalda llena de verdugones inflamados, piel desgarrada y heridas abiertas cubierta por apósitos medicinales. Tumbada boca abajo en la camilla -la misma posición en la que deberá permanecer durante tres días más-, pronto rompe a llorar a pesar del analgésico suave que le han inyectado. Llora de dolor, impotencia, pena y rabia. Después de que le den el alta, aún tendrá que pasar una semana más para que pueda dormir boca arriba.
Aquella es su última tentativa de escaparse para volver a ver a Mathias.





A.D. 844M40. Prelux Magna (Vermix), Sistema Cadwen, Sector Sardan, Segmento Tempestuoso.

 
El tiempo que les restaba juntos aquella tarde pareció a la vez fugaz y eterno. Cuando todo terminó, se quedaron muy juntos, abrazados, como si sus cuerpos se hubieran convertido en uno solo. Mathias acarició el cabello de Alara y sonrió.
-Te quiero. Gracias por dejar que… que haya sido yo quien lo hiciera-.
Ella comprendió y le devolvió la sonrisa. Ya no sentía vergüenza ni timidez; todo aquello se había esfumado.
-Tenías que ser tú- le dijo.- Siempre fuiste tú. No podría haber sido otro, nunca; sólo tú-.
Él bajó la mirada, repentinamente turbado. En ese momento, una pregunta, o más bien una certeza, nació en la mente de Alara.
-Para ti no ha sido la primera vez- dijo en voz baja.- Ya habías hecho esto antes, ¿verdad?-.
Mathias tuvo la delicadeza de parecer avergonzado.
-Sí. Ya lo había hecho antes-.
A pesar de que sabía que se trataba de una reacción absurda e irracional, Alara no pudo evitar que los celos y la decepción la golpeasen como un mazazo.
-¿Has amado a otras?- preguntó con amargura.
“¿Y qué esperabas, idiota?” la reprendió su mente. “¿Qué hubiera estado los últimos veinte años encerrado en un convento, igual que tú?”.
-No como a ti- respondió él, muy serio.- Te juro, Alara, que no he amado jamás a ninguna mujer como te amo a ti. Pero… bueno, yo creía que no volvería a verte jamás. No nos habíamos vuelto a encontrar desde que éramos unos críos, y yo no sabía siquiera por dónde empezar a buscarte. Me sentía solo, intenté seguir adelante... Pero ahora me doy cuenta de que todas las chicas con las que estuve me recordaban a ti en algo, de una manera u otra. Y la cosa nunca acabó de funcionar con ellas, porque ninguna de ellas eras tú-.
Alara lo miró a los ojos. Parecía sincero.
-¿Y si vuelven a separarnos?- preguntó con tristeza.- ¿Volverías a buscarme a mí en otras?-.
Una resolución casi fanática destelló en los ojos de Mathias.
-Nunca volverán a separarnos, Alara. Nunca. Y aunque lo hicieran, yo ya no podría estar con otra que no fueras tú. Pero no tendrás que preocuparte por eso, porque no nos separarán. No voy a permitirlo-.
“Este chico lo ve todo demasiado sencillo”, pensó ella.
-¿Y cómo lo impedirías?- inquirió.
-No te creas que no le he dado vueltas al tema- afirmó Mathias acariciándola con suavidad, sin la urgencia que lo había consumido antes.- La Inquisición tiene la prerrogativa de poder exigir al Adepta Sororitas la cesión de algunos de sus miembros como Acólitos en un séquito inquisitorial. Todo el mundo sabe las Hermanas Acólitas son prácticamente incorruptibles, lo cual las convierte en los miembros más fiables de cualquier séquito cuando hay peligro de corrupción herética. Si tu Palatina pretende enviarte a otro lugar o Lord Crisagon decide que debemos irnos de aquí, podría convencerle de que te reclamase para su séquito. Así estaríamos juntos-.
-Eso supondría depender de la benevolencia de Lord Crisagon- repuso Alara, preocupada.- Nada nos garantiza que accediera a tu petición. Puede que no necesite a una Hermana de Batalla entre sus filas, o puede que prescinda de ti en un momento determinado. ¿Y entonces que sería de nosotros? Siempre vamos a depender de las decisiones de otras personas-.
Mathias asintió.
-Es sólo una solución temporal, lo sé. Pero existe la posibilidad de algo más permanente: que yo mismo me convierta en Inquisidor. El Magíster Seneca me ha insinuado que no carezco de potencial para ello. Elegir semejante carrera me parecía demasiado complicado, pero si es la única manera de tenerte a mi lado para siempre, lo haré. Conseguiré ascender al rango de Inquisidor. Y una vez lo haga, te reclamaré para mi séquito, y nadie podrá impedírmelo-.
Alara le miró sorprendida. Le costaba imaginarse a Mathias convertido en Lord Inquisidor.
-¿Y crees de veras que podrás conseguirlo? Además, aunque lo lograras, tardarías años en hacerlo…
-Confío en que el Emperador nos ayudará- dijo Mathias, sonriendo.- De verdad lo creo. Al fin y al cabo, si lo piensas bien, ¿acaso no nos ha unido él? Fue el Caos lo que nos separó, y justamente ahora que los dos hemos consagrado nuestras vidas a luchar en nombre del Emperador, tú en el Adepta Sororitas y yo en la Inquisición, hemos vuelto a encontrarnos-.
Alara se emocionó al escuchar de los labios de Mathias un eco de sus propias oraciones, de sus más íntimos pensamientos. Era casi como si el propio Emperador estuviera recordándoselo a través de los labios de Mathias. “Ten fe”, parecía decirle. “Si es mi voluntad que estéis juntos, nada ni nadie os podrá separar”.
-Tienes razón- dijo.- Yo también lo creo. Él no permitirá que nos separen, lo sé. Estoy segura-. Entrelazó su mano con la de él y esbozó una leve sonrisa.- Espero que mi Ejecutora acabe llegando a la misma conclusión-.
-¿Tu Ejecutora?- preguntó Mathias, confuso. Alara le habló de la advertencia que le había hecho Tharasia.
-Joder, vaya si es lista- gruñó él.- ¿Quién era, la misma hermana de cabello blanco que no nos quitaba el ojo de encima ayer, mientras paseábamos por el claustro? No me extrañaría que algún día llegue a Canonesa; no se le escapa una. Sin embargo, me da la sensación de que sólo pretendía meterte miedo para que no bajases la guardia. Es probable que el verdadero peligro no sea ella sino la Superiora, Lissandra-.
-Lo mismo da- replicó Alara.- No pienso dar motivo alguno a mis superioras para que se sientan descontentas conmigo-.
Aquello le hizo recordar que seguían estando en un despacho de la capilla inquisitorial, y que seguía existiendo el peligro de que alguien intentara entrar. Se incorporó de un salto y le dio la espalda para recoger sus prendas de vestir, desparramadas por el suelo.
-¿Qué es eso?- oyó que Mathias preguntaba a sus espaldas.- ¿Qué te ha pasado?-.
-¿Qué?- ella se giró, confundida.
Mathias la miraba con preocupación. De repente, Alara cayó en la cuenta de lo que debía haber visto: el rosario de cicatrices blancas y alargadas que le recorrían la espalda, fruto del brutal castigo que había sufrido en la Schola Progenium a manos de Helga, la antigua celadora jefe. Las heridas se habían curado, pero los daños habían sido tan profundos que las marcas habían quedado grabadas en su carne para siempre.
-¿Qué son esas marcas en tu espalda?- inquirió él.- Son como cicatrices alargadas. ¿Te las han hecho en el Sororitas? ¿Es cierto entonces ese rumor de que todas las Hermanas de Batalla se flagelan?-.
-No. Bueno, sí, pero… -Alara recogió su ropa interior y comenzó a ponérsela mientras se lo explicaba.- Sí es cierto que usamos el flagelo como mínimo una vez por semana; es parte de nuestro entrenamiento para desarrollar resistencia al dolor, aunque algunas lo usan más a menudo como penitencia si consideran que han pecado. Pero el flagelo que utilizamos no deja marca ni abre la piel; a lo sumo la deja enrojecida unas cuantas horas. Está hecho para ser doloroso, no dañino. Mis cicatrices son de la Schola Progenium-.
-¿De la Schola Progenium?- exclamó Mathias, horrorizado.- ¿Qué pasó para que te castigaran de semejante manera?-.
Alara sonrió con tristeza.
-Se podría decir que lo que me pasó fuiste tú-.
Y le contó lo que nunca había contado a nadie. Ni siquiera con Valeria, Octavia y sus demás compañeras progénitas, que conocían lo sucedido por haber estado presentes, hablaba de ello jamás. Pero a Mathias se lo contó todo: su intento infructuoso de contactar con él enviándole una carta, su fracaso al intentar saltar el muro, y la nueva intentona fallida dos años después.
-Aquella mujer repugnante me pilló y dijo que ya que era la segunda vez que intentaba escalar el muro, tendría el doble de castigo. Veinte golpes en total. Pero a la muy salvaje se le fue la mano y acabó haciéndome sangrar. De hecho, según me contaron mis amigas después, debió de írsele la cabeza por completo, porque cuando llegó a los veinte azotes siguió golpeando, en lugar de parar. Tuvieron que detenerla las demás celadoras. Aunque yo de eso ya no me enteré; me desmayé al decimosexto azote-.
Mathias se indignó al escuchar aquella historia.
-¿Pero cómo pudo hacerte eso?- vociferó.- ¡Espero que degradaran y arrestaran a esa bruja malnacida! ¡Si yo hubiera estado allí le habría arrancado la vara de las manos y se la habría roto delante de la cara!-.
-Si hubieras hecho eso, te habrían expulsado de la Schola-.
-¡A la mierda con la Schola!- gritó Mathias, furioso.- ¡Ya me las hubiera arreglado! ¿Cómo pudo maltratarte así? ¡Sólo tenías once años!-.
La voz le temblaba de pena e indignación cuando estrechó a Alara entre sus brazos. Ella apoyó el rostro sobre su hombro, reconfortada. Hacía ya mucho tiempo de todo aquello, pero aún así la complacía que Mathias se preocupase tanto por ella.
-Lo siento- dijo en un susurro.
-¿Qué lo sientes? ¿Qué es lo que sientes?-.
-Haber tirado la toalla. No haberlo vuelto a intentar. Tendría que haber puesto más empeño en tratar de volver a verte. Pero tuve miedo. No estaba segura de poder volver a soportar un castigo como ese, y siendo la tercera vez podrían haberme condenado a treinta azotes…
Mathias emitió un sollozo ahogado.
-¿Y tú lo sientes?- dijo, con la voz quebrada.- No, el que lo siente soy yo. A mí no se me ocurrió nunca intentar enviarte una nota, y sólo intenté cruzar el muro una vez. Me subí a un árbol que había en el patio creyendo que desde lo alto podría alcanzar el borde del muro, pero la rama se rompió y me quedé colgado del borde. Al final tuve que soltarme, me disloqué el hombro y encima me gané diez azotes, como tú la primera vez. Pero después de eso ya no lo volví a intentar. Tú fuiste la más valiente de los dos, Alara; yo sólo fui un cobarde…
Sus lágrimas cayeron sobre los hombros de Alara. Ella le acarició el cabello.
-No te preocupes por eso, Mathias. Pasó hace mucho tiempo. Éramos sólo niños, no le des más vueltas. No tuvimos manera de impedir lo que nos hicieron-.
-Veinte años- dijo él con amargura.- Nos robaron veinte años…
Ella lo acalló poniendo un dedo sobre sus labios.
-Estamos juntos otra vez- dijo.- Y vamos a recuperar el tiempo perdido. Ahora debo marchar, pero mañana volveré a estar aquí, contigo-.
Mathias depositó un beso sobre su frente.
-Te esperaré con impaciencia, Alara. Contaré cada minuto que falte para reunirme contigo de nuevo-.



Cuando Alara salió de la capilla inquisitorial volvía a llover, pero apenas fue consciente de ello. Tras despedirse de Mathias con un leve apretón de manos -la Adepta Orbiana seguía vigilando el vestíbulo-, se encaminó a paso ligero hacia el convento del Sororitas. Casi no sintió la fina llovizna que humedeció sus cabellos durante el camino de vuelta, y para cuando reaccionó y se cubrió con la capucha del hábito, ya tenía el pelo medio empapado.
Mientras caminaba por la amplia Avenida del Emperador, observando las fuentes y las estatuas de mármol, se permitió el lujo de imaginar cómo habría sido su vida si la Masacre de Galvan nunca hubiera tenido lugar. Fue tan fácil como recordar las Letanías de la Fe. Mathias y ella habrían crecido juntos, habrían ingresado a la vez en la Guardia Imperial o en un Collegia Imperialis, y probablemente se habrían casado. En su mente se dibujó la imagen nítida de una casa unifamiliar parecida a la que tenían sus padres en la Ciudadela: un jardín junto a la casa lleno de juegos y risas infantiles; las de sus propios hijos y los de sus hermanos. Selene, Marcus, Alyssa y Randall, ya retirados del servicio activo en la Guardia, convertidos en orgullosos abuelos de aquellos niños…
La imagen destelló en su mente tan claramente como si la tuviera delante; por un instante casi pudo oír las voces de los hijos que nunca tendría y contemplar el rostro de los padres a quienes jamás volvería a ver. Pero entonces todo se desvaneció, y Alara volvió a encontrarse sola, bajo la lluvia, en Prelux Magna, Vermix. Se contempló a sí misma, con el hábito de la Rosa Ensangrentada, el collar del águila imperial prendido del cuello, el Rosarius y la funda de la pistola bólter ceñidos al cinto, y comprendió que no tenía ningún sentido añorar lo que nunca había sido y no sería jamás. Además, al menos ahora era una Hermana de Batalla, una fiel Hija del Emperador dispuesta a todo para combatir a los enemigos del Imperio. Llevaba una vida recta y honorable, una buena vida. Y había encontrado a Mathias. Alara sabía que su vida tal vez no era la que sus padres hubiesen soñado para ella, pero también sabía que de poder verla se habrían sentido orgullosos de ella.
“Si esa incursión del Caos nunca hubiera tenido lugar… ese ataque maldito…”
Alara llevaba toda su vida obsesionada con aquella salvaje matanza perpetrada contra su gente, su hogar. Ya de novicia en el Sororitas, había intentado buscar en los archivos de la sala de cogitación algún informe que le revelara qué había pasado exactamente la noche de las lunas rojas y por qué. Pero lo poco que encontró acerca del tema era información clasificada, y con su identificación de novicia no pudo acceder a ella.
“Pero ahora soy militante” pensó de repente. “Tal vez ahora sí que pueda”.
Sintió un escalofrío de impaciencia y emoción ante la idea. No había olvidado la pena, la desesperación ni el horror que había sufrido siendo niña. Aún hoy seguía teniendo pesadillas con la Matanza de Galvan. Aunque gracias al Emperador no fueran tan frecuentes ni tan intensas como antes, todavía se despertaba algunas noches gritando después de ver otra vez a su madre muerta, a su hermano acribillado, o al Rapax del Caos acercándose a ella con paso amenazador, presto para bañar las púas de la espada sierra con su sangre…
“Lo haré”, decidió. “Antes de cenar sacaré un momento de donde sea para poder entrar en la sala de cogitación y comprobar si con mi acreditación de Militante Redentora puedo acceder al informe”.


La lluvia arreciaba cuando llegó al convento, justo a tiempo para la oración vespertina. Tras asistir al servicio religioso, Alara dedicó el resto de la tarde a entrenar con energía, corriendo a toda velocidad, realizando ejercicios de musculación con brío, y batiendo su propio récord personal de flexiones y abdominales. Podía sentir con claridad cómo trabajaba cada músculo, cómo se contraían y se distendían todas las fibras articulares, del mismo modo que había sentido con todo detalle sensaciones nuevas en su cuerpo que ignoraba ser capaz de sentir. Y por encima de todo, se notaba pletórica de energía. Nueva, realizada. El cansancio era una ilusión, ahora podía enfrentarse a todo. Estaba enamorada.
Después de la sesión de mantenimiento físico, volvió a darse una rápida ducha en su cuarto y prescindió de la limpieza de sus armas y su armadura aquel día -ya se había empleado a fondo con ellas la tarde anterior y volvería a hacerlo mañana- para poder acudir a la sala de cogitación. Recordaba bastante bien cómo buscó la información siendo novicia, y al cabo de un par de intentos halló el archivo. Insertó su tarjeta identificativa en el lector del cogitador, tecleó su clave en la pantalla, y sintió una oleada de triunfo cuando aparecieron las palabras “ACCESO PERMITIDO” en verde. Unos instantes después, se abrió el archivo, y Alara pudo leer por fin su contenido:


+++  INFORME  RESERVADO  +++
Registro de Operaciones: 159753086420.R - Fecha: 0.306.824.M40
+++  archivo consultado: MASACRE DE GALVAN  +++
Asunto: Incursión del Caos - Nivel de Seguridad: 4 - Adeptus Ministorum
Documento encargado por el Inquisidor General Darius Ravenstein, Ordo Hereticus.
Anno Domini 824.M40 - Cofradía del Adepta Sororitas en Aquila Áurea, capital del Planeta Tarion sito en el Sistema Cadwen del Sector Sardan. Palatina Superiora Flavia Alba de la Rosa Ensangrentada.
Resumen de los hechos acontecidos en la ciudad de Galvan la noche del 0.302.824.M40 según recoge el informe de la Palatina Regidora Silvia Fulvia, del Oratorio Provincial, que intervino en los sucesos. 

         Una fuerza combinada de Marines Traidores y Adoradores Infieles lanzó un ataque por sorpresa sobre la ciudad radial de Galvan nada más anochecer. Un destacamento de Rapaxes[1], formado por unos 60 efectivos aproximadamente, sobrevoló a gran altura el distrito militar de la ciudad y lanzó un ataque en picado con bombas incendiarias sobre el recinto residencial para oficiales de la Ciudadela, buscando causar la confusión entre los mandos imperiales. Los centinelas encargados de la vigilancia no pudieron detectar la llegada de los Rapaxes porque éstos utilizaron un mecanismo supresor de ruidos acoplado a sus retro propulsores[2]. El bombardeo resultó devastador, pues los Rapaxes arrojaron las bombas por las ventanas para que detonaran en el interior de las casas unifamiliares, abrasando a las familias reunidas para la cena. Una vez cometida esta atrocidad, prosiguieron causando todo el daño posible atacando las casas restantes con granadas de fragmentación y su armamento convencional.
        Las fuerzas defensoras reaccionaron con feroz determinación ante la agresión, pero sus efectivos quedaron divididos cuando se desencadenó un segundo ataque contra el exterior de la Ciudadela por parte de los Adoradores Infieles, que se habían infiltrado dentro de la ciudad, realizado en coordinación con la acometida de los Rapaxes. Los Adoradores utilizaron algún tipo de artefacto impío para balizar su posición y permitir que escuadras de Exterminadores se teleportaran hasta los puntos críticos del asalto. Mientras tanto, una compañía de Marines Traidores aparecía entre las calles de la ciudad próximas en apoyo de los Adoradores. Por todo ello, parecía evidente que pretendían capturar la Ciudadela para poder conquistar y arrasar la ciudad, de modo que el alto mando de la Guardia Imperial decidió concentrarse en defenderla con todas sus fuerzas y detener la ofensiva caótica ante sus murallas. Pero la destrucción perpetrada por los Rapaxes causó que, en el momento del asalto exterior, muchos oficiales imperiales de servicio se hubieran desplazado al frente de sus tropas hacia la zona residencial atacada en la que estaban sus familias, dejando bastante reducida la fuerza desplegada en la defensa del perímetro externo. Por tanto, una vez lanzado el ataque de los Adoradores con apoyo de Marines Regulares y Exterminadores, resultó complicado lograr que los angustiados oficiales retornaran a sus puestos defensivos y dejaran la protección de sus hogares a las unidades de reserva movilizadas dentro de la Ciudadela y los refuerzos que llegaban desde el convento local del Adepta Sororitas en aerodeslizadores, siendo necesario que los Comisarios emplearan toda su persuasión para convencerlos. Esto provocó una notable desorganización entre las fuerzas imperiales durante la primera hora de combates, lo que permitió que el enemigo conquistara el perímetro exterior[3].
         Sin embargo, todo el ataque desencadenado contra la Ciudadela era una celada orquestada para mantener ocupada a la Guardia Imperial y ocultar el verdadero propósito de la incursión en Galvan. Pues, media hora más tarde del asalto a la Ciudadela, una fuerza de menor tamaño formada sólo por Marines y dirigida por el Comandante enemigo se trasladó al centro urbano y atacó el distrito comercial, aniquilando a las unidades desplegadas de las Fuerzas de Defensa Planetaria que custodiaban la zona[4]. Tras la matanza, entraron en varios establecimientos saqueando y destruyendo sus mercancías en una espiral de violencia que no tiene todavía explicación lógica[5]. Incluso asaltaron algunos edificios residenciales del distrito, matando a todo aquel que encontraban en su camino de forma brutal. En algunos casos, existió ensañamiento con las desgraciadas víctimas o familias enteras fueron secuestradas para su posterior sacrificio blasfemo.  
          Finalmente, la fuerza incursora abandonó la zona al poco tiempo de llegar nuevos refuerzos. Tras abandonar el distrito comercial con un cuantioso botín en sus corruptos vehículos blindados, el Comandante enemigo se dirigió a una zona residencial próxima sembrando la destrucción a su paso. Las fuerzas Sororitas en persecución del enemigo en retirada observaron la existencia de un Portal Dimensional en el interior del parque público que domina el lugar. Un destacamento de Adoradores fuertemente armado había tomado posiciones en la zona estableciendo un perímetro defensivo que permitió a la fuerza incursora alcanzar el Portal y abandonar el planeta, mientras las unidades imperiales eran contenidas. Casi inmediatamente, el contingente enemigo que asediaba la Ciudadela abandonaba la lucha retirándose en orden de combate sin lograr sus objetivos militares[6]. Tras duros enfrentamientos por las calles, el grueso de la fuerza que había atacado a la Guardia Imperial llegó hasta el Portal y logró atravesarlo.
         Una vez terminados los combates, las fuerzas leales procedieron a registrar cuidadosamente los distritos atacados y zonas adyacentes en busca de elementos hostiles ocultos. Los mandos imperiales cursaron órdenes inmediatas de capturar con vida a todos los enemigos rezagados posibles para poder interrogarlos y entregarlos a la Inquisición para su posterior escrutinio, purificación y ejecución. De esta forma pudieron capturarse varias decenas de adversarios, a pesar de la resistencia que ofrecieron y del posterior intento de suicidio para evitar el apresamiento. Desde luego, el miserable destino de la inmensa mayoría de los Adoradores no pudo resultar más aleccionador para escarmiento de todos aquellos ciudadanos cuya lealtad sea vacilante o débil: abandonados por sus amos oscuros, fueron sacrificados por cientos como distracción y para cubrir la cobarde retirada de los Marines Traidores que lograron huir por el Portal Dimensional gracias al derramamiento de su sangre. No obtuvieron más recompensa que una muerte ignominiosa ante la furia justiciera de nuestras fuerzas. En el caso de los pocos supervivientes, la mayor parte de ellos acabaron en manos de la Santa Inquisición.
         En cuanto al sacrílego Portal Dimensional, estaba oculto tras una pantalla holográfica para evitar que fuera observado desde las inmediaciones. De todas formas, el parque público en el que fue ubicado tenía unas dimensiones importantes (1.800 x 1.200 metros) por lo que era difícil percibirlo desde fuera. Sólo a menos de 300 metros podía apreciarse la antinatural luminiscencia que generaba, según informa la Hermana Palatina Silvia Fulvia en su atestado sobre las operaciones realizadas, gracias a la pantalla holográfica utilizada para enmascararlo[7]. Todas las evidencias indican que dicho Portal fue el medio que utilizaron para introducirse en la ciudad evitando las defensas planetarias que protegen la órbita contra ataques exteriores. Aunque desconocemos los métodos blasfemos utilizados para abrirlo, sus elementos esenciales debieron ser fabricados o introducidos clandestinamente en el planeta por estar compuestos, de acuerdo con el posterior análisis de los expertos, por impíos materiales psicoactivos[8]. Cuando las fuerzas imperiales, encabezadas por un destacamento del Adepta Sororitas, llegaron al parque tras perseguir a los traidores apóstatas desde el distrito comercial se encontraron con una hueste numerosa de Adoradores atrincherada alrededor del Portal. A pesar de la pantalla holográfica, nuestras hermanas intentaron destruirlo para atrapar a los caóticos y aniquilarlos con la ayuda de los refuerzos que venían en camino desde otros lugares. Pero resultó muy difícil dañarlo, y poco después llegó por un lateral del parque el grueso del contingente que había atacado la Ciudadela, causando un momento de confusión al flanquear las posiciones imperiales por el lado de su llegada. Tras duros combates, los Marines Traidores con su botín lograron escapar junto a un numeroso grupo de Adoradores, tras lo cual pudo examinarse el Portal y comprobarse que el enemigo pretendía su destrucción controlada: había cargas explosivas con temporizador colocadas en los puntos clave. Durante unos instantes se discutió si debían desactivarse para permitir la persecución del enemigo allí dónde hubiera ido, pero la incertidumbre sobre lo que pudiera esperarse al otro lado y el temor ignorante de los mandos imperiales que temían acabar metidos con sus soldados en el Infierno, motivó que la Hermana Palatina Silvia Fulvia desistiera de continuar persiguiendo al enemigo por el Portal. Unos minutos después, toda la blasfema construcción quedó destruida tras un potente estallido y la Batalla de Galvan terminó.
         Durante el conflicto, resultó decisiva la rápida movilización del Adepta Sororitas para sostener a las fuerzas imperiales, tanto a la Guardia Imperial en la Ciudadela como a la Milicia Planetaria en la zona atacada de la ciudad. Resultó providencial que el Centro de Estudios Astronómicos de Galvan estuviera investigando el extraño fenómeno de las Lunas Rojas que se produce cada trece años por esas fechas, pues descubrieron la fuerza de Rapaxes sobrevolando la Ciudadela y nos alertaron al identificar la clase de amenaza que se cernía sobre ella (uno de ellos había sido antiguo acólito inquisitorial y reconoció que eran Marines Traidores). Esto permitió un rápido envío de tropas desde nuestro convento en la ciudad, concretamente todas nuestras Hermanas Serafines, que fue crucial para reducir la masacre de familias militares al combatir a los despiadados Rapaxes. Posteriormente, a medida que se conocía la dimensión del ataque y se localizaban las restantes fuerzas enemigas, fueron a la batalla el resto de hermanas en apoyo de las unidades imperiales comprometidas en la defensa.
Loado sea el Emperador por su inspiración.
Hermana Palatina Superiora Flavia Alba de la Rosa Ensangrentada. 


+++ Notas y Comentarios - Hermana Palatina Superiora Flavia Alba +++
[1] Rapaxes: marines traidores de asalto equipados con retro propulsores, capaces de volar hasta una altura máxima de 80 metros y realizar descensos controlados desde mucha altitud. Suelen ir equipados con armamento de asalto y bombas portátiles que arrojan desde el aire.
[2] Este dispositivo supresor de ruidos fue desarrollado en el AD 750.M36 para las fuerzas de asalto Astartes con el propósito de efectuar operaciones sigilosas y ataques sorpresa. No se trata de equipo reglamentario, siendo poco frecuente su uso en misiones que no precisen discreción a causa del notable desgaste que sufre el dispositivo supresor. Resulta notorio que estos traidores dispongan de este equipo.
[3] Las fuerzas enemigas lograron abrir varias brechas en las fortificaciones externas y arrollaron a los defensores. Su objetivo era capturar el Arsenal Mayor de la Ciudadela, que albergaba la armería más importante, y el Parque Móvil dónde se encontraban los carros de combate y los vehículos blindados de la Compañía Acorazada del Regimiento Imperial. Su pérdida hubiera sido decisiva para causar nuestra derrota.
[4] Unos pocos milicianos y arbitradores sobrevivieron para relatar algunos detalles del ataque, como el secuestro de algunas familias de comerciantes y los asesinatos brutales de civiles. Varios testimonio señalan la presencia de Tecnosacerdotes Renegados bajo el mando de un Tecnomarine Traidor que lideraba los saqueos.
[5] Las mercancías robadas o dañadas eran todas de naturaleza electrónica: cogitadores comerciales, aparatos audiovisuales, accesorios y recambios, comunicadores, electrodomésticos, implantes cibernéticos, generadores portátiles, dispositivos eléctricos, etc. Incluso asaltaron armerías civiles para saquear armas y munición, así como almacenes de maquinaria ligera. Tienen una singular obsesión por la tecnología.
[6] Siempre que no se considere que su objetivo era masacrar a las familias imperiales. La acción heroica de algunos oficiales y soldados fue clave para frustrar el asalto enemigo que, a pesar de ser una distracción, buscaba igualmente dañar las defensas de la ciudad. Merece una especial mención la resistencia ofrecida por el capitán Marcus Farlane, el teniente Randall Trandor y sus soldados en el Parque Móvil.
[7] Dado que éste tipo de tecnología avanzada tiene un coste elevado y un acceso bastante restringido, resulta patente que estos traidores apóstatas tienen unos recursos considerables a su disposición y la ayuda de contrabandistas tecnológicos para perpetrar sus fechorías.
[8] Según concluyó la comisión mixta de Tecnosacerdotes y Psíquicos Autorizados organizada por el gobernador planetario, Lord Everton, el material utilizado para construir el Portal Dimensional tiene unas características tan inusuales que no puede encontrarse en la Naturaleza.

lunes, 1 de junio de 2015

Capítulo 7


A.D. 825M40. Randor Augusta (Kerbos), Sistema Kerbos, Sector Sardan, Segmento Tempestuoso.


-Muy bien- dice la profesora de Historia.- ¿Quién puede decirme cómo se llama la institución dependiente de la Eclesiarquía que se nutre en un noventa por ciento de alumnas de la Schola Progenium?-.
Alara Farlane levanta la mano. La profesora la mira con desconfianza, pero finalmente asiente.
-¿Sí, señorita Farlane?-.
-"Adopta Huerfanitas"- responde cortésmente Alara.
Toda la clase estalla en carcajadas. Alara sonríe, muy satisfecha de sí misma. Su maestra, en cambio, frunce el ceño.
-Si vuelve a hacerse la graciosa, señorita Farlane, tendré que dar parte de su mal comportamiento a la celadora jefe. Creo que eso no le gustaría-.
La amenaza de la profesora surte efecto; la sonrisa de Alara se desvanece de inmediato. Helga, la antipática mujer que la arrastró sin miramientos lejos de Mathias el día de su llegada, resultó ser la celadora jefe, y le ha cogido inquina desde el principio. Por haberse resistido a separarse de su amigo, Alara estuvo castigada un día entero, encerrada en soledad y recibiendo la comida justa. Además, en su informe mensual aparecen demasiado a menudo las palabras "conducta desafiante". En realidad, Alara no es desobediente ni maleducada; no contesta mal a sus profesoras, no deambula por sitios prohibidos y siempre hace a tiempo sus deberes. Pero tiene una actitud demasiado independiente para los estándares de la Schola Progenium, así como una irritante tendencia a inventar ingeniosas tonterías para hacer reír a las demás alumnas. Es una estrategia de defensa, y la aprendió de su madre; Selene Farlane siempre solía decir que es imposible reírse de algo y temerlo al mismo tiempo, de modo que alentaba a sus hijos a que ridiculizaran sus temores infantiles para enfrentarse a ellos y conseguir vencerlos. Hasta ahora, Alara ha conseguido un éxito parcial: sigue teniendo pesadillas espantosas y a veces aún se despierta llorando por las noches, pero por lo menos durante el día ha conseguido no tener miedo. La mayor parte del tiempo, al menos.
Sin embargo, la pena y la nostalgia le roen el corazón. Echa muchísimo de menos su casa y su familia, y también echa de menos a Mathias. La añoranza por él es incluso más aguda, porque a sus padres y a sus hermanos ya no tiene ninguna posibilidad de volver a verlos y a él sí. Él sigue vivo, podría verle si no se lo impidieran. Está tan cerca de ella, y al mismo tiempo tan lejos...
Pero Alara tiene un plan. Los progénitos que tienen hermanos del sexo opuesto están autorizados a verlos y pasar un rato con ellos todas las semanas. Alara sabe que ningún adulto de la Schola se tragaría que Mathias es su hermano -basta con leer los apellidos en sus respectivas fichas escolares-, y el embuste podría meterla en un buen lío. Sin embargo, ha conseguido convencer a Christine, una compañera de clase con la que ha hecho buenas migas, de que lleve consigo una nota escrita cuando vaya a ver a su hermano. Si ella se lo pide, seguro que Kenneth le pasa la nota a Mathias, y tal vez su amigo le envíe otra en respuesta a la semana siguiente. Alara está muy ilusionada con la idea de seguir manteniendo el contacto con Mathias, aunque sea por correspondencia.
Está muy excitada cuando llega la hora de la comida. Tras ella, vendrá el período de descanso, y durante ese tiempo Christine y las demás niñas irán a visitar a sus hermanos. Alara casi no puede comer de los nervios mientras espera la culminación de su gran plan.
Cuando termina el almuerzo, su amiga le hace un gesto de despedida y desaparece. Alara se va jugar con Octavia, Valeria, y otras nuevas amigas que se han unido a ellas, huérfanas también de la Mascare de Galvan: Theodora, Claudia, Cecilia y Annabella. Cuando por fin suena el timbre que anuncia el fin del tiempo libre y el regreso a las clases, Alara vuelve contenta al edificio principal, esperando encontrarse con Christine.
El corazón se le sube a la garganta cuando se da cuenta de que quien la está esperando es la celadora Helga. En cuanto ve a Alara, la mujer frunce el ceño y la mira fijamente; no cabe duda de que la espera a ella. Aún así, trata de hacerse de despistada y pasar junto a ella de largo. Por supuesto, no da resultado.
-¡Alara Farlane!- exclama Helga en todo áspero.- ¡Ven aquí inmediatamente!-.
Alara pone la mejor cara de inocencia que es capaz de fingir.
-¿Sí?-.
La mujerona se saca un papel del bolsillo de la falda y lo sostiene delante de su nariz.
-¿Puede saberse qué significa esto?-.
Alara traga saliva. En el trozo de papel, escritas con letra infantil, se pueden leer claramente las siguientes palabras: "Querido Mathias, ¿cómo estás? Espero que bien, cuando recibas esta carta. Tengo muchas ganas de volver a verte, te echo mucho de menos y te quiero. Besitos, Alara". Es evidente que la actitud de Christine ha hecho sospechar algo a Helga, la ha registrado, y ha encontrado la nota. Cuando Alara levanta la vista, la mirada furiosa de la celadora jefe hace que le tiemblen las piernas.
-¡El contacto entre estudiantes de distinto sexo que no sean hermanos está prohibido!- ruge, haciendo trizas la nota.- ¿Cómo te has atrevido a intentar quebrantar las normas de la Schola? ¡Estás castigada sin cenar!-.
Los ojos de Alara se llenan de lágrimas.
-¿Por qué?- gimotea.- ¡No he hecho nada malo! ¡Sólo quería mandarle una carta a mi amigo!-.
-Está prohibido- replica Helga, cortante. ¿Es imaginación de Alara, o está saboreando las palabras? La sensación de injusticia la hace temblar.
-¿Qué le he hecho para que me odie tanto?- grita apretando los puños.- ¡Es usted horrible!-.
La bofetada es inmediata, y tan rápida que no la ve venir. En un instante, Alara tiene la mejilla ardiendo y los cinco dedos de la celadora marcados en la cara.
-¡No voy a tolerar más faltas de disciplina por tu parte!- exclama Helga, furibunda.- ¡Vete a tu clase, inmediatamente! ¡Y mañana cuando te levantes irás directamente a clase, sin desayunar!-.
Alara rompe a llorar, pero no se atreve a decir nada. De pronto, el recuerdo de Selene le viene a la mente y la añoranza la golpea de una manera casi física. ¡Su madre, que la quería tanto, jamás la habría tratado así! ¿Por qué ella está muerta y esa mujer odiosa sigue viva?
Se gira para marcharse, odiando a Helga más que nunca. Pero antes de dejarla marchar, la mujer la agarra del brazo y la obliga a girarse hacia ella. Sus dedos aprietan tan fuerte que le hacen daño.
-Ten mucho cuidado, Alara Farlane- sisea, mirándola fijamente a los ojos. En los suyos, de un color gris acerado, destella la crueldad.- Te voy a estar vigilando. Y si intentas romper las normas otra vez, si osas desafiarme, te aseguro que lo lamentarás-.




A.D. 844M40. Prelux Magna (Vermix), Sistema Cadwen, Sector Sardan, Segmento Tempestuoso.


Alara observó en silencio desde la verja cómo Mathias se marchaba bajo la lluvia, sin volver la vista atrás. Al escuchar la campana que llamaba a la oración, regresó al interior del convento para asistir al servicio religioso. Cuando terminaron los rezos, fue a cambiarse de ropa para el entrenamiento de la tarde, y cuando llegó a su celda descubrió que Octavia y Valeria la estaban esperando allí.
-¿Qué estais haciendo aquí?- preguntó.
-Tenemos que hablar contigo- dijo Octavia con voz serena.- En privado-.
Alara se sintió intraquila, pero dejó que sus amigas entraran con ella. Apenas hubo cerrado la puerta, Octavia la cogió del brazo.
-Bien, mi querida Alara, más te vale que confieses: ¿qué pasa con Mathias Trandor?-.
Alara levantó la vista para fulminar a Valeria con la mirada. La Hospitalaria se encogió de hombros.
.-Yo no le he dicho nada, Alara. Ella ha sido quien ha venido a buscarme para preguntarme si sabía algo. Le he dicho que lo mejor era que habláramos contigo. Así que aquí estamos-.
-¡Oh, vamos, Alara, no seas tan dura!- la reprendió Octavia sin soltarla.- ¡Somos tu hermanas, no puedes ocultarnos algo así!-.
-¿Quién dice que haya algo que ocultar?- gruñó Alara.
-Creo que te has enamorado de Mathias- afirmó Octavia con tono alegre.
-A eso le llamo yo sutlieza- repuso Valera con sequedad.
-¡Por el Divino Emperador, Octavia!- exclamó Alara, enrojeciendo hasta las orejas.- ¿Cómo se te ocurre tal cosa? Además, ¿qué sabrás tú de eso?-.
-Puede que no conozca mucho acerca del tema- admitió Octavia, cruzándose de brazos.- Pero a ti sí te conozco, y he visto cómo os mirábais. Te recuerdo que soy una Dialogante; me han entrenado para darme cuenta de estas cosas-.
-Y aunque Octavia no tenga experiencia en esos asuntos, yo sí la tengo, y he percibido lo mismo que ella- añadió Valeria con suavidad.
-¿Cómo has dicho?- preguntó Alara, sorprendida.- ¿Qué es eso de que tú tienes experiencia en qué?-.
Ahora fue Valeria la que se ruborizó.
-Yo... bueno, no os lo conté porque me daba vergüenza... pero... conocí a alguien hace un par de años. En Randor Augusta, cuando aún éramos Constantias-.
-Ah, ¿sí?- exclamó Octavia, atónita.- ¡Qué callado te lo tenías!-.
-¿Quién era?- quiso saber Alara.- ¿Cómo se llamaba?-.
-Konrad. Era un cirujano militar. Pasamos juntos bastantes horas a la semana durante mis prácticas en el hospital militar, y... en fin, acabamos intimando-.
-¿Y qué pasó?-.
Valeria se frotó los ojos como si le picaran los párpados.
-Se quedó en Kerbos. Yo tuve que volver a Ophelia VII para consagrarme. Tenía la esperanza de que nos volvieran a enviar a Randor Augusta, pero nos mandaron aquí. Dijo que en cuanto supiera dónde me habían destinado intentaría por todos los medios que la Guardia lo trasladara al mismo sitio, pero no sé cuánto podrá tardar- emitió un suspiro resignado y triste.
Las palabras de Valeria cayeron sobre Alara como un cubo de agua fría.
"Mañana mismo podrían destinarme fuera de Prelux Magna, a cualquier otra ciudad de Vermix", pensó con un nudo en la garganta. "O Lord Crisagon podría decidir que ya ha terminado su faena aquí y largarse de este planeta, llevándose su séquito consigo".
-¿Está bien, Alara?- quiso saber Octavia.
Alara apretó los dientes. No estaba segura de poder controlar sus emociones si se ponía a considerar en serio la posibilidad de una nueva despedida.
-Me han dispensado de las guardias- dijo de repente.
-¿Cómo?- preguntó Valeria.
-¿Por qué?- inquirió Octavia.
-Mathias tuvo la idea de darme información complementaria sobre el planeta, sus costumbres y su fauna, en la capilla del Ordo Xenos- explicó Alara.- A mi Superiora le pareció una buena idea, de modo que ha dispensado de las guardias y ahora voy a pasar seis horas con él, a solas. Todos los días. En la capilla inquisitorial-.
-Pero Alara- dijo Octavia con voz alegre.- Eso es estupendo. Podrás estar con él a solas. Si él también siente algo por ti...
-¿Algo?- gimió Alara, nerviosa.- ¿El qué? ¡Yo no sé nada de esto! ¡Nada! ¡Ni siquiera entiendo lo que me está pasando a mí! ¡Maldita sea, casi preferiría enfrentarme a una horda de engendros del Caos! ¡Al menos sabría qué hacer con ellos!-.
Valeria se echó a reír sin poderlo evitar.
-Ven a verme mañana a la enfermería justo antes de la comida- dijo.- Te daré algo que te ayudará a relajarte un poco-.

 

Alara durmió inquieta aquella noche, y la llegada del nuevo día no mejoró mucho las cosas. Nada más terminar el desayuno, recibió la inesperada llamada de la Ejecutoria Tharasia, solicitándole que acudiera a su presencia.
Cuando entró, Tharasia la estaba esperando sentada a la mesa de su despacho. Tenía un expediente ante sí; el expediente de la propia Alara. Cuando levantó la vista para mirarla, estaba muy seria.
-Buenos días, hermana Alara- dijo con voz grave. Bajó la mirada hacia los papeles que tenía delante.- Alara Farlane, de Galvan, Tarion. Hija del capitán Marcus Farlane de la Guardia Imperial, condecorado a título póstumo con la Honorifica Imperialis. Una media de ocho con setenta y cinco en la Schola Progenium. Sobresaliente en gimnasia, combate, lógica y religión; por lo que veo, su media subió a nueve con veinticinco ya en el Adepta Sororitas, motivo por el cual la propusieron para la cámara Dialogante... proposición que usted rechazó, solicitando expresamente entrar en la cámara Militante.- Tharasia cerró el expediente y levantó la vista hacia Alara.- Aquí se sugiere que debido a su combinación de buenas aptitudes mentales y físicas, es usted apta para el mando. La Hermana Superiora Lissandra ha decidido que mi pelotón sea el encargado de realizar la investigación sobre esa dichosa veneración al Gran Gusano, ya que usted pertenece a él. Y dado lo que consta en su expediente y que la iniciativa de la investigación ha sido suya, yo he decidido nombrarla jefa de escuadra, cargo que comenzará a ejercer de inmediato-.
-Gracias, señora- respondió Alara, impresionada.- Sin embargo, debo prevenirla de que carezco de experiencia en el mando...
-Eso carece de relevancia, hermana- la interrumpió Tharasia.- Alguna vez tiene que ser la primera. Tengo confianza en sus capacidades y en que sabrá responder bien a mis expectativas... sobre todo cuando llegue el momento en que las vidas de sus hermanas dependan directamente de usted-.
Alara tragó saliva. En teoría aquella era una buena noticia, ¿no? ¿Por qué entonces la expresión de la Ejecutora era tan severa? Algo no terminaba de encajar.
-Así pues, goza usted de la confianza de sus mandos y de altas posibilidades de ser promocionada con rapidez en su carrera, si sigue como hasta ahora- dijo Tharasia, y clavó en Alara unos ojos que de repente se volvieron semejantes a dos bolas de acero.- Espero que los sentimientos que alberga hacia el doctor Trandor no signifiquen una merma en su rendimiento-.
La sorpresa y el horror de Alara fueron tan absolutos que se quedó sin habla.
"¿Cómo lo sabe?" se preguntó, aterrada. "¡Si yo misma no lo sabía hasta ayer!".
Tharasia entrelazó las manos, mirándola con fijeza.
-Veo que parece haberse quedado sin palabras, hermana. No es necesario, sin embargo, que me dé explicaciones. No las necesito, y además la expresión de su cara ya me ha revelado todo lo que deseaba saber. Ahora, escuche bien lo que le voy a decir. La Hermana Superiora Lissandra no aprueba este tipo de situaciones, aún menos si se ve involucrada una hermana tan joven y prometedora como lo es usted. Como Ejecutora de su pelotón que soy, una de mis funciones es asegurarme de que mis subordinadas rindan al máximo de sus capacidades y no decepcionen de ninguna manera a los altos mandos. De modo que tenga muy presente mis palabras, hermana Alara: si se mantiene al nivel que esperamos de usted, yo misma intercederé a su favor ante la Superiora Lissandra si ella se entera de sus sentimientos y los desaprueba. Pero si su rendimiento empeora lo más mínimo, si noto que empieza a distraerse o a bajar el nivel, me encargaré personalmente de que no vuelva a ver jamás al doctor Trandor. ¿Me ha entendido?-.
Las últimas palabras de Tharasia se clavaron como un dardo cruel en el corazón de Alara, que por primera vez en años volvió a verse atenazada por algo que no esperaba volver a sentir: miedo. Trató de decir algo, cualquier cosa, pero no consiguió que le saliera una sola palabra de la garganta. Asintió.
-Puede retirarse, hermana- dijo la Ejecutora.
Alara salió en silencio de la habitación, sintiéndose inmersa en una pesadilla, una horrible pesadilla que la estaba haciendo revivir todas las sensaciones que sintió cuando era una niña sola y asustada, una niña que debía limitarse a contemplar cómo la arrancaban del lado de alguien a quien amaba sin poder hacer nada para evitarlo. Aún así, caminó por el pasillo con paso firme e impávido, inexpresiva y pálida. Sólo cuando hubo regresado a sus aposentos y cerrado la puerta tras de sí, permitió que brotaran las lágrimas.
Las Hijas del Emperador no lloran. Pero aquella mañana, inmersa en la soledad de su celda y en los amargos recuerdos que creía haber dejado por siempre atrás, Alara Farlane lloró.



Aquella mañana, la hermana instructora Isabella elogió calurosamente los progresos de Alara con la espada sierra, algo muy poco habitual en ella. No era de extrañar, dado que la joven se entregó al entrenamiento en cuerpo y alma. El ejercicio físico y el entrenamiento de combate eran los métodos favoritos de Alara para retraerse de sus problemas y no pensar, ya desde la Schola Progenium, y en aquella ocasión no iba a ser diferente; necesitaba descargar su temor, su frustración, su impotencia y su rabia, y hacerlo perfeccionando sus habilidades al servicio del Dios Emperador era sin duda el mejor método de todos. Por otro lado, estaba dispuesta a demostrar a Tharasia, a Lissandra y a quien hiciera falta que su rendimiento jamás iba a verse mermado lo más mínimo fueran cuales fuesen sus sentimientos.
Cuando llegó la hora de comer, dejó la espada en la armería a regañadientes. Finalizar el ejercicio también significaba el fin de la tregua mental, volver a enfrentarse a la realidad: sus propios y enmarañados sentimientos, las amenazas de la Ejecutoria Tharasia… y el hecho de que ese día y los siguientes pasaría todas las tardes completamente sola con Mathias en la capilla del Ordo Xenos. Al sentir cómo los nervios hacían presa de ella a pesar de todo el ejercicio que había hecho para descargarlos, recordó las palabras de Valeria: “Ven a verme mañana a la enfermería justo antes de la comida. Te daré algo que te ayudará a relajarte un poco”.
“Justo lo que necesito”, pensó Alara, y se dirigió a paso ligero a la enfermería.
Cuando llegó, Valeria la estaba esperando.
-Ya creía que te habías olvidado de mí- dijo con una sonrisa.
-Yo nunca me olvido de ti. ¿Tienes aquella cosa que ibas a darme para tranquilizarme? Debo reconocer que no me vendría mal algo así-.
-Ya lo suponía- dijo Valeria con expresión de suficiencia.- Extiende el brazo, que acabaremos en seguida. Y luego nos iremos juntas al comedor-.
Sacó de su envoltorio una jeringuilla y una aguja estériles, las llenó con el líquido de una ampolla y se lo inyectó en el brazo a Alara.
-Listo- dijo, tendiéndole un algodón empapado en desinfectante para que se lo apretase contra el brazo.- Vámonos a comer-.
Alara estaba hambrienta después del duro entrenamiento, pero aún así se sentía tan nerviosa que apenas pudo probar bocado. Tal vez influyera también el hecho de que no acababa de acostumbrarse a la carne de saurio; tenía un sabor muy raro que recordaba vagamente al del pollo, y un color pardo rojizo, como el de las piezas de caza.
“Carne de saurio, carne de ballena… tendría que preguntarle a Mathias si en este planeta también se come carne de dinovermo”.
La mera idea le dio náuseas, y apartó el resto del plato con un estremecimiento de asco para concentrarse en el postre, una fruta local de sabor tropical tan dulce que resultaba empalagosa, y que no pudo terminarse. Miró el crono de pared que presidía el comedor; era la una menos diez. Tenía el tiempo justo de darse una ducha rápida y ponerse el hábito antes de marchar a la capilla del Ordo Xenos; la idea volvió a hacer que las tripas le dolieran a causa de los nervios. Cuando se levantó, le hizo un gesto a Valeria para que la siguiera.
-¿Qué pasa?- preguntó su amiga en cuanto salieron del comedor.
-Creo que voy a necesitar otra dosis de ese tranquilizante que me has inyectado- le dijo Alara.- No me está haciendo ningún efecto; me siento tan nerviosa como antes-.
Los labios de Valeria esbozaron una sonrisa pícara.
-Eso es porque no se trataba de ningún tranquilizante-.
-¿Cómo que no era ningún tranquilizante?- preguntó Alara, recelosa.- ¿No dijiste que me darías algo que me ayudaría a relajarme?-.
-Sí, claro. Pero no hablaba de tranquilizantes; lo que te he inyectado es un anticonceptivo-.
-¿QUÉ?- chilló Alara. Al instante miró tras de sí, temerosa de que alguien pudiera estar oyéndolas; por fortuna el pasillo estaba vacío. Valeria se echó a reír.
-Por el Trono, Alara, con la cara que pones, cualquiera diría que te he envenenado-.
Alara se llevó de manera refleja la mano al brazo donde tenía el pinchazo.
-¿Tú… tú me has…? ¿Te has vuelto loca? ¿Cómo se te ocurre que yo…?
-Confía en mí, me lo vas a agradecer- dijo Valeria con una sonrisa burlona.- Ser precavida nunca está de más, y la fórmula que te he dado es casi inmediata: sólo tarda dos horas en hacer efecto y vale para seis meses. Mira, cuando Konrad y yo…
-¡No quiero escuchar lo que hacías con Konrad!- exclamó Alara, poniéndose del color de las cerezas maduras.- ¡Me voy de aquí!-.
Huyó escaleras arriba muerta de vergüenza mientras las carcajadas de Valeria la perseguían desde el pasillo. Cuando entró en su celda, se desnudó con rapidez y se metió bajo la ducha, esperando que el agua caliente y el jabón obraran algún efecto relajante.
“Anticonceptivo”, pensó, frotándose con fuerza las extremidades con la esponja. “Valeria debe estar mal de la cabeza”.
Aquello, lejos de tranquilizarla, la había puesto aún más nerviosa. ¿Tan segura estaba Valeria de que Mathias correspondía a sus sentimientos? ¿O se trataba sólo de una simple precaución, ya que iban a estar juntos y a solas durante tanto tiempo? Alara no sabía si sentía atracción, terror o ambas cosas ante la idea de que Mathias intentara… ¿intentara qué? No estaba del todo segura. Sus conocimientos acerca de la reproducción humana eran más bien básicos; se limitaban a las clases de biología que había recibido en la Schola Progenium. Más allá de aquello, no sabía absolutamente nada; los extensos conocimientos que le habían inculcado de novicia en el Adepta Sororitas incluían historia, canto, teología, gótico clásico, estrategia, lógica, técnicas de resistencia al miedo y el dolor, una memorización exhaustiva sobre el culto imperial, las vidas de los santos y el Mandatos del Sororitas, y un entrenamiento igualmente exhaustivo en diversos tipos de combate cuerpo a cuerpo, con armas de fuego y sin armas, pero nada remotamente parecido a la educación sexual. Tal vez las Hospitalarias como Valeria, con todos sus conocimientos de Medicae, supieran más.
“Aunque ella tiene mucho más que conocimientos teóricos; tiene experiencia. ¿Debería haberle preguntado?”. La mera idea la hizo enrojecer otra vez. Abrió el grifo de la ducha al máximo para que el agua cayera sobre ella con todas sus fuerzas. “Da igual porque no va a pasar nada. Nada en absoluto. Nada”.



Era casi la una y media cuando Alara llegó a las puertas de la capilla de Ordo Xenos. Colgada del brazo llevaba una bolsa negra con la Flor de Lys del Adepta Sororitas grabada en rojo en cuyo interior guardaba la placa de datos que le habían cedido para poder tomar notas. Respiró hondo para despejar la tensión mientras pulsaba el botón del interfono, sintiéndose ridícula.
“¿Cómo es posible que me ponga más nerviosa la perspectiva de estar a solas con Mathias que la de irme a las Tierras Bajas a matar dinovermos?” se reprendió.
Cuando entró en la capilla, la Adepta Orbiana estaba de guardia como la vez anterior. Reconoció a Alara, y tras saludarla con su parquedad habitual le indicó que el doctor Trandor la estaba esperando en la antesala del laboratorio. La luz de la cerradura del laboratorio estaba en verde, de modo que Alara golpeó la puerta con los nudillos y entró. Sentado a la mesa, vestido con su túnica de acólito y luciendo de nuevo las gafas sin montura que usaba para trabajar, estaba Mathias, que sonrió al verla entrar.
-Hola, Alara; qué puntual-.
Ella le devolvió la sonrisa.
-¿Cómo va todo?-.
-Muy bien- él le hizo un gesto con la mano indicándole que ocupara la silla de al lado.- Siéntate, por favor. ¿De qué quieres que hablemos en nuestra primera clase?-.
Alara había estado reflexionando sobre ello durante el camino. Había muchas cosas que deseaba preguntarle, pero la primera de ellas tenía que ver con algo de lo que hasta entonces sólo había sido consciente de forma somera. Tomó asiento junto a él, dejando la bolsa a un lado de la mesa.
-Hay algo que quiero preguntarte, aunque debo reconocer que no sé hasta qué punto estarás informado acerca de ello, porque no forma parte de tu especialidad académica-.
Mathias enarcó las cejas.
-¿De qué se trata? Te ayudaré en todo lo que pueda-.
-Veras… cuando fuimos anteayer al Palacio Gubernamental, me fijé en algo muy curioso: había dos grupos formados por representantes de la nobleza local de Vermix, uno de las Tierras Altas y otro de las Tierras Bajas. Y me di cuenta de que estaban situados en zonas opuestas del salón, y que la aristocracia imperial se alineaba a un lado o a otro… como si se tratase de facciones políticas enfrentadas. ¿Es eso lo que sucede en este planeta?-.
Mathias la miró con admiración.
-Muy sagaz, Alara. Realmente, creo que deberías replantearte tu vocación. ¿Seguro que no estarías mejor aprovechada en la Cámara Dialogante de tu orden?-.
Ella sonrió, halagada.
-La verdad es que me propusieron que lo hiciera, pero escogí expresamente la Cámara Militante. No profesé en el Adepta Sororitas para hacer diplomacia ni estudiar códices prohibidos, sino para luchar-.
-Lo entiendo, pero eso no quita que se esté desaprovechando un buen talento para la Dialogante. Porque tienes toda la razón en tus observaciones, y afortunadamente algo puedo contarte de este asunto- entrelazó las manos y estiró los brazos, en un gesto que Alara ya empezaba a reconocer como típico antes de comenzar una disertación.- Los habitantes originales de Vermix están organizados en distintos clanes, los cuales se agrupan alrededor de una de las dos tribus según su etnia: la de los montañeses o la de los marismeños. Existen dieciséis jefes de tribu, dos por cada uno de los ocho continentes de Vermix, y los enfrentamientos entre una y otra etnia siempre han estado a la orden del día. Esa división, unida a la tecnología rudimentaria de la que disponían, fue la que permitió al Imperio conquistar y someter este planeta con tanta facilidad-.
-Y supongo que la nobleza imperial se alía con unos y con otros conforme a intereses económicos, ¿no es así?-.
Mathias asintió.
-Los imperiales, o las gentes de las estrellas, como aún son llamados en las zonas rurales, son la tercera facción en este planeta. Se trata de una aristocracia comercial; todos los nobles son además directores y dueños de las principales empresas de Vermix. Aquellos que tienen negocios relacionados con la pesca, el transporte marítimo, la agricultura o el carbón, apoyan a los jefes tribales de las Tierras Bajas. Por el contrario, los que dirigen explotaciones ganaderas o mineras se alían con los montañeses de las Tierras Altas. Incluso el Gobierno Imperial se aprovecha de esa división; no hay nada más efectivo que destinar a los que entran en las Fuerzas de Defensa Planetaria a tareas de vigilancia o represión en una población de su etnia rival; aprovechan la más mínima excusa para aplicar la ley con todo el rigor y la dureza posible. Divide y vencerás, ya sabes-.
-Supongo que tendrán una cultura local, con usos, costumbres y lengua particulares, ¿no es así?-.
-Sí; aunque admito que respecto a eso mis conocimientos son muy básicos. Lord Crisagon sólo me hizo aprender lo imprescindible para poder moverme por estas tierras en mis investigaciones de campo-.
Mathias le contó todo lo que sabía respecto a aquel tema; mientras tanto, Alara escribía en la placa de datos a toda velocidad.
-¿Sabes?- dijo ella sin dejar de escribir- Te estoy preguntando todo esto porque creo que las misiones de investigación de las religiones locales en este planeta se han planteado mal. Quiero decir, aún en el caso de que existieran cultos o veneraciones, ¿acaso sus practicantes serían tan estúpidos como para mostrar abiertamente su existencia delante de un miembro de la Eclesiarquía o del Administratum? A poco que supieran sobre nosotros, bastaría nuestra aparición para que pusieran tierra de por medio. Y teniendo en cuenta que un séquito gubernamental o eclesiástico no es precisamente discreto, tendrían días de adelanto para hacer desaparecer cualquier prueba-.
-Cierto- contestó Mathias.- Pero por lo que tengo entendido, la misión de investigación y predicación que se está preparando no difiere en nada de las anteriores-.
-Con la idea que yo he tenido, sí- dijo Alara, levantando un dedo con gesto de suficiencia.- Como he mencionado antes, es imposible que nuestro séquito pase desapercibido. Cuando lleguemos a una población, los lugareños sabrán que venimos con horas o días de anticipación.. La clave será que un grupo de investigadores llegue días antes a cada localidad y se dedique a rondar por los bares y las tabernas, que es donde la gente suele reunirse para conversar. Si critican al séquito que se aproxima o hacen alguna mención a cultos que no sean imperiales, nos enteraremos. Para ello, por supuesto, será necesario que el grupo incluya a una Hermana Dialogante que conozca las lenguas y dialectos locales. La Superiora Lissandra ha sugerido que Octavia me acompañe en el grupo de investigación. ¿Qué te parece?-.
Mathias pensó unos instantes, como sopesando la idea.
-Me parece una gran ocurrencia, Alara, pero tiene un pequeño fallo: las Hermanas de Batalla presentáis un aspecto muy característico, incluso sin las servoarmaduras. Despertaréis las sospechas de quienes más os interesa que hablen-.
-Eso no será un problema- afirmó Alara.- Las Hermanas Dialogantes son expertas en subterfugios y disfraces. Con cabello postizo que oculte nuestros peinados reglamentarios, ropas civiles y maquillaje especial para cubrir cualquier tatuaje que esté demasiado a la vista, será fácil pasar desapercibidas. Bueno... a nosotras y al Legado Inquistorial que el Ordo Xenos nos envíe para acompañarnos, claro. Pero imagino que sea quien sea, tendrá más experiencia en pasar desapercibido que nosotras-.
Mathias se encogió de hombros.
-No estoy del todo seguro-.
-¿Por qué?- preguntó Alara con curiosidad.- ¿Es que sabes quién será?-.
-Pues, la verdad, sí.- Mathias hizo una breve pausa antes de continuar, esta vez con una sonrisa triunfal.- Lord Crisagon me ha nombrado Legado Inquisitorial. Yo seré quien os acompañe en vuestra investigación. Me ofrecí voluntario, y su Señoría aceptó mi solicitud-.
Por un instante, Alara se quedó sin respiración, como si la hubieran golpeado. Después, su rostro se llenó de horror.
-¡No!- exclamó.- ¿Te has vuelto loco? ¡No puedes estar hablando en serio!-.
La sonrisa se desvaneció del rostro de Mathias en el acto. Era obvio que no se esperaba aquella reacción por parte de Alara.
-Pero, ¿cuál es el problema?- preguntó, desconcertado.
“¿Es que no tiene ni idea? No, claro que no tiene ni idea”. Alara sintió que al horror comenzaba a sumarse la furia.
-¡Tú… tú no tienes ni la más remota idea de dónde te estás metiendo!- exclamó, levantándose de la silla.- ¿Tienes la más mínima noción del peligro que podrías correr si la mitad de lo que sospecho resulta cierto?-.
-¡Pues claro que sí! ¡Por eso precisamente me presenté voluntario!-.
-Mathias- siseó Alara. Su voz presagiaba tormenta.- Mathias Trandor, dime la verdad; ¿te habrías presentado voluntario para esta misión si yo no formara parte de ella?-.
Él vaciló durante un instante.
-Debo reconocer que… que cuando Lord Crisagon nos reunió y nos habló de la petición de tu Palatina, mi decisión fue más… pasional que racional. ¡Pero sí, lo hice por ti, Alara! ¡Para poder protegerte!-.
El rostro de Alara se llenó de ira.
-¿Protegerme?- gritó.- ¡Eres un necio! ¡Por el amor del Emperador, soy una Hermana de Batalla! ¡He pasado los diez últimos años entrenándome a diario para combatir a los enemigos de la Humanidad! ¡Soy letal en combate cuerpo a cuerpo con cuchillo, espada, martillo y mangual, con las armas láser, de proyectiles, la pistola y el rifle bólter! ¿Y dices que vas a protegerme a ? ¡No me hagas reír!-.
Mathias tensó los labios, herido en su orgullo.
-¡No soy tan inútil como pareces creer, Alara!- dijo con aspereza.- ¡Te recuerdo que fui entrenado en la Schola Progenium y trabajo para la Inquisición!-.
-¡Como erudito, no como guerrero! Dime, ¿cuál es tu experiencia en combate? ¿A cuánta gente has matado? ¿Serías capaz de ordenar la ejecución sumaria de un hereje, o de ordenar la tortura de un sospechoso?-.
Mathias vaciló por un instante, pero la resolución regresó a su rostro de inmediato.
-Soy capaz de más de lo que crees, Alara- dijo con amargura.- Y francamente, me siento muy decepcionado. Creí que te gustaría la idea de que participásemos en la investigación los dos juntos-.
Alara tuvo que contenerse para no agarrarlo por los hombros y sacudirle.
-¡Gustarme!- clamó, exasperada.- ¿Cómo va a gustarme la idea de que puedan matarte? ¿Es que crees que podría vivir sin ti?-.
Se dio cuenta de lo que había dicho un segundo después de que aquellas palabras salieran de su boca. Pero apenas le importó; no podía detenerse, no podía dejar de hablar.
-¿Tienes idea de lo que fue para mí que nos separaran? ¿Tienes idea de todas las noches que lloré pensando en ti, de todas las veces que recé al Dios Emperador suplicándole que me permitiera volver a verte? ¡Ahora por fin te he encontrado, y te pones en peligro voluntariamente por mi culpa! ¡No puedo permitirlo, Mathias! ¡No puedo volver a perderte!-.
Mathias la miró fijamente, inmóvil, sin hablar. Su expresión de decepción y disgusto se había esfumado de repente. Un instante más tarde, se recuperó de aquella súbita parálisis y extendió la mano hacia Alara, rozándole la mejilla.
-¿Y crees que yo podría volver a perderte a ti?- preguntó en un susurro.- ¿Crees que no me siento igual que tú? Voy a ir contigo, Alara, y nada me hará cambiar de opinión-.
Alara tragó saliva, lanzando un hondo suspiro tembloroso para intentar sosegar los latidos frenéticos de su corazón.
-Entonces, te juro por el Dios Emperador que haré todo lo que esté en mi mano para protegerte. Te mantendré sano y salvo, aunque me cueste la vida-.
-¡No!- exclamó él, angustiado. Sus manos acariciaron el rostro de Alara, frenéticas.- No puedo aceptar esa promesa, ¡no puedo! ¡No quiero que te arriesgues por mí! ¡No quiero que mueras por mí! Alara… ¡Alara, te amo!-.
Impulsivamente, la estrechó entre sus brazos y la besó en la boca.
Durante varios segundos, Alara fue incapaz de moverse o pensar. Entonces, algo semejante a un sol cálido y brillante ardió al rojo blanco en su pecho. Poco a poco, aquel calor se fundió, se derramó por todo su ser llenándola de un sentimiento que reveló la verdad más profunda de su alma, enterrada hasta entonces en lo más hondo de su ser.
-Yo también te amo- musitó.- Siempre te he amado, incluso antes de tener edad para comprender siquiera lo que era el amor. Hasta donde alcanza mi memoria, Mathias Trandor, yo te amo-.
Mathias sonrió. Fue una sonrisa dulce y tierna, que le iluminó el rostro por completo.
-También yo te he amado siempre, durante toda mi vida- le confesó, inclinando su rostro sobre el de ella. Volvió a besarla de nuevo, estrechándola contra sí. En aquella ocasión Alara sintió que la lengua de Mathias buscaba la suya y le respondió por puro instinto, dejándose llevar. Sin embargo, cuando las manos de él se deslizaron sobre sus pechos, ella se apartó.
-No- jadeó.- Espera…
Mathias la soltó de inmediato, avergonzado.
-Lo… lo siento- balbuceó.- Supongo que no… no es apropiado que yo… Me he dejado llevar, y…
-No se trata de eso- le interrumpió Alara en un susurro. El corazón le latía a toda velocidad y la emoción que le brincaba en el pecho era tan intensa que la ahogaba, pero necesitaba recuperar el control de sí misma; necesitaba decirle lo que le iba a decir.- Mathias, ¿has… has pensando seriamente dónde te estás metiendo?-.
Él esbozó una media sonrisa.
-Tengo una ligera idea. Dijiste que no hacíais voto de castidad-.
Alara sintió que una punzada de pesadumbre empañaba su exaltación.
-Aunque no haya hecho voto de castidad, he hecho otros votos- dijo.- Ahora ya no soy sólo Alara Farlane, también soy una Hermana Militante. He consagrado mi vida a luchar en una cruzada eterna, y he jurado exterminar a cualquier enemigo del Dios Emperador, sin importar quién sea. Si alguna vez tu devoción flaqueara y te vieras tentado por la herejía... supondría la muerte de los dos. La tuya y la mía-.
El rostro de Mathias se tiñó de una serieda funérea.
-¿Qué quieres decir?-.
Ella respiró hondo.
-¿Sabes lo que es una Arrepentida?-.
Mathias tragó saliva.
-No estoy del todo seguro. Sé que es una tropa del Sororitas, pero no mucho más...
-Las Hermanas Arrepentidas son penitentes que buscan la muerte en combate- le dijo Alara. No era algo de lo que se hablara a la ligera con gente que no pertenecía al Adepta Sororitas, pero a él tenía que decírselo.- El Juramento del Penitente puede hacerse por dos motivos: el primero es purgar un pecado o una falta propia; lo hacen aquellas que sienten que han fallado gravemente a su compromiso con el Dios Emperador. El segundo es expiar la culpa de un ser querido; aceptar la máxima penitencia por él, a cambio de salvar su alma. Si tú… cayeras de alguna manera, y yo cumpliera con mi deber, haría los votos como Arrepentida de inmediato para expiar tu pecado con mi sacrificio y salvar tu alma de la condenación. Pero si no fuera capaz de hacerlo, si no pudiera alzar la mano contra ti, habría traicionado gravemente mi juramento al Dios Emperador, y también tendría que convertirme en Arrepentida. Las Hermanas Arrepentidas van sin blindaje alguno a la batalla y luchan cuerpo a cuerpo. La única forma de redención posible para ellas es la muerte-.
Cuando Alara acabó de hablar, sólo hubo silencio. Bajó la mirada y entrelazó las manos, sintiéndose cada vez más triste.
-Si cambias de opinión, lo entenderé… -empezó a decir, pero en ese momento Mathias tomó sus manos entrelazadas entre las suyas. Alara alzó la vista y se encontró con sus ojos claros, azules y brillantes como los lagos de Tarion.
-¿Es eso lo que te preocupa?- preguntó él con suavidad.- Alara, te juro por el Trono Dorado que siempre me mantendré puro de pensamiento, de palabra y de obra. Nunca haré que te avergüences de mí. Y nunca, jamás, te haré elegir entre tu deber y nuestro amor. Lo prometo-.
Y a pesar de que hacía dos décadas que no se veían, a pesar de que pocos días atrás se había advertido a sí misma que aunque hubiera conocido al Mathias niño apenas conocía al hombre, a pesar de que confiar en él suponía poner su vida en sus manos, Alara le creyó. Un peso enorme se aligeró de su pecho, aunque aún quedaba otro menor.
-Me hace muy feliz oírte decir eso. Pero a pesar de todo, tal vez te merezcas a alguien mejor que yo- al ver la cara de confusión que ponía Mathias, se apresuró a aclarar lo que quería decir.- No podré casarme jamás. No podré tener mi propia casa, ni engendrar hijos. Pero tú sí que puedes. Y no… no es justo que te prives de todo eso por mi culpa. Vivo en un convento sometido a una disciplina militar y a unas reglas estrictas; sólo tengo dos horas libres al día. Tú mereces a alguien que sea libre para entregarse a ti por completo y formar una familia…
-No- la interrumpió Mathias abruptamente.- Basta, Alara, acaba con esto de una vez. ¿Eso es todo lo que tienes que decirme? Pues bien, escúchame tú a mí. No quiero una familia si no puedo tenerla contigo. No quiero una casa si tú no vives en ella. Y no quiero hijos si tú no vas a ser su madre. Te quiero a ti, sólo a ti. He tardado veinte años en encontrarte y no pienso volver a dejarte marchar. Nunca jamás, ¿me oyes?-.
Alara sintió que su respiración se entrecortaba, a punto de claudicar. Estaba sumida en una sensación nebulosa, como todo aquello fuera un dulce sueño y no la realidad. Parecía demasiado hermoso para ser real. En el mundo que Alara conocía, la realidad rara vez era hermosa.
-Podrían volver a separarnos- dijo con voz débil.- Podrían destinar a mi compañía a otra ciudad de Vermix, o a otro planeta. Lord Crisagon podría decidir que ya ha terminado con su trabajo aquí y llevarte lejos…
-¡No!- exclamó Mathias, agarrándola por los hombros.- ¡No, no te volverán a separar de mí! ¡Otra vez no! ¡Encontraremos la manera de permanecer juntos, te lo juro!-.
La estrechó con todas sus fuerzas contra sí, hundiéndole las manos en el cabello, besándola frenéticamente. Alara se rindió a él, sin fortaleza para resistirse ni deseo alguno de hacerlo. Sus manos aferraron la túnica de él mientras su boca se abría para recibirle. Jamás habría imaginado que la sensación de besar a un hombre sería tan intensa, tan poderosa.
“No a un hombre. A él. Me siento así porque le estoy besando a él”.
Las manos de Mathias le acariciaron la nuca, le recorrieron la espalda, y volvieron a subir hasta sus pechos. En esa ocasión Alara no se apartó. No sabía qué iba a ocurrir, pero fuera lo que fuese, deseaba que ocurriera. Llevaba demasiado tiempo anhelando ese momento, demasiado como para esperar un solo instante más. Al ver que ella no rehuía su contacto, las caricias de él se hicieron más atrevidas y sus besos más profundos. Ella cerró los ojos y se dejó llevar. No sabía qué hacer, no podía hacer nada aparte de deslizar las manos por su cabello color arena y corresponder a sus besos, pero por fortuna Mathias sí parecía saber lo que estaba haciendo. Primero le quitó el corsé, y luego la túnica blanca de su hábito. Poco a poco, todas las prendas de vestir de Alara cayeron al suelo.
“Estamos en la sala de reuniones del laboratorio, esto es una locura, ¿qué pasará si entra alguien?” se preguntó Alara.
Aquel fue el último pensamiento coherente que su cerebro fue capaz de procesar.