A fe y fuego

A fe y fuego

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Capítulo 23



A.D .844M40. Gemdall (Vermix), Sistema Cadwen, Sector Sardan, Segmento Tempestuoso.


Mathias se siente disgustado y furioso cuando baja a cenar. Aún no entiende muy bien por qué Alara y él han tenido esa estúpida discusión en Shantuor Ledeesme. Cuanto más lo piensa, más absurdo le parece.
"¿Qué pretende, que le retire la palabra a Phoebe y a cualquier otra chica que se me acerque? Si quiere estar conmigo, tiene que aprender a confiar en mí".
Cuando llega al vestíbulo del hotel, los demás ya están esperando. Lo miran con extrañeza al ver que baja solo.
-¿Y Alara?- pregunta Octavia.
-Está en la habitación- responde Mathias con voz seca.- No ha querido bajar a cenar-.
El ceño de Valeria se frunce de un modo casi imperceptible.
-¿Por qué? ¿Le duele el estómago? Será mejor que suba para ver si se encuentra bien; id pidiendo la cena, que ya llegaré yo-.
Antes de que Mathias pueda replicar, Valeria desaparece en dirección a los ascensores. De todos modos, decide dejarla marchar sin decir nada; no tiene ningunas ganas de explicar lo que realmente le pasa a Alara. Y a juzgar por el hosco mutismo que ha tenido que soportar durante todo el viaje, tampoco cree que ella se muestre muy habladora.
Entran en el salón comedor y encargan la sopa y el pescado. Los platos llegan y Valeria se retrasa; ya están terminando el primer plato cuando la Hospitalaria entra en el salón comedor y se sienta con sus compañeros.
-¿No ha querido bajar?- pregunta Octavia, preocupada.- ¿Qué le ocurre?-.
Valeria se lleva una cucharada de sopa a la boca.
-No está enferma- dice después de tragar.- No te preocupes-.
-¿Entonces sólo se ha quedado ahí porque sigue enfadada? Vaya, me quitas un peso de encima-.
Octavia se pone a comer con más animación y termina el plato. Mikael sigue comiendo en silencio, como si el tema no fuese con él. Mathias mira de reojo a Valeria y se da cuenta de que su amiga le devuelve una mirada llena de seriedad.
"¿Qué le habrá contado Alara?", se pregunta Mathias. Tiene la intuición de que no va a gustarle la respuesta. Tampoco le ha gustado la tranquilidad con que ha hablado Octavia... como si no le extrañase el enfado de Alara porque ya conoce el motivo.
Terminan de cenar en silencio. Cuando se levantan y van a regresar a sus habitaciones, Valeria retiene a Mathias.
-Mathias, tienes que hablar con Alara-.
Él echa un vistazo nervioso en rededor. Mikael ya se ha ido al vestíbulo y el restaurante está casi vacío. Octavia espera junto a la puerta observándolos con una mirada interrogante. No tiene más remedio que confrontar a Valeria.
-¿Qué te ha contado?- pregunta de mala gana.
-¿Qué crees que me ha contado?- pregunta Valeria a su vez.
Mathias empieza a ponerse nervioso.
-Creía que aquí el inq... vestigador era yo- sisea en voz baja.
Valeria no sonríe.
-En serio, Mathias, ¿qué crees que me ha contado?-.
El joven se encoge de hombros con fastidio.
-Supongo que se habrá dedicado a ponerme verde. Está muy enfadada conmigo-.
-Pues te equivocas de medio a medio. En ambas cosas-.
La respuesta deja a Mathias completamente desconcertado.
"Joder, si las mujeres ya son de por sí difíciles de entender, las Sororitas ni te cuento".
-No lo entiendo. ¿Ahora qué le pasa?-.
-Le pasa que tiene miedo de perderte. Creo que en el fondo siempre lo ha tenido, pero se manifestó de pleno cuando apareció la Adepta Aberlindt-.
 Mathias lanza un gemido de exasperación.
-¡Joder! No sé cómo explicárselo, de verdad que ya no sé cómo hacerlo. ¡Nunca me he acostado con Phoebe, y no es mi ex novia! Alara se está comportando como una celosa irracional. ¿Qué tengo que hacer para que me crea? ¿Va a odiar a todas las mujeres que sean mis amigas?-.
-No has entendido nada- dice Valeria, meneando la cabeza.- No entiendes nada acerca de ella, ¿verdad? No tienes ni idea de cómo ha vivido, de cómo se siente. Ella te cree; no se trata de eso-.
-Entonces, ¿de qué se trata?-.
-Para empezar, Alara no odia a todas tus amigas. Octavia y yo también lo somos, y nunca ha tenido ningún problema al respecto. No se trata de que pretenda tenerte en exclusividad. Alara ha vivido desde los dieciséis años en un convento de clausura, igual que nosotras, pero nosotras hemos tenido más contacto social del que ella ha tenido jamás, por ser una Militante. Para los estándares imperiales es una inepta social, pero eso no significa que sea estúpida. Tiene ojos en la cara e intuye bastante bien cómo funciona el mundo. Ha visto a Phoebe Aberlindt y se ha visto a sí misma, y es consciente de que, como mujer, ella sale perdiendo.
Mathias se siente más confuso que nunca.
-¿De qué diantre estás hablando, Valeria? ¿Qué quieres decir con eso de que sale perdiendo como mujer?-.
Valeria lo mira como una maestra impaciente miraría a un niño pequeño que no comprende la lección.
-Phoebe Aberlindt es guapa, es femenina, es una erudita inteligente y tiene la libertad de vivir donde quiera y formar una familia si le place. Alara tiene suficiente músculo en el cuerpo para descoyuntar a un grox de una patada, no tiene la menor idea de sutilezas femeninas y es una monja guerrera atada a una docena de votos a cual más exigente, entre ellos la obediencia y el celibato. Dime, Mathias, ¿a cuál de las dos crees que escogería un hombre normal?-.
-Pues... eh... hombre, si lo dices así... -la pregunta lo ha cogido desprevenido.- ¡Pero yo no soy un hombre normal! Yo quiero a Alara, ¡llevaba toda mi vida pensando en ella!-.
-Cierto- conviene Valeria.- Y ahora la has encontrado. Pero la Alara que tienes junto a ti, ¿acaso se parece a la que tenías en la imaginación?-.
-Supongo que no... en el sentido de que no esperaba que fuera una Hermana del Adepta Sororitas. De hecho, rogaba por que no lo fuera, ya que hasta hace poco creía que también hacíais voto de castidad. Y claro que su situación personal no me parece la más propicia del mundo. ¡Pero no me importa! Yo la quiero tal y como es; me da igual que sea una hermana de batalla. Es verdad que eso hace las cosas más difíciles, pero no la cambiaría ni por mil eruditas-.
Valeria esboza una sonrisa.
-Lo suponía. Pero ella sufre por ello. Teme que la situación sea demasiado complicada para ti y acabes buscando una opción más fácil. Alguien que te permita formar una familia-.
-¿Y ella... ella cree que Phoebe sería...?- Mathias mira a Valeria con incredulidad.- ¡Eso es una tontería! Phoebe es encantadora, pero nunca la he visto como una posible pareja. Y ahora que estoy con Alara, todavía menos. De hecho, me ha fastidiado muchísimo que Alara y ella hayan empezado con mal pie. Tenía la esperanza de que se hicieran amigas-.
-Pues no has escogido un buen modo de conseguirlo- dice Valeria, mordaz.- ¿Tú qué harías si tuvieras novia y tu primer contacto con un amigo suyo fuera ver cómo corre hacia ella y la toma entre sus brazos?-.
-Pero si yo no... -Mathias se sonroja ligeramente.- Yo no tuve nada que ver con eso. Phoebe es muy efusiva y se alegró de verme; ¿que querías que hiciera? ¿Quitármela de encima?-.
-Eso es lo de menos, Mathias. Lo que estoy intentando es que entiendas cómo se siente Alara. Está confundida y se siente muy desdichada; la mitad de lo que te he contado no lo comprendía ni ella misma hasta que hemos hablado. No se trata de que tenga celos irracionales o sea una persona controladora; lo único que le pasa es que tiene miedo de perderte-.
Mathias siente un ramalazo de tristeza. Su enfado se ha ido evaporado a medida que escuchaba las palabras de Valeria.
-No quiero que sufra. No quiero que sea infeliz. Y no quiero a ninguna otra mujer. Se lo habría dicho si hubiera hablado conmigo en lugar de cerrarse como una ostra-.
Valeria suspira.
-Aún suponiendo que Alara hubiera entendido lo que le estaba pasando, por la espada de Santa Mina que habría preferido reventar antes de contártelo. No habría soportado mostrar ante ti lo que ella considera debilidad-.
-Entiendo- dice él en voz baja.
-¡Eh!- les llama Octavia desde la puerta del restaurante.- ¡Mikael dice que Alara ya viene!-.
-Vámonos- ordena Valeria.- Es mejor que no sospeche que hemos estado hablando. Ya aclararéis las cosas más tarde-.



A.D .844M40. Gemdall (Vermix), Sistema Cadwen, Sector Sardan, Segmento Tempestuoso.


Pasaban dos horas de la medianoche cuando Alara y sus compañeros regresaron al hotel Solaris. Tras recabar la información que necesitaba, Octavia consiguió librarse de los coqueteos de Reen gracias a la intervención de Mikael, que se presentó junto a la mesa fingiendo ser la pareja de Octavia. Reen pareció bastante decepcionado, aunque Octavia se las arregló para quedar bien con él gracias a sus habilidades sociales de hermana Dialogante. Antes de que se marcharan, Reen les escribió en un papel la dirección de Elsa Brümmer y se excusó sinceramente por no poder acompañarles, ya que trabajaba a turnos en una empresa de distribución de mercancía y no tenía tiempo para ir a visitar a su abuela, que vivía casi a una hora de distancia en coche de Gemdall.
-No os preocupéis- les dijo.- Le daré un toque por el vocofonador para avisarle de que iréis-.
Caía una llovizna fina y persistente cuando el taxi que habían tomado junto al Volinkas los dejó junto al hotel. Tras desearse buenas noches, cada cual se dirigió a su habitación. Apenas hubieron cerrado la puerta a sus espaldas, Mathias cogió a Alara de la mano.
-Alara, por favor, ¿podemos hablar? No quiero que sigamos enfadados-.
Alara le miró. Tras la cena de la que ella había estado ausente, el enojo se Mathias se había evaporado. Se preguntó si acaso Valeria había hablado con él después de visitarla a ella, aunque no le parecía probable; tendría que haberlo hecho durante la cena, delante de los demás, y Alara no la creía tan indiscreta.
-Ya no estoy enfadada- dijo.
Mathias no parecía muy convencido.
-Alara, escúchame, yo sólo te quiero a ti. No hay nadie en el mundo que...
-No quiero hablar del tema- le cortó Alara.
Mathias pareció herido, y ella se entristeció. No había pretendido ser brusca con él, pero conversar acerca de Phoebe Aberlindt se le antojaba incómodo y desagradable. Era un tema que no tenía la menor intención de volver a tratar. Al fin y al cabo, ¿cuándo la volverían a ver? Sin duda, no hasta que la misión finalizara, ya que la joven se había quedado investigando Shantuor Ledeesme con el Interrogador Kyrion. Y, de todos modos, Valeria tenía razón. Después de orar, Alara lo había visto muy claro. Se sometería a la voluntad y a los designios del Emperador, como siempre había hecho. Él la había reunido con Mathias, y Él seguiría siendo que les marcara el camino. Ninguna erudita pretenciosa y remilgada con aspecto de florecilla iba a cambiar eso.
-Perdona- dijo.- No quería ser descortés. Es sólo que, de verdad, no quiero hablar del tema. ¿No podemos dejarlo estar?-.
-Sólo quiero dejarte claros mis sentimientos- insistió él.- Yo nunca...
Al ver que él seguía hablando, Alara decidió acabar la conversación de la forma más efectiva que se le ocurrió: agarró a Mathias por la nunca y le dio un beso profundo y apasionado.
-Vaya- dijo él con una sonrisa nerviosa cuando se separaron.- Me alegro de ver que en verdad ya no estás enfadada...
Alara volvió a besarle, lo arrojó de un empujón sobre la cama y comenzó a quitarle la ropa a toda velocidad mientras le recorría el cuello con la lengua. Mathias se rindió a ella de buena gana. A juzgar por el gemido de anhelo y avidez que emergió de su garganta cuando ella se quitó la blusa, tampoco tenía ya ningunas ganas de hablar acerca de Phoebe Aberlindt.



Al día siguiente, a media mañana, partieron hacia Romwall. Alara no había dormido mucho aquella noche, pero no acusaba la falta de sueño. Se sentía pletórica, llena de nuevo de energía y confianza en sí misma. Mathias, que tampoco había dormido demasiado, cruzaba con ella miradas cómplices y le sonreía.
A pesar de las indicaciones de Reen, el viaje se prolongó más de la cuenta, ya que comenzó a llover con fuerza poco después de que salieran a la autovía. Los rayos restallaban en el horizonte como disparos de un rifle láser. Valeria lanzó un resoplido.
-¿Es que nunca deja de llover en este planeta?- se quejó.
-Es el monzón- dijo Mathias.- Yo también me sorprendí el primer año, pero al final te acostumbras. Cuando llegue la estación seca, estaréis tan acostumbradas a la lluvia que la echaréis de menos-.
-¡Eso nunca!- exclamaron Valeria y Alara a la vez.
Mikael y Mathias se rieron.
Para llegar a Romwall tuvieron que desviarse por una carretera sinuosa que ascendía hacia las alturas. Mientras circulaban junto a un páramo rocoso, Mathias se mostró satisfecho.
-Mientras más alto subamos, menos posibilidades de encontrar dinovermos- dijo.- He mirado el mapa y el río Ingwald pasa a unos cinco kilómetros del pueblo. Mientras no nos acerquemos a las proximidades de la orilla, no deberíamos tener problemas-.
Alara recordó a los gigantescos y repugnantes monstruos que custodiaban el lago subterráneo de Shantuor Ledeesme. No tenía ninguna ganas de encontrarse uno de ellos cara a cara, al menos mientras no llevara puesta la servoarmadura. Ella y todos los demás iban disfrazados con las ropas de "niño bien de Collegia Imperialis", como las había llamado Mikael. No llevaban armas, a excepción de las pistolas de proyectiles que tenían ocultas en los bolsillos interiores de las gabardinas. No podían llevar sus armas bólter, que los habrían delatado de inmediato como agentes imperiales, y las pistolas láser eran poco eficientes bajo la lluvia, ya que las gotas de agua interferían con el rayo y le restaban potencia y capacidad de penetración. De todos modos, era muy poco probable que tuvieran que utilizarlas durante aquella misión.
Romwall era un pueblo pequeño, de unos veinte mil habitantes. Estaba amurallado y la mayor parte de sus casas eran sencillas construcciones de ladrillo encalado propias de un mundo colonial. Riachuelos de agua de lluvia corrían por el rococemento que asfaltaba las calles. Muchas viviendas tenían patios vallados donde florecían las huertas, y un paraje rocoso salpicado de arbustos rodeaba el pueblo desde todas direcciones convirtiéndolo en la única pequeña isla de civilización que había en muchos kilómetros a la redonda. En los prados adyacentes pastaban rebaños de grox. Mathias condujo a través de la avenida principal y se detuvo una vez para preguntar a un lugareño por la calle donde vivía Elsa Brümmer. Encontró un hueco libre cerca de la plaza del Emperador y aparcó.
-Ya está- dijo.- Los Brümmer viven a un par de calles de aquí. Como es la hora de comer y no querría pillarles en la mesa, sugiero que comamos algo y vayamos a verles después. Podríamos llevarles unos pastelillos para la hora del recafeinado-.
-Claro- gruñó Alara.- Es justo lo que hay que hacer con los herejes: llevarles pastelillos-.
-No sabemos si son herejes- la previno Mathias.- Todo lo que sabemos de Elsa Brümmer es que conoce antiguas leyendas vermixianas-.
-Que desde luego no habrá aprendido en la iglesia local, ya que esas leyendas fueron proscritas hace siglos por la Eclesiarquía- replicó Alara.
-Sea como sea, no podemos mostrarnos hostiles- insistió Mathias con seriedad.- Se supone que somos estudiantes de antropología, no agentes der la Inquisición. Sea lo que sea Elsa Brümmer, no podemos dar pie a que sospeche de nosotros, de manera que disimulad-.
-No te preocupes, sé lo que tengo que hacer. Únicamente, me da rabia que tengamos que ser simpáticos con unos ciudadanos potencialmente heréticos-.
-Si descubrimos algo turbio, nos ocuparemos de ellos en su debido momento- dijo Mathias, apagando el motor.- Y ahora, silencio; tenemos que buscar un sitio donde almorzar-.
No tuvieron que buscar mucho. Apenas salieron del coche, vieron un restaurante situado al otro extremo de la plaza, justo en frente del Ayuntamiento, cuyo aspecto era inconfundible: aparte de las pocas iglesias que habían visto, se trataba del único edificio de arquitectura gótica en todo el pueblo. En la portada, grabada en piedra, había un águila imperial. El restaurante se llamada "El nido del águila" y ocupaba toda la planta baja de un edificio encalado en blanco exactamente igual a todos los demás. La mayoría de las mesas estaban llenas, pero aún quedaban algunas libres. Se sentaron, pidieron el menú el día, y mientras una joven camarera iba a buscar las bebidas, Alara se entretuvo en mirar por la ventana. Pronto la sobresaltó algo que rompió la idílica tranquilidad de la plaza de Emperador: un pequeño convoy de vehículos militares que llegó de repente por la carretera principal, levantando polvo del camino, y aparcó de manera descuidada junto a la rotonda floreada. Mathias se giró al ver que Mikael se ponía tenso y miraba hacia el mismo sitio que Alara.
-¿Sucede algo?- preguntó.
-Creo que no- dijo Alara, que no perdía ojo.- Parecen soldados de la Milicia Planetaria-.
De los vehículos comenzaron a bajar soldados con el uniforme de las FDP. Todos ellos eran fornidos, de piel curtida y cabellos oscuros y crespos.
-Montanos- observó Mikael.- La Milicia siempre destina a los montanos en territorio paliano, y al revés-.
Los soldados se dirigieron a “El Nido de Águila”, entraron en el local y su oficial se acercó a la camarera que acababa de dejar las bebidas en la mesa de Alara.
-Mesas para veinte- dijo.
-Lo siento, pero estamos llenos- dijo la joven, haciendo un gesto con la mano a su alrededor.- Sólo nos quedan dos mesas libres; no hay sitio para veinte personas-.
El oficial frunció el ceño.
-Somos soldados de la Milicia Planetaria y queremos una mesa. A los de este lado me los echas- dijo, señalando tres mesas situadas al fondo del local- y nos preparas la mesa-.
-¡No puedo hacer eso!- protestó la camarera.- ¡Son clientes y están comiendo!-.
El oficial le lanzó una mirada de irritación y levantó el brazo, como si fuera a golpear a la chica, pero en ese momento un hombre mayor salió de la cocina.
-Soy el dueño, ¿qué está pasando aquí?-.
-Milicia Planetaria. Dile a esta zorra que nos ponga las mesas ahora mismo si quieres seguir teniendo entero el local, viejo-.
El dueño apretó los labios en una mueca de disgusto, pero los soldados que se agrupaban en torno a su oficial tenían su misma mueca de desprecio, y muchos tenían la mano cerca del arma, como si se murieran de ganas de usarla. El hombre miró a sus comensales.
-Lamento pedirles que se vayan, pero necesitamos las mesas. Por favor, levántense. Invita la casa-.
No debía ser la primera vez que sucedía algo así, porque los clientes mostraron desagrado pero no sorpresa. Apuraron a toda prisa un par de bocados, se levantaron y se marcharon. La camarera empezó a recoger las mesas en silencio, con los ojos de los veinte milicianos clavados en su espalda. Alara sintió una punzada de indignación.
-Pero, ¿cómo se atreven?- siseó- Mathias, tenemos que hacer algo-.
El joven negó con la cabeza, aunque también miraba la escena con disgusto.
-No podemos hacer nada- susurró.
Alara resopló. Bastaría sólo con que Mathias se levantara y esgrimiera su sello de Legado Inquisitorial para que el oficial de las FDP y su banda de matones se cagaran encima, pero aquello arruinaría por completo la misión. Mathias tenía razón; no podían hacer nada.
La camarera desapareció hacia la cocina con la bandeja llena y volvió a seguir recogiendo. Uno de los soldados le tocó el trasero cuando se inclinó para apilar unos platos medio vacíos. La chica dio un respingo, pero no se atrevió a protestar. Envalentonado, otro de los soldados volvió a tocarla cuando se giró de vuelta a la cocina. La camarera trató de no reaccionar, pero Alara se dio cuenta de que se había puesto pálida. Los comensales que quedaban en el restaurante se habían quedado en silencio. La mayoría miraba fijamente el contenido de sus platos; un par de familias dejaron apresuradamente un puñado de monedas en la mesa y se marcharon.
“Nadie ayudará a la chica si esos veinte tíos se le echan encima”, comprendió Alara.
Llamó la atención de Mathias con un golpecito en la pierna, y cuando éste se giró, señaló con el dedo su vocofonador y a continuación hizo un gesto disimulado hacia el Ayuntamiento. El joven asintió sin decir palabra. Alara, manteniendo las manos bajo la mesa, marcó el código del vocofonador de Mathias y llamó.
El sonido del aparato retumbó en el restaurante como un trueno. Los milicianos se giraron hacia la mesa de Alara poniendo mala cara. Mathias hizo un gesto de disculpa con la mano, se levantó y salió por la puerta, como si fuera a contestar la llamada en el exterior.
-Bueno, chicos- dijo de pronto Octavia, esbozando una sonrisa cómplice- como os estaba diciendo antes, ayer terminé de leer el monográfico nuevo sobre folclore vermixiano, y creo que no contiene ni la mitad de lo que vamos a recopilar-.
Hablaba con un exagerado acento de niña rica de capital, que en sus labios casi resultaba cómico. Alara se sintió desconcertada durante un segundo, hasta que comprendió lo que su amiga pretendía: con aquella conversación mostrarían a los milicianos que no eran palianos sino estudiantes acomodados de Prelux Magna, y por lo tanto no eran objetivo para sus abusos y tampoco les tenían miedo. Aún así, la mitad de los montanos los miró con desprecio. La otra mitad apenas reparó en ellos; estaba demasiado centrado en la joven camarera.
A una orden del oficial, los soldados se sentaron y pidieron la comida. La chica tomó nota y se giró para marcharse, cuando el miliciano que tenía al lado le tocó la pierna. Ella dio otro respingo y desapareció a paso ligero hacia la cocina. Los soldados se rieron. El oficial no dijo nada.
“Un oficial debería mantener la disciplina de la tropa”, pensó Alara, furiosa.
La camarera volvió a salir al cabo de un par de minutos con las bebidas de los soldados. Mientras las dejaba en la mesa, el hombre de antes volvió a tocarle la pierna, deslizando la mano por su muslo. La chica se apartó con brusquedad.
-¡Quítame las manos de encima de una vez!- exclamó.
Los soldados prorrumpieron en carcajadas y sonidos burlones. El que había tocado a la chica la agarró del brazo con brusquedad.
-A mí no me vaciles, perra paliana- gruñó.- ¿Sabes la que te puede caer si desafías a un soldado de la Milicia Planetaria!-.
La joven volvió a palidecer y se retorció.
-¡Que me sueltes, joder! ¡Déjame en paz!-.
El soldado lanzó una risa despectiva.
-Que la suelte, dice- se levantó, la atrajo hacia sí y comenzó a sobarle el pecho. La camarera comenzó a gritar.
-¡Basta!- exclamó Alara, levantándose por impulso antes de que el sentido común la detuviera.- ¡Soltadla!-.
Su voz era tan fría y autoritaria que el soldado se detuvo de inmediato. Todo el restaurante se volvió a mirarla.
-Cállese y siéntese- le ordenó el oficial con frialdad.
-Pues póngale la correa a sus perros- le espetó Alara sin amilanarse.- ¡Si es usted el oficial, actúe como tal y mantenga el orden!-.
El miliciano se puso de pie y tiró al suelo su vaso de cristal de un manotazo, fulminando a Alara con una mirada cargada de ira. Alara, envalentonada por la furia justiciera que comenzaba a hervir en su sangre, dio un paso adelante, ignorando el débil intento de Octavia por retenerla. Mikael también se puso en pie. Sólo el Emperador sabe qué habría ocurrido en ese momento si la puerta no llega a abrirse para dejar entrar a tres patrullas de la Policía Planetaria: aquellos a los que Mathias había ido a buscar al Ayuntamiento siguiendo las sutiles indicaciones de Alara.
-¿Qué está pasando aquí?- preguntó el sargento de la Policía, mirando a los milicianos.
La camarera sollozaba rodeándose los hombros con los brazos. El oficial vaciló. Una cosa era propasarse con una pueblerina paliana y darle un par de bofetones a unos niñatos de ciudad con ínfulas de grandeza, y otra muy distinta enfrentarse a la Policía. Aquello podría desmadrarse más de la cuenta. Hizo un gesto a los soldados.
-Estábamos quejándonos de la comida de mierda que dan en este lugar- dijo.- Vamos, muchachos, levantaos. Vamos a buscar un sitio más decente donde no nos estafen-.
Varios soldados tiraron al suelo sus bebidas al levantarse, fingiendo que lo habían hecho por accidente. Cruzando una mirada de desprecio con los policías, los milicianos abandonaron el local a grandes zancadas.
-¿Se encuentran bien, señoritas?- inquirió el sargento.
La camarera asintió y se limpió las lágrimas, sin dejar de sollozar. Alara asintió con la cabeza.
-Por fortuna, nuestro amigo los ha traído deprisa- dijo- No sé qué hubiera pasado si llego a tener que vérmelas con ellos-.
-Le aconsejo que no lo intente, señorita- dijo el policía, mirándola con el ceño fruncido.- No sé qué podría hacer usted contra veinte soldados de la Milicia Planetaria-.
Alara casi tuvo que morderse la lengua para no contestar.
-Han… han roto los vasos- lloró la camarera.- Y han tirado la bebida…
Los policías menearon la cabeza, apesadumbrados.
El dueño salió de la cocina y rodeó a la camarera con el brazo.
-¿Estás bien, Berit?- preguntó, preocupado.- No te preocupes por los vasos y ve a beber un poco de agua fría, te hará bien-.
-Puede poner una denuncia si quiere- dijo el sargento.
-No serviría de mucho. No nos harían caso. No es la primera vez que se propasan y nadie ha hecho nunca nada-.
Alara se volvió a sentar. Los policías permanecieron allí hasta que los vehículos de la Milicia Planetaria dejaron la plaza con un chirrido de neumáticos y desaparecieron por donde habían llegado. Poco después, Mathias salió de Ayuntamiento y regresó al restaurante.
-¿Todo bien?- preguntó.
Uno de los policías asintió.
-Gracias por avisarnos, señor-.
-Es lo menos que podía hacer- dijo Mathias, que también forzaba al máximo su acento para parecer nativo de Prelux Magna.- Esto es una vergüenza; en la capital no pasan estas cosas-.
-¡Ay, señor, en las zonas rurales las cosas son diferentes!- se lamentó el dueño del local.- ¡Ustedes no tienen ni idea, pero este tipo de abusos ocurren a menudo! Los montanos son unos brutos y unos salvajes, y a todos los mandan a la Milicia Planetaria de estas tierras porque saben que no nos tienen ningún aprecio a los palianos-.
-Creo que nuestra presencia aquí ya no es necesaria- intervino el sargento de la Policía.- Dejaré una patrulla vigilando la plaza para que no haya sorpresas. Que tengan buenos días-.
Cuando los policías se hubieron marchado, el dueño del restaurante se acercó a la mesa de Alara, donde Mathias se acababa de sentar de nuevo, y lanzó a todos una gran sonrisa.
-Muchas gracias por su ayuda, señores. Lamento mucho el incidente. ¿Qué quieren comer? Invita la casa-.
-No, por favor- dijo Mathias amablemente.- Pagaremos como todo el mundo-.
-¡No, no, de ninguna manera! Los invitaremos con mucho gusto. No sólo han salvado a la pobre Berit, sino que han hecho un gran favor a mi negocio. Esos bastardos montanos son todos iguales, comen hasta que se hartan y luego se niegan a pagar. Pero, ¿sabe qué hacen? Le pasan la papeleta de gastos de alimentación al Administratum de todas maneras. Así, comen gratis, nos arruinan el negocio y encima cobran. Lo sé de buena tinta; me lo ha contado un sobrino mío que está enrolado en la Milicia allá por Borsian-.
Alara se abstuvo de preguntarle al hombre cómo había averiguado tal cosa su sobrino. ¿Se tratarían de rumores cuartelarios, o es que los milicianos palianos trataban igual de mal a los montanos en su territorio? Fuera como fuese, anotó mentalmente que tenía que hablar con el Auditor Hoffman sobre el tema. Al Administratum le interesaría mucho saber que la Milicia Planetaria estaba estafando dinero público a costa de abusar de los pueblerinos vermixianos.
La comida fue magnífica, y fiel a su palabra el dueño se negó a recibir pago alguno por mucho que Mathias insistió. La camarera sonreía a Alara cada vez que la servía, y cuando finalmente se marcharon del restaurante, muchos comensales se despidieron de ellos con cordialidad.
-Vaya- suspiró Octavia cuando volvieron a la calle.- No imaginaba que las cosas estuvieran tan tensas por aquí-.
-Eso es porque no conoces a fondo la hostilidad que hay entre palianos y montanos- gruñó Mikael.- Pero no te preocupes, vas a ver muchas más como ésta a lo largo de nuestro viaje-.
Alara se sentía turbada. Semejante odio racial le parecía desproporcionado. Todos los planetas tenían rivalidades regionales más o menos amistosas, pero no como allí. En Tarion, los habitantes del continente de Archanes solían cantar canciones burlonas y contar chistes acerca de los ciudadanos de Arkarion, y viceversa, pero jamás se trataba mal o de manera diferente a una persona sólo porque fuera de otra etnia. ¿Qué feroz rivalidad subyacía en Vermix para que el odio fuera tan enconado?
Se forzó a dejar de lado aquellas reflexiones cuando llegaron a casa de los Brümmer. Mathias había comprado una bandeja de pasteles en una tienda cercana al restaurante. Poco después de que llamaran a la puerta, abrió una mujer anciana de revuelto cabello gris, que los miró con cara de sorpresa.
-Buenas tardes, jóvenes- dijo.- ¿Os puedo ayudar?-.
-Hola, muy buenas- respondió Mathias, exhibiendo su sonrisa más encantadora.- ¿Es usted Elsa Brümmer?-.
La mujer asintió, aún sorprendida.
-Somos amigos de su nieto Reen. Lo conocemos de Gemdall y nos dio su dirección para que pudiéramos visitarla cuando fuéramos a Romwall-.
-¡Ah, Reen!- por primera vez, en el rostro de la anciana se dibujó una sonrisa.- ¡Sí, me llamó diciendo que vendríais! Pasad, pasad. ¿Cómo se encuentra? ¿No ha venido él?-.
-Verá, señora Brümmer, Reen está muy liado con el trabajo y no puede viajar, pero nos mandó saludos cariñosos para usted-.
-¿Y por qué os dijo que vinierais a verme?- quiso saber la mujer, cerrando la puerta.
-Porque le hablamos acerca de un trabajo que estamos realizando para la Collegia Imperialis de Prelux y nos dijo que usted podría, quizás, ayudarnos-.
La sonrisa amigable se esfumó del rostro de la anciana, dando paso a una nueva confusión.
-¿Yo? ¡Pobre de mí, si no tengo estudios! Yo no entiendo nada de colegias de esas, yo no he hecho en esta vida nada más que trabajar. ¿Cómo os voy a ayudar yo a vosotros, que sois chicos de ciudad y estáis estudiando? Por cierto, no me habéis dicho vuestros nombres…
-Disculpe, señora. Yo soy Mark, y ellos son Mycah, Larya, Flavia y Vanity. Estamos haciendo una investigación para recopilar y comparar las distintas leyendas e historias de la cultura vermixiana. Ya sabrá que la tradición propia de este planeta fue muy rica e importante en días pasados; sería una lástima permitir que se perdiera-. Al decir aquello, Mathias esbozó otra de sus sonrisas zalameras, y la anciana se la devolvió casi sin poderlo evitar.
-¿Historias antiguas, decís?-.
-Sí, así es. Leyendas, tradiciones, todo lo que tenga que ver con la cultura de Vermix. Y Reen nos dijo que usted sabía mucho de esas cosas, que le contaba cuentos cuando era pequeño. Por eso nos propuso que fuéramos a verla-.
-Ay, este Reen… creo que ha exagerado. Sí que le contaba algunas cosillas de niño, pero ahora soy vieja y me falla la memoria… Pero por favor, ¡sentaos, jóvenes! ¿Queréis un poco de recafeinado? No tengo dulces en casa porque no esperaba visitas, pero…
-No se preocupe- intervino Octavia.- Le hemos traído unos pastelitos, para compensarla por la molestia. ¿Querrá usted probarlos?-.
-¡Uy, qué amables!- los ojos de la vieja se iluminaron al coger el paquete.- No tendríais que haberos molestado. Sentaos que en seguida os sirvo el café-.
Mientras tomaban asiento, Alara echó un vistazo a su alrededor. La casa era modesta y sencilla, con paredes encaladas y suelo de piedra. Los muebles no eran modernos, pero estaban limpios y bien cuidados. Sin embargo, lo primero que le saltó a la vista fue que ni en el recibidor, ni en el salón, había símbolo imperial alguno. Recordó su propia casa en Galvan, cuando era niña: sus padres tenían una talla del Aquila imperial justo en frente de la puerta principal, para que fuera lo primero que todo el mundo veía nada más entrar, y habían educado a sus hijos para que se hicieran su símbolo en el pecho frente a ella cada vez que llegaban a casa. Había una talla de Santa Leda en salón, al lado del holoproyector, y en todos los dormitorios había cuadros con santos y querubines sobre las cabeceras de las camas. Ni Selene ni Marcus Farlane eran fanáticos religiosos, aunque sí devotos creyentes, y su iconografía casera no era más abundante que la de sus vecinos. Sin embargo, el hogar de Elsa Brümmer carecía de todo aquello, al menos en apariencia.
La anciana regresó al salón poco después llevando una bandeja con seis tazas humeantes y los pastelillos. Mathias y Valeria se levantaron de inmediato a ayudarla.
-No, no os preocupéis, ya puedo yo- rechazó amablemente la mujer, dejando la bandeja en la mesa.- ¿Os gusta con azúcar?-.
Tras servir la merienda, les preguntó qué deseaban saber, y Mathias tomó de nuevo las riendas de la conversación. Alara no pudo evitar sentir una oleada de fascinación a darse cuenta de que estaba asistiendo al primer interrogatorio inquisitorial de su vida, y no podía ser más diferente a lo que ella había imaginado: sin prisiones ni celdas, sin drogas ni instrumentos de tortura, sólo la sonrisa cautivadora y los comentarios ingeniosos de un joven guapo con aspecto inocente que pronto hizo bajar la guardia a la anciana con su encanto.
-¿La señal del Padre?- preguntó Elsa, dando un sorbo al café.- ¡Ah, sí! Alguna vez le conté ese cuento a mi nieto antes de dormir. Le gustaban las historias de miedo, al muy tunante, y me pedía que se lo contara. Aunque ya no lo recuerdo bien. Dejadme pensar… Sí, sí. Bien, según la leyenda, hubo un tiempo en que Vermix estaba en manos de unos seres monstruosos, muy poderosos y terribles, que trataban a los humanos como esclavos. Pero el Dios Padre se compadeció de sus hijos y nos dio fuerzas para luchar en su nombre y expulsar a los monstruos del planeta. Sin embargo, como mucha gente tenía miedo de que volvieran, el Padre prometió cuidar siempre de nosotros y avisar en caso de que los monstruos quisieran regresar. Y cuenta esta leyenda que algún día, en una noche lóbrega y tormentosa, la Señales del Padre lucirá en el cielo, y será el comienzo de una era oscura de guerra y de dolor, porque significará que los monstruos vuelven. Pero también se dice que en esos días el Padre elegirá a un gran guerrero que liderará de nuevo a la humanidad para guiarla en la lucha y derrotar de nuevo a los malvados-.
Todos se quedaron en silencio. Mathias asintió mirándola con gran interés.
-Es una leyenda muy interesante, señora Brümmer. ¿Quién cree usted que es ese Dios Padre?-.
Elsa lo miró con la blanda expresión de una abuela inocente.
-El Emperador, supongo. ¿No es él el guardián de toda la humanidad?-.
Alara sintió una punzada de recelo. ¿Creía en verdad aquello la señora Brümmer, o sólo lo estaba diciendo porque consideraba arriesgado contestar otra cosa? De repente, se le ocurrió una idea.
-Disculpe, señora, ¿el cuarto de baño?- preguntó.
-Claro, jovencita. Al fondo del pasillo, justo al lado de las escaleras-.
Alara le dio las gracias con una sonrisa y salió. Sabiendo que Mathias se encargaría de la anciana, caminó por el pasillo, pero no entró en el baño. En lugar de eso, subió las escaleras al primer piso sin hacer ruido.
La primera planta estaba vacía y silenciosa, sumida en la penumbra. Encontró otro cuarto de baño, una habitación repleta de ropa por planchar y remendar y un dormitorio pequeño, escasamente adornados. Sin embargo, en la habitación del fondo, la más grande de todas, encontró por fin un objeto que sí era de simbología religiosa: acababa de llegar al dormitorio principal de la casa. Al empujar la puerta, vio una cama de matrimonio vacía, cubierta por una colcha tejida a mano, y sobre ella, justo encima de la cabecera, un retablo cerrado. Tras escuchar en silencio unos instantes para asegurarse de que seguía estando sola, Alara encendió la luz, se acercó al retablo y lo abrió.
Lo primero que constató al ver el interior fue que reconocía a los santos allí representados. Se trataba sin duda de san Leandro y santa Minerva, dos santos del Sector Sardan. Según la onomástica imperial, que Alara conocía de memoria, san Leandro había sido un predicador que dedicó su vida a ir sistema por sistema para predicar y convertir infieles al Culto Imperial. Por desgracia, durante sus viajes cayó gravemente enfermo, pero cuando sus compañeros temieron que moriría sin completar su sagrada tarea, una pía  religiosa llamada Minerva lo sanó por la gracia del Emperador mediante una imposición de manos. Tras curar a san Leandro, santa Minerva se unió a él en su peregrinaje a lo largo del subsector, y dedicaron el resto de sus días a difundir la Palabra del Emperador por el Universo. Las imágenes del retablo los representaban a ellos, sin duda.
Sin embargo, tras un segundo vistazo, Alara se dio cuenta de que algo no encajaba. Un poco más tarde, se dio cuenta del por qué. La imaginería de aquellos santos no era la estándar imperial: contenía algunos cambios, sutiles pero llamativos. Para empezar, las figuras se hallaban invertidas: si tradicionalmente se representaba a san Leandro a la diestra, con un libro en una mano y una espada en la otra, y a santa Minerva a la siniestra, haciendo un gesto de bendición con las manos, en aquel retablo sucedía justo al revés: Minerva estaba a la derecha y Leandro a la izquierda. Los objetos de las manos del santo también estaban intercambiados. Y si generalmente se representaba a san Leandro con cara de sufriente dolor, fruto de su enfermedad, y a santa Minerva con el rostro lleno de serena sabiduría, también aquí era al revés: era él quien tenía una expresión de benevolencia en el rostro y ella quien miraba al frente con expresión de tristeza, casi de agonía. Una lágrima transparente, casi invisible, se deslizaba de uno de sus ojos y caía por su mejilla.
Alara observó fijamente el retablo, grabando en su mente hasta el último de los detalles. Cuando estuvo segura de que no se le había pasado nada por alto, memorizó el nombre del artista y del fabricante y abandonó la habitación, regresando de nuevo a la planta baja. Al llegar al pasillo y meterse en el baño, oyó que Mathias y Elsa seguían conversando en el salón, y deseó que la charla no se prolongara mucho rato más.
Sería muy interesante averiguar si aquella desviación del canon hagiográfico era una variante generalizada en el planeta o ese icono en particular tenía algo de extraño.

viernes, 14 de agosto de 2015

Capítulo 22



A.D. 836M40. Randor Augusta (Kerbos), Sistema Kerbos, Sector Sardan, Segmento Tempestuoso.


El entrenamiento del Adepta Sororitas es uno de los más duros y exigentes que conoce el Imperio. Muchas postulantes abandonan pocos meses después de instar la solicitud. Una fe inquebrantable es imprescindible, pero por sí sola no es suficiente. “No basta con servir al Emperador, ni quiera con amarle. Has de cederle todo lo que tienes, todo lo que has sido y todo lo que serás. Debes entregarte sin reservas a Su voluntad. Sólo entonces se considerará apropiado tu sacrificio”. Esta consigna extraída del “Mandatos del Sororitas” es lo primero que aprenden las aspirantes cuando comienzan su primer año de noviciado, y sus instructoras se aseguran de que no lo olviden jamás.
La disciplina es férrea. Las comodidades, mínimas. El nivel de exigencia, descomunal. La alimentación es sencilla, las diversiones, casi inexistentes, el horario, estricto, y el entrenamiento, más duro de lo que ninguna de las jóvenes hubiera podido soñar. Aún así, a pesar de estar acostumbradas a los madrugones y a los ayunos, a soportar con resignación el calor en verano y el frío en invierno, a estudiar sin descanso y a hacer ejercicio y prácticas de combate durante horas, hay una palabra que hace que hasta las más veteranas y aguerridas se echen a temblar.
La palabra es CESE. Son las siglas de “Combate con Estimulación Sensorial Extrema”, aunque las Cantoras y las Constantias (los rangos superiores a Novicia que han de alcanzarse antes de poder hacer los votos de consagración) saben que se trata de un eufemismo apenas disimulado de la palabra “tortura”. Las Cantoras tienen una sesión semanal, las Constantias tienen dos, y las Novicias, que aún no realizan los entrenamientos de nivel avanzado, se hacen una idea de la extrema dureza que supone porque las hermanas que lo practican tienen en resto de la tarde libre para descansar. Entre las aspirantes más atrevidas circula la pequeña broma de llamarlo De-cese.
Alara Farlane, como todas las demás hermanas, teme y detesta las sesiones de CESE, pero sabe al igual que todas las demás lo necesarias que son. Las Sororitas son guerreras de élite, las hijas y guardianas del Dios Emperador, el instrumento de Su sagrada voluntad. Como tales, van a tener que enfrentarse a los peores horrores imaginables, y muchas veces tendrán que combatir en situaciones extremas. Sus enemigos no tendrán piedad. El CESE es el entrenamiento virtual que las ayuda a acostumbrarse a manejarse en los entornos más hostiles. En el futuro, salvará la vida de muchas de ellas, aunque en ese momento las misiones reales le parecen tan lejanas a Alara que tal pensamiento no la consuela mientras se dirige a la sala de entrenamiento acompañada por el resto de su clase.
Cuando llegan, las hermanas Hospitalarias y la hermana Instructora ya están allí. La Instructora las divide por escuadras, y las Hospitalarias les colocan los electrodos en los puntos apropiados de la frente. Nada de lo que van a ver o a sentir será real, sus cuerpos no sufrirán daño alguno, pero a sus mentes no les importarán semejantes matices durante la siguiente hora.
Alara ya se espera cualquier cosa. La han hecho combatir a temperaturas propias de un desierto asfixiante y un páramo congelado, en medio de vendavales huracanados, en la oscuridad más absoluta y hasta debajo del agua. Ninguna de las aspirantes conseguirá ascender de Cantora a Constantia si al finalizar los tres años que dura la fase no son capaces de alcanzar un porcentaje de blancos del sesenta por ciento en cuerpo a cuerpo y disparo.
Las Hospitalarias ocupan su lugar, junto a las pantallas que controlan la estimulación sensorial, la respiración y la frecuencia cardíaca de cada hermana. Activan las runas que dan comienzo a la sesión, y la sala de entrenamiento desaparece delante de Alara.
En esta ocasión, el escenario elegido es una selva tropical, propia de un mundo salvaje. Cae una lluvia torrencial, y el suelo está tan encharcado que cuando da un paso siente cómo los pies se le hunden en el barro. La primera diana aparece de repente a su izquierda, demasiado alta y medio oculta por las hojas y la lluvia. El agua se le mete a Alara por el cuello y en los ojos, causándole escalofríos y dificultando su visión. El primer disparo falla. Masculla una maldición, se frota los ojos y poco después lo vuelve a intentar. La diana está casi a ras de suelo, oculta entre unos helechos. En esa ocasión, su disparo roza el borde. Pasan los minutos, la condiciones ambientales se recrudecen, pero a pesar de todo Alara cada vez lo hace mejor. De vez en cuando aparecen animales; una serpiente se descuelga entre las lianas, un felino emerge repentinamente entre los arbustos y le da un susto de muerte, pero consigue dispararle justo a tiempo. Otras dos dianas más, casi a la vez. Entonces, un enemigo invisible empieza a disparar desde el interior de la selva en ráfagas cortas, y todas tienen que ponerse a cubierto sin dejar de buscar y disparar a las dianas.
Alara no dura mucho antes de ser alcanzada por dos disparos en la pierna izquierda. Lanza un grito de agonía y cae de rodillas, pero hace acopio de toda su voluntad para sobreponerse al dolor y continuar disparando mientras apoya todo su peso en la pierna sana. Rueda por el suelo, se mancha de barro, busca cobertura. Siente el sabor amargo y terroso del fango en la boca. La lluvia la ciega, el frío la hace tiritar… y en ese momento, otro disparo la impacta en el estómago.
El dolor es insoportable, y durante unos segundos Alara se retuerce en agonía. Quiere abandonar, quiere desmayarse, aunque sabe que no le concederán ese alivio a menos que los sensores indiquen que su cuerpo se encuentra al borde del colapso. Grita, intenta abrir los ojos, pero el mundo es una mancha borrosa a su alrededor.
-¡Hermana Alara, en pie!- grita la instructora.- ¡En pie!-.
Alara hace un esfuerzo supremo para enfocar la mirada y trata de ponerse de rodillas, pero el movimiento es tan doloroso que la cabeza le da vueltas. Aún así, con un aullido desesperado, levanta la pistola láser y apunta a la diana que aparece frente a ella. Su dedo aprieta el gatillo en un movimiento espasmódico. Dispara. Y da en el blanco.
En ese momento, la selva embarrada que hay a su alrededor desaparece, y vuelve a encontrarse en la sala de entrenamiento. El dolor se esfuma, su cuerpo ya no está empapado, pero el choque con la realidad es tan brutal que Alara vomita a cuatro patas sobre el suelo y luego se desmaya. Despierta al cabo de treinta segundos, se pone en pie trastabillando y se dirige a su celda haciendo eses, como si estuviera borracha, aunque desconoce por completo esa sensación porque no ha probado el alcohol en toda su vida. Se quita el mono de entrenamiento y se mete de cabeza bajo la ducha para limpiarse la porquería que tiene pegada al pelo y la película de sudor que recubre su piel. Cuando termina, cae sobre la cama y se queda dormida inmediatamente.
Tres horas más tarde, cuando despierta, ya se siente mejor. El agotamiento mental se ha esfumado, y está lista para acudir a la oración vespertina con el resto de sus hermanas. Mientras se pone la túnica de Cantora y revisa su imagen en el espejo -sabe que la menor mácula o desperfecto en la vestimenta reglamentaria le acarrearía un severo castigo- da gracias al Emperador porque las sesiones de CESE sean sólo una vez a la semana.
Como siempre, diez minutos antes de la oración la hermana Instructora se reune con ellas para comentar sus progresos en el entrenamiento. Elogia la sobresaliente actuación de tres hermanas: Eliza, Aurelia y Silvana, que han sabido sobreponerse al dolor y alcanzar una tasa de blancos del cuarenta y uno por ciento.
-Alara, tú también has mejorado- dice la Instructora.- Pero te cuesta soportar el dolor. Durante el resto de la semana, disciplínate con la scoriada diez veces cada noche. Si en la próxima sesión no hay cambios, subiremos a veinte-.
Alara se cuadra y baja la cabeza.
-Sí, hermana Instructora-.
-Debéis recordar una cosa- les dice la Instructora. Es una mujer madura y fornida, con el pelo de un caoba desteñido. Una cicatriz blanca e irregular le cruza la barbilla y el labio inferior.- La incomodidad y el dolor no es lo peor que tendréis que soportar, tanto en combate como fuera de él. Ninguna sesión de CESE, ningún entrenamiento, ninguna simulación, puede prepararos del todo para lo peor que tendréis que afrontar. Porque lo peor no es el dolor. No es combatir a veinte metros bajo el agua, o entre las dunas de un desierto, o con las dos piernas rotas. La captura por parte del enemigo, la muerte de un aliado, el fracaso de una misión. Todo eso puede destrozaros con mucha más facilidad que un disparo de bólter o un tajo de espada sierra. El mayor punto débil de todo ser humano se encuentra en el corazón. Y el día en que tal cosa ocurra, el día en que vuestro corazón reciba una herida más allá de toda salvación, no habrá entrenamiento físico ni adoctrinamiento mental capaz de salvaros de tal dolor. Lo único que os mantendrá firmes y cuerdas cuando llegue ese día serán la fe y la devoción-.




A.D .844M40. Shantuor Ledeesme (Vermix), Sistema Cadwen, Sector Sardan, Segmento Tempestuoso.


Alara Farlane había sido entrenada para enfrentarse a mutantes, herejes, cultistas blasfemos y entidades disformes: la clase de horrores que un ciudadano imperial común no podía ni soñar. Sin embargo, nada en su vida la había preparado para enfrentarse a aquello. No supo qué cara poner, ni qué decir; se sentía incapaz de reaccionar.
La tal Phoebe Aberlindt era hermosa hasta la obscenidad. Poseía unos bellos ojos azules de pestañas largas y espesas y un bonito rostro ovalado de tez clara y rasgos delicados, todo ello enmarcado por una larga melena dorada como la miel. Esbozó una dulce sonrisa que iluminó aún más su rostro angelical.
-Así que tú eres la famosa Alara- dijo, con una voz tan bonita como su rostro.- Encantada de conocerte. Mathias me ha hablado mucho de ti-.
El aguijón clavado en el pecho de Alara se retorció hasta hacerla sangrar.
“Le ha hablado a esa chica de mí”.
Por algún motivo que no alcanzaba a comprender, aquello le sentaba como una patada en el estómago. Sin embargo, se obligó a sí misma a rehacerse. ¡No podía quedar en evidencia!
-Un placer conocerla, Adepta Aberlindt-.
De inmediato se dio cuenta de lo seca que había sonado su voz. La sonrisa de Mathias fluctuó un poco. Alara se dio cuenta de que estaba a punto de sonrojarse, ni ella misma estaba segura si de vergüenza o de furia, de modo que se apresuró a buscar una excusa para desaparecer de allí.
-Tengo que volver con Octavia y Valeria; saldremos dentro de poco y aún no me he vestido con las ropas civiles. Si me disculpáis…
Antes de que ellos respondieran, dio media vuelta y se marchó a paso ligero. Le pareció que Mathias la llamaba, pero no estaba segura, y no quiso girarse para comprobarlo. Las mejillas le ardían como si tuviese dos llamas encendidas en su interior, y se dio cuenta de que a pesar de que sólo hacía treinta segundos que la conocía, odiaba con todas sus fuerzas a Phoebe Aberlindt.
Se reunió con Octavia y Valeria, y tal como había dicho, pasó la hora siguiente recomponiendo su disfraz de antropóloga civil y asegurándose de que la servoarmadura, las armas y la munición estaban limpias, en orden y bien empaquetadas. Mikael se acercó a ellas portando sus propios enseres.
-Haced hueco- les pidió.- El jefe dice que debemos estar listos para partir en media hora-.
-¿Dónde está?- preguntó Valeria, acomodando una bolsa en el maletero.
-Hablando con el Interrogador Kyrion. Lleva ya un buen rato poniéndole al corriente de la situación. Travis y él están pasándole una copia de los planos y de los informes, o algo así-.
-Estoy deseando irme de este lugar- murmuró Octavia.
-Yo también- convino Mikael, apoyándose en la carrocería del todoterreno.- Ahora que toda la acción ha terminado, la verdad es que empiezo a aburrirme-.
Alara no soportaba la inactividad, de modo que fue a buscar a Tharasia para ponerse a su disposición. Sin embargo, ya no había gran cosa que hacer. Se disponía a volver al coche cuando vio que Mathias se le acercaba a paso ligero. No lo acompañaba Kyrion, sino la Adepta Aberlindt.
-¡Hey!- la llamó.- Menos mal que te encuentro. ¿Dónde está Octavia?-.
-Terminando de meter sus cosas en el todoterreno, ¿por qué?- preguntó Alara, con una entonación cuidadosamente neutra.
-Porque tiene que enseñarle a Phoebe el templo pagano antes de que nos marchemos-.
La joven erudita se giró hacia Mathias con expresión interrogante.
-¿Y ésta quién es?- preguntó.- No me la has presentado-.
-¡Es Alara, Phoebe!- rió Mathias.- Os he presentado junto al Valkyria, pero entonces llevaba el hábito de Sororita y ahora se ha puesto las ropas civiles-.
-¡Oh!- exclamó Phoebe, sorprendida.- Te ruego que me disculpes, Alara, no te había reconocido. ¡Esa caracterización es magnífica! ¿Ha sido cosa de la Octavia, la Dialogante?-.
-Eh… sí- respondió Alara.
-¡Ha hecho un trabajo excelente!- exclamó Phoebe, sonriendo con aprobación.- Podrías pasar por una mujer normal. Yo jamás hubiera pensado que eras la misma de antes- se giró hacia Mathias y le dedicó una sonrisa cómplice.- Hay que ver, ¿eh?-.
-Si quiere entrevistarse con la hermana Octavia, más vale que se dé prisa, Adepta Aberlindt- le dijo Alara con una voz tan educada como carente de entonación.- Le sugiero que me acompañe-.
Echó a andar hacia el todoterreno mientras Phoebe la seguía. La chica parecía ansiosa por entablar conversación.
-Así que Hermana Militante, ¿no? De la Rosa Ensangrentada-.
-Sí-.
-Yo estudié en el Collegia Imperialis de Prelux. Estoy doctorada en Historia Antigua; Lord Crisagon me reclutó por mi tesis acerca de la organización político-cultural de la nobleza paliana de Prelusia y por mis conocimientos de paliano y montano clásicos. La paleografía de este planeta puede ser un poco complicada de descifrar-.
-Ajá-.
-Mathias me ha hablado de vosotras tres. ¿No es increíble que os hayáis vuelto a encontrar? Aunque desde luego no estáis exactamente como él se imaginaba-.
Alara no dijo nada.
-¿Sabes? Conozco a Mathias desde hace unos cuatro años y nos hemos hecho bastante amigos. Hablando en confianza, me alegro mucho de que se haya vuelto a encontrar contigo, porque el día en que me contó…
-¡Octavia!- la interrumpió Alara, llamando un poco más fuerte de lo que era necesario.- ¡Octavia, por favor, ven!- gracias al Emperador ya estaban lo bastante cerca el todoterreno, y Octavia se acercó mirando a la acompañante de Alara con curiosidad.- Adepta Aberlindt, le presento a la hermana Octavia. Octavia, el Legado Inquisitorial ha solicitado que la acompañes al templo pagano para enseñarle lo más relevante que encontraras durante la inspección. Llévate a una escuadra de la Guardia Imperial, por si acaso-.
-No será necesario- dijo Phoebe, afable.- Nos acompañará el Adepto Molocai. Dymas es toda la protección que necesitamos; percibiría cualquier peligro sobrenatural a kilómetros de distancia-.
Alara se reservó la opinión que le merecía la fiabilidad de un psíquico, por muy autorizado que fuera.
-Llevaré a los guardias de todas maneras- dijo Octavia.- En teoría, la fortaleza ya es segura, pero nunca está de más extremar las precauciones. Acompáñeme, Adepta Aberlindt, por favor-.
Alara las vio marchar con un sentimiento que era a la vez resquemor y alivio. El animado parloteo y los esfuerzos de la chica por hablar de temas personales había conseguido ponerla de los nervios.
-¿Y bien? ¿De qué va esto?-.
Alara se giró y vio a Mathias detrás de ellas, mirándola con los brazos cruzados. Se esforzó por mantener su fachada de serenidad.
-¿De qué va qué?-.
Él le hizo una seña con el dedo y la alejó a propósito del todoterreno y de la multitud que se afanaba en revisar los vehículos y sus cargamentos antes de partir.
-¿Por qué estás tan rara? ¿Te pasa algo?-.
La furia de Alara estalló de repente, como la tapa de una olla con demasiado vapor en su interior.
-¿Quién era ésa? ¿Una de tus ex novias?-.
Mathias la miró asombrado.
-¿Quién? ¿Phoebe?-.
-¡Sí, ésa? ¡Dime la verdad, Mathias! ¿Es una de tus ex novias?-.
-No, sólo es una amiga-.
-¡Júramelo en nombre del Dios Emperador!-.
-Te… le lo juro, ella y yo nunca hemos sido nada más que amigos- Mathias seguía desconcertado, pero empezó a ponerse a la defensiva.- Oye, ¿se puede saber por qué estás tan enfadada?-.
Aquella pregunta indignó todavía más a Alara, entre otras cosas porque ella misma aún no había conseguido encontrar una respuesta racional al intenso disgusto que Phoebe Aberlindt le provocaba. Soltó lo primero que se le ocurrió, lo que más dolor le causaba.
-¿Qué le contaste acerca de mí?-.
-¡Lo normal! No sé, ¡todo! Que habíamos perdido a nuestras familias, que nos separaron de niños, que te echaba de menos…
-¡Tú… tú no tenías derecho!- exclamó Alara, rabiosa.- ¡No tenías ningún derecho a hablar de mí! ¿Quién te crees que eres para contarle mi vida a una desconocida?-.
-¡No podía imaginar que algo así fuera a molestarte!- se defendió Mathias, molesto.- ¡Además, eran mis recuerdos sobre ti! ¿Ahora resulta que son un alto secreto inquisitorial?-.
-¡Al parecer antes lo eran, porque tú mismo me dijiste que no le habías hablado de mí a ninguna de tus ex novias, porque yo era tu más preciado secreto!-.
-¡Ya te he dicho que Phoebe no es mi ex novia, joder!- insistió Mathias, irritado.
-¿Y por qué le hablaste de mí?-.
-¡Porque me sentía triste y solo, y ella era mi amiga más íntima, la única en quien podía confiar! ¿Qué tiene eso de malo?-.
Alara le lanzó una mirada envenenada.
-Si quieres, le cambio el sitio en el todoterreno. Quizás te sientas más cómodo investigando con tu nueva mejor amiga-.
-Tú eres mi mejor amiga, Alara. De hecho, ahora mismo eres mucho más que eso-.
-¡Pero si acabas de decir…
-¡Oh, por el Trono, ya no recuerdo lo que acabo de decir!- exclamó Mathias, perdiendo los estribos.- ¡Por favor, Alara, no me irás a decir que estás celosa de Phoebe!-.
El rostro de Alara enrojeció de vergüenza e ira. Fulminó a Mathias con la mirada.
-¿Encima me vienes con ésas? ¡Vete a la Disformidad!-.
Dio media vuelta y se marchó con paso airado. La voz enfurecida de Mathias resonó a sus espaldas.
-¡Muy bien, lárgate! ¡Ya me avisarás cuando recuperes la cabeza!-.



Alara regresó junto a Octavia y Valeria hecha una furia. Se sentía irritada, dolida, vulnerable y tonta, un cúmulo de sensaciones que la tenían tan desconcertada como molesta. Aquella situación en la que se había metido de repente le parecía desagradable y ridícula, y no tenía la menor idea de cómo manejarla. Hasta entonces había llevado una vida dura pero sencilla, una vida dedicada al combate, la oración y la meditación. La relación con sus hermanas era simple y diáfana; el bien y el mal, claros y delimitados. Su vida estaba ordenada por reglas, normas y horarios muy estrictos, pero fáciles de entender. Todo era como debía ser, todo tenía un motivo. Los conventos eran comunidades de mujeres que vivían en estrecha fraternidad y lo compartían todo.
¿Por qué las cosas con Mathias no podían ser así de sencillas? ¿Por qué tenía que haberse complicado todo?
"Y dice que estoy celosa. Menudo idiota".
¿Cómo explicarle que no se trataba de celos? Los celos eran una debilidad. Alara no era débil. Tenía que tratarse de otra cosa. Pero, ¿cómo explicárselo a él, si ni siquiera ella entendía lo que estaba sintiendo?
"Él debería comprenderlo" pensó. "Entiende de estas cosas más que yo. Debería verlo desde mi punto de vista, en lugar de pensar en esa... esa..."
Sacudió la cabeza, enfadada. El mero hecho de pensar en Phoebe Aberlindt le provocaba un desagrado casi físico, como si una hilera de arañas le corretearan por la piel. Aquel aspecto de muñequita delicada, su sonrisita complaciente, la forma en que se había arrojado a los brazos de Mathias al bajar del Valkyria... y encima, sabía quién era Alara. Era probable que incluso conociera lo de Galvan y la angustiosa separación que habían vivido ella y Mathias... Aquello era lo que la enfurecía más, que una desconocida que ni siquiera le gustaba estuviera al corriente de los detalles más dolorosos de su vida.
Bueno, aquello y lo del abrazo.
Fuera como fuese, se alegró cuando Octavia regresó del templo oscuro y Mathias dio orden de llevar a cabo el relevo. Al Interrogador Kyrion lo acompaña una compañía entera de la Guardia Imperial, que estaba de camino por la autovía. Así, daría tiempo a que todos los transportes blindados se retiraran de Shantuor Ledeesme y dejaran sitio para los nuevos. Melacton y Mathias calcularon los tiempos para que entre la marcha de la compañía de Travis y la llegada de la de Karstein no pasara más de media hora.
Aunque, por supuesto, Mathias se despidió personalmente de toda la cábala del Interrogador, incluída la Adepta Aberlindt.
-¡Menuda faena me dejas!- exclamó la joven, riñéndole en broma.- Hay mucho que descifrar y catalogar ahí abajo. Voy a tener que añadir un anexo a mi informe, y casi lo tenía terminado-.
-Después de ocho años trabajando, no creo que unos pocos días te supongan tanta diferencia, así que no te quejes- dijo Mathias con una sonrisa de complicidad.- ¡Quién iba a pensar que eras tú la que estaba encargada de ese informe! Qué callado te lo tenías...
Phoebe esbozó una sonrisa avergonzada y se encogió de hombros.
-Crisagon me ordenó no hablar con nadie del asunto-.
-Lo sé, lo sé. Pero dado que ya estoy al tanto de todo, espero que me dejes leerlo-.
-Te prometo que le pediré a Crisagon que me permita ponerte al corriente de todo. Creo que la información os será muy útil-.
-Buena suerte entonces. Y ten cuidado-.
Él la besó en la mejilla y ella le dio un nuevo abrazo. Alara, junto al todoterreno, lo observó todo con una cuidada expresión de indiferencia mientras en su interior imaginaba cómo sería sacar la pistola bólter y meterle un proyectil en la cabeza a Phoebe Aberlindt.
Acto seguido, Mathias agitó la mano como despedida general, se metió en el asiento de copiloto del todoterreno y ordenó a Mikael arrancar. El vehículo se puso en movimiento bajo la lluvia, y Alara observó a través de la ventanilla cómo dejaban atrás Shantuor Ledeesme sintiendo una mezcla de alivio y amargura. Aunque por fin estuvieran dejando atrás aquella fortaleza impía, aunque hubiera conseguido sobrevivir y derrotar a los blasfemos horrores que albergaba, era como si Ledeesme no la hubiera dejado marchar sin antes asestarle un último zarpazo.
El viaje se hizo largo y desagradable para todos. A pesar de que la lluvia ya no era torrencial y permitía circular, Mikael conducía más despacio que de costumbre para impedir que el vehículo patinara, lo cual hizo que tardaran casi cinco horas en llegar a Gemdall. Alara y Mathias estaban sumidos en un silencio hosco, y la hostilidad que flotaba en el ambiente los afectaba a todos. Octavia y Valeria se pusieron a leer placas de datos, Mikael se concentró en conducir y Alara se dedicó a mirar por la ventanilla mientras rezaba para sus adentros, una y otra vez, todas las letanías y oraciones que conocía. Evitó a propósito mirar a Mathias ni una sola vez y se concentró en el paisaje. La lluvia golpeaba el cristal de la ventanilla con un golpeteo monótono, y los campos embarrados tenían un aspecto triste y gris bajo el cielo plomizo, cubierto de nubes tormentosas hasta donde alcanzaba la vista. El conjunto tenía un aspecto deprimente, que encajaba bastante bien con el estado de ánimo de Alara. El único incidente que rompió la monotonía del viaje fue un pequeña retención provocada por el cierre temporal de un carril de la autovía. Varios operarios del Administratum supervisaban a un enjambre de servidores que con sus miembros biónicos implantados se afanaban en reparar una enorme grieta que había resquebrajado el carril. Había una máquina cementera y una apisonadora trabajando junto a los servidores, y la zona acordonada estaba custodiada por un bípode de la Guardia Imperial.
-¿Qué es eso?- preguntó Octavia.
-Un dinovermo notó las vibraciones de los coches bajo la autovía y trató de salir a cazar- respondió Mathias.- Ahora, con la tierra húmeda por la lluvia, llegan muy cerca de las carreteras. El bípode está para vigilar que ningún otro aparezca mientras los operarios estén trabajando-.
Octavia estuvo a punto de preguntar algo más, pero el silencio opresivo que flotaba en el vehículo hizo morir las palabras en su garganta antes de que brotaran. Bajó la mirada y volvió a concentrarse en la placa de datos.



Gemdall no podía ser más diferente de Prelux Magna. Era una ciudad radial, rodeada de un doble perímetro amurallado que estaba ocupado entre medias por un amplio terreno ajardinado. En la estación seca el lugar debía ser una zona de recreo, un parque en el que jugaban los niños y la gente paseaba o hacía deporte, pero ahora la zona estaba desierta, azotada por las lluvias, y el césped estaba completamente inundado. Los últimos veinte minutos del viaje tuvieron lugar frente a la puerta principal de la ciudad, en una larga fila de coches con los faros encendidos que avanzaban en lenta procesión.
Cuando finalmente pudieron entrar, una de las vías principales de la ciudad engulló el todoterreno. Los barrios exteriores eran los más humildes, pero a medida que se acercaban al distrito central, Alara comprobó que Gemdall era más agradable y acogedora que Prelux Magna. Casi todos los edificios de un estilo gótico posmoderno, estaban construidos con piedra blanca, gris o ladrillo claro, dando sensación de elegancia y luminosidad incluso bajo el crepúsculo tormentoso. Mikael condujo hasta el hotel Solaris, situado en un barrio residencial. Mathias había elegido cuidadosamente la ubicación, escogiendo un barrio tranquilo y poco problemático que estaba a media distancia entre el centro y el distrito portuario, allí donde los muelles fluviales y marítimos confluían. El recepcionista los recibió con amabilidad, les entregó las llaves de sus habitaciones y les entregó unos folletos turísticos de Gemdall, deseándoles feliz estancia. Mientras subían al cuarto piso, Mathias les concedió una hora para dejar los equipajes y darse un baño antes de bajar a cenar.
Alara acarreó su maleta hacia la habitación en silencio. Mientras deshacía el equipaje, evitó a propósito mirar a Mathias. Pronto oyó a sus espaldas correr el agua de la ducha tras la puerta cerrada del baño. Cuando salió, continuó dándole la espalda hasta que lo oyó vestirse. El silencio que reinaba en la habitación pesaba como una losa.
-¿No vas a bañarte?- preguntó Mathias finalmente.- Se está haciendo tarde-.
Alara se giró y lo miró inexpresiva.
-Voy a prescindir de la cena; necesito rezar y ayunar. Baja tú sólo-.
-Está bien- dijo él.- Como quieras-.
Se marchó sin una palabra más, cerrando cuidadosamente la puerta a sus espaldas.



Apenas Mathias se hubo marchado, Alara se metió en la ducha y abrió el chorro de agua fría. El choque térmico fue desagradable, pero sirvió para descargar la adrenalina que bullía en su interior. Cuando salió del baño envuelta en la toalla, tenía la piel azulada y tiritaba. Mientras se secaba, oyó que llamaban a la puerta.
 -¿Quién es-.
-Ábreme, soy yo. respondió la voz de Valeria.
Alara abrió la puerta, sujetando la toalla contra su cuerpo.
-¿Qué haces aquí? ¿No tendrías que estar cenando?-.
-La verdad- dijo Valeria, entrando en la habitación- iba a hacerlo, pero me ha extrañado que no bajaras tú y he venido a ver qué te pasaba-.
-No me pasa nada-.
-Y un rábano- replicó Valeria, cerrando la puerta a sus espaldas.- ¿Te crees que estamos ciegas? Hasta Mikael se ha dado cuenta de que Mathias y tú estáis enfadados-.
-Eso no es asunto suyo- dijo Alara con sequedad, dejando la toalla a un lado y comenzando a vestirse.
-Puede ser, pero sí que es asunto mío. Eres mi hermana y mi amiga, y además soy una hermana Hospitalaria, lo cual significa que es mi deber ocuparme de la salud de todo el grupo. Tanto la física como la espiritual. Dime, Alara, ¿qué ha sucedido?-.
Alara no dijo nada. Le resultaba tan incómodo hablar de ello como difícil encontrar las palabras para explicarlo.
-Curioso el grupo que acompaña al Interrogador Kyrion- comentó Valeria, paseándose por la habitación.- No los envidio por tener que quedarse en el Shantuor. Yo no estuve en la recepción oficial porque estaba muy ocupada organizando el transporte de los heridos, pero Mikael y tú sí estuvisteis, ¿no?-.
Silencio.
-Dice Mikael que una de las adeptas saludó muy calurosamente a Mathias. Una buena amiga suya, ¿no? ¿Cómo se llamaba, Aberlindt?-.
Alara se giró hacia su amiga con los ojos en llamas.
-Déjame en paz, Valeria-.
Valeria la miró con tristeza.
-Como quieras, Alara. Pero creo que te haría bien hablar. Si me necesitas, ya sabes dónde estoy-.
Se dio al vuelta y salió de la habitación. Poco antes de cerrar la puerta, Alara habló.
-Valeria...
Su amiga se giró.
-Dime-.
-Entra-.
Valeria se acercó. Alara estaba sentada en la cama, cabizbaja. El cabello le caía hacia delante ocutándole ambos lados de la cara.  Parecía abatida, como si un peso le cargara los hombros.
-No sé qué me pasa. No puedo explicártelo porque no lo sé-.
Valeria se sentó a su lado.
-¿Sabes al menos qué te ha enfadado y entristecido tanto?-.
-No lo tengo claro. Ella, supongo. Su mera existencia me parece fastidioso. Deberías haber visto cómo se le tiró al cuello cuando bajó del Valkyria-.
-Y sin embargo, dudo que sea eso lo que te ha indignado tanto- observó Valeria.- Octavia y yo también somos amigas de Mathias, y también le hemos abrazado. ¿Por qué, entonces, no estás furiosa con nosotras?-.
-¡Oh, vamos, no es lo mismo!- exclamó Alara, levantando al fin la cabeza para mirarla.- ¿Cómo se te ocurre? ¡Vosotras sois mis hermanas! ¡Os conozco de toda la vida, y él también! No es como si hubiérais intentado... -se tragó el resto de las palabras.
-¿Sí?- la animó Valeria.- ¿Intentado qué?-.
Alara volvió a apartar la vista.
-Ocupar mi lugar-.
-¿Tu lugar?- Valeria la miró con extrañeza.- ¿Qué quieres decir con eso? ¿Acaso la Adepta Aberlindt ha tenido un romance con Mathias?-.
-¡No, no lo ha tenido!- exclamó Alara exasperada.- ¡Ése es precisamente el problema! Todas las mujeres con las que Mathias ha estado le recordaban a mí, por eso se hizo su amante. Pero Phoebe Aberlindt es diferente, ella es... no sé cómo explicarlo, pero es todo... todo lo que él querría si no existiera yo. Es igual que él. Incluso durante el poco tiempo que los vi juntos me di cuenta de que ella le... le comprende. Porque son muy parecidos. Más de lo que él y yo seremos jamás. Y le ha hablado de mí, Valeria, ¡le ha hablado de mí! ¡Nunca le contó nada de mí a ninguna de sus amantes, ni a nadie, sólo a ella! ¡Yo era su secreto más preciado, pero a ella se lo contó!-.
Se calló angustiada, con un nudo en la garganta. Valeria la cogió de la mano.
-Tranquila, Alara. Te entiendo-.
-Ah, ¿sí?- Alara frunció el ceño.- ¿Y cómo es eso, si no me entiendo ni yo?-.
-Mathias ha compartido con Phoebe cosas que no ha compartido con nadie más. Y no ha intentado seducirla, lo que significa que ella le importa demasiado como para hacerle daño iniciando un romance mientras tú estuvieras tan presente en sus pensamientos. Lo que significa, a efectos prácticos, que ella es la amiga más íntima que ha tenido jamas, aparte de ti. La quiere por sí misma, no porque se te parezca. No es tu sustituta, sino una persona totalmente nueva y diferente para él. Por eso te sientes tan amenazada, Alara. Temes que te haya idealizado demasiado durante todos estos años y que si se da cuenta de que no eres como él imaginaba, si se siente desengañado, te deje de lado y se vaya con ella, que es más parecida a él y podría ser una opción mejor-.
Dos lágrimas furtivas cayeron de los ojos de Alara.
-Soy una hermana de batalla- dijo con voz ronca.- Mi cometido en la vida es servir a nuestro Divino Padre. Nada puede ser más importante que eso, ni siquiera Mathias. Ni siquiera yo. Él lo sabe, y lo acepta, o al menos eso me dijo. Pero la Adepta Aberlindt no está atada a ningún voto. Podría entregarse a él por completo, si lo quisiera. Podría casarse con él y darle una familia. Yo no-.
Valeria le apoyó la mano en el hombro.
-Todo eso es verdad, pero te olvidas de lo más importante. Él te ama a ti, no a ella. Si la hubiera querido, podría haberla tenido a lo largo de los cuatro años que estuvo en la cábala de Lord Crisagon, antes de conocerte. Y no lo ha hecho-.
-Entonces, ¿tú crees que si la hubiera cortejado ella habría aceptado?-.
-¿Quién sabe?- dijo Valeria, encogiéndose de hombros.- No tengo datos suficientes para contestar. Quizás ella lo ama en secreto pero no le dijo nada porque sabía que aún pensaba en ti. O quizás sólo lo ve como a un buen amigo, o quizás está enamorada de otra persona. En cualquier caso, eso no importa. Lo único que debe importante es lo que siente él. Y él te quiere a ti-.
Alara lanzó un cansado suspiro.
-Entonces, supongo que soy idiota y que lo he estropeado todo-.
-No eres ninguna idiota. Es normal que te sientas herida. La situación es compleja, y creo que Mathias tendría que haber tenido más cuidado a la hora de presentarte a la tal Phoebe Aberlindt. Debió dejar que os conociérais antes de contártelo todo. De esa manera, podríais haberos cogido aprecio la una a la otra, y ya no te sentirías tan amenazada por la situación-.
-¡Ja! ¿Es que crees que hubo alguna oportunidad?- preguntó Alara, mordaz.- ¡Si ella se le tiró al cuello nada más verle! ¡Y no paró de restregarme por la cara lo amigos que eran y lo mucho que él le había hablado de mí! Entre todo lo que Mathias le contó acerca de nosotros y lo que le habrá cotilleado el cretino del Adepto Udrian, esa chica debe estar ya al corriente de toda mi vida privada, ¡antes de que la conociera siquiera! Es asqueroso...
-¡Para, para un momento!- la interrumpió Valeria.- ¿Qué es eso que dices del adepto quién?-.
Alara lamentó no haberse mordido la lengua.
-Acadio Udrian- dijo de mala gana.- El compañero de laboratorio de Mathias. Se dio cuenta de que estábamos... juntos, y se lo contó a toda la cábala del Ordo Xenos-.
-Lo cual significa que ella lo sabía- dijo Valeria, pensativa.- Cuando llegó a Shantuor Ledeesme, ya sabía que eras una hermana de batalla, que eras el antiguo amor perdido de Mathias, y que estabas con él-.
-Ya, ¿y qué? ¿Pasa algo?-.
-No, nada- Valeria le dio un fuerte abrazo y se levantó.- No sufras más, Alara. Recuerda que todo está en manos de nuestro Padre, el Emperador. Si es su deseo que Mathias y tú permanezcáis juntos, nadie os podrá separar. Ni siquiera la Adepta Aberlindt-.
Alara asintió con energía.
-Tienes toda la razón-.
-Bueno, pues confía en Él entonces. Como siempre has hecho. ¿Quieres venir ahora a cenar?-.
-No; me quedaré aquí. Necesito rezar- Alara tomó a su amiga de la mano.- Gracias por todo, Valeria-.
Valeria sonrió con cariño.
-Arriba ese ánimo, hermanita-.
Cuando Valeria se marchó, Alara se arrodilló en el suelo del cuarto y se puso a rezar. Como siempre que estaba inquieta o angustiada, orar la tranquilizó más que ninguna otra cosa. Cuando terminó, faltaba poco para la hora de reunirse en el vestíbulo. Se vistió con los pantalones, el corpiño, las botas y la gabardina de cuero negro que Octavia había escogido para ella, despeinó su cabello con un gel fijador para disimular el corte de pelo reglamentario, y dejó la habitación.
Los demás ya estaban esperándola junto al mostrador de la recepción. Todos la miraron de una manera algo inquisitiva que le resultó desagradable, pero nadie hizo ningún comentario.
-Ya estoy lista- dijo.- ¿A dónde vamos?-.
Mathias la miró. Ya no parecía enfadado, sino triste.
-Al barrio portuario. Hay varios locales interesantes allí, y en muchos de ellos se reunen marineros y transportistas para intercambiar novedades. Es un buen sitio para empezar-.
Tomaron un taxi para dirigirse a la zona de bares. Era noche cerrada, y la lluvia golpeaba incesante en los cristales del vehículo. Llovía aún con más fuerza que cuando habían llegado a Gemdall.
"Maldita lluvia", pensó Alara. "Maldito monzón. En Galvan nunca llovía tanto".
Tras dejar atrás Shantuor Ledeesme, el viaje seguía como de costumbre. El plan inicial era llegar con antelación al convoy principal y hacerse pasar por civiles para tratar de captar información interesante entre los lugareños, y Gemdall era la primera parada oficial del trayecto. Cuando el taxi los dejó en la plaza Arven, centro neurálgico del barrio, Mathias dejó que Mikael los guiara. El asesino los llevó a un bar llamado Volinkas cuyo letrero luminoso estaba rodeado por imágenes de peces dwaif que saltaban persiguiendo pelotas doradas.
-¿Por qué aquí?- preguntó Octavia.
-Según he averiguado, es uno de los bares preferidos por los transportistas para tomar una copa después de cenar- respondió Mikael.
A esas horas, el local aún no estaba a rebosar. Mathias y Mikael pidieron amasec, y las tres Sororitas, refrescos sin alcohol. Se sentaron en una de las mesas más alejadas del equipo musical, donde podían escuchar las conversaciones de alrededor sin demasiadas dificultades. Alara estaba atenta a la mesa que tenía más cerca, pero no oyó nada de interés; se trataba de un transportista marino gordo y calvo lamentándose de haber perdido a uno de sus servidores en una galerna inesperada. Mathias prestaba atención a la mesa opuesta, bebiendo su amasec a sorbitos y hablando de vez en cuando con Valeria para disimular la escucha.
Pasó una hora. Alara comenzaba a aburrirse y a pensar que aquel local era una pérdida de tiempo, cuando vio que Octavia removía su refresco con la pajita y luego movía el vaso hacia delante; la señal convenida de que estaba escuchando algo que podía ser de interés. Al cabo de un minuto, la Dialogante se levantó, pidió otro refresco en la barra y regresó a la mesa, pero justo antes de sentarse trastabilló y su bebida se derramó a los pies de un grupo de hombres jóvenes que departían frente a varias jarras de cerveza.
-¡Oh, lo siento!- exclamó Octavia, consternada.- ¡Lo siento mucho! ¿Os he manchado?-.
Alara la miró de reojo. Suponía que su amiga había tropezado a propósito, aunque lo había hecho con tanta habilidad que nadie hubiera pensado que se trataba de algo fingido. Uno de los chicos, un hombre alto y robusto que llevaba el cabello castaño recogido en una coleta, fue el que primero le tendió la mano. Octavia lo eligió al instante como objetivo y esbozó una sonrisa cuidada que pretendía ser a la vez simpática, inocente y sensual.
-No pasa nada- dijo el chico.- ¿Estás bien?-.
-Sí, sí. Menos mal que no me he torcido el tobillo, ¡soy tan torpe! Con tan poca luz no he visto bien la pata de la silla-.
Aceptó la mano que le tendía el joven y se incorporó.
-Ha sido culpa mía- dijo él.- La he dejado demasiado apartada de la mesa. Me sabe mal que se haya perdido tu bebida, deja que te invite a otra-.
Una nueva sonrisa, entre pícara y tímida, apareció en el rostro de Octavia.
-Eres muy amable, pero no quiero causar molestias-.
-No es molestia- sonrió el joven, que parecía estar creciéndose al ver que sus amigos lo observaban.- Si te hubiera visto antes te hubiera invitado de todos modos-.
Octavia le devolvió la sonrisa y lo acompañó a la barra.
-Joder, tan inocente que parecía- masculló Mikael, viendo cómo se marchaban.
Alara, sin embargo, no estaba sorprendida. Sabía que la Cámara Dialogante entrenaba a las hermanas para que fueran capaces de desenvolverse en todo tipo de situaciones, incluso aquellas. Octavia no tení demasiada experiencia en aquel campo, pero era obvio que la había enseñado bien. Alara la vio reírse junto a la barra por algo que había dicho el joven, y cuando regresó se sentó junto a él en la mesa.
-Chicos, os presento a Flavia- dijo el chico, muy ufano.- Flavia, estos son Gareth, Claudius y Harlan-.
-Hola- sonrió Octavia, tomando un sorbo de su bebida.- Encantada de conoceros. Reen me ha dicho que sois transportistas como él-.
-Yo no- dijo Claudius.- Yo me dedico al transporte marítimo, no como todos estos marineros de agua dulce-.
Los otros rieron haciendo gestos de desdén.
-¿Quién querría aburrirse como tú tantos días en alta mar?- exclamó Gareth.
-Pasa una galerna en mi barco y ya veremos si te aburres. Además, ni que los transportistas os divirtierais tanto, todo el día rodando por la carretera...
-Joder, pues lo que vio Harlan ayer no tenía nada de aburrido- dijo Reen.
-¿Sí?- preguntó Octavia, curiosa.- ¿Qué vio?-.
-Acabo de contárselo a éstos- dijo Harlan- pero da igual, no me importa repetirlo. Anoche estaba yo haciendo la ruta Marlav-Gemdall, cuando se puso a llover de una manera infernal. Íbamos todos muy despacio porque encikma había retenciones; todas las carreteras secundarias estaban cortadas por la lluvia y habían desviado a todo el mundo a la autovía. Y entonces, más o menos a la altura del desvío hacia el Paso de Kyrna, cuando ya llevábamos más de cinco minutos parados y estaba más aburrido que una ostra, vi una... una especie de luz verde en el cielo. Lejos, al este. Se reflejaba en las nubes como un holoproyector, y parecía una especie de ocho invertido. Y no fui el único que la vio; otros conductores también lo hicieron. Algunos se bajaron de los coches para mirar. Estuvo flotando en el cielo unos minutos y luego desapareció-.
-¡Qué cosa más rara!- exclamó Octavia.- ¿Y qué podría significar ese ocho tan raro?-.
-La Marca de Padre- dijo Reen con solemnidad.
Alara se esforzó por no mostrar reacción alguna y fingir que seguía escuchando la anécdota ficticia que relataba Mathias.
-¿La Marca del Padre?- preguntó Octavia con extrañeza.
-Eres un flipado- se burló Gareth.
-Todo lo flipado que quieras- dijo Reen.- Pero según las historias que me contaba mi abuela cuando era un crío, el ocho invertido es la Marca del Padre. Representa un dinovermo comiéndose a sí mismo-.
-¿A qué padre se refiere, al tuyo?- preguntó Gareth con una sonrisa sardónica.
-No sé. Supongo que al Emperador, porque decía que el Padre es el gran dios que nos protege y nos juzga-.
Gareth y Claudius se rieron.
-¿Y por qué iba el Dios Emperador a poner un dinovermo en el cielo?- preguntó Claudius, burlón.
Reen se rascó la cabeza.
-La verdad es que no me acuerdo, tío. Yo era muy enano cuando me contaban esos cuentos. Pero me parece recordar que era una especie de aviso-.
-Dime, Reen, ¿vive todavía tu abuela?- preguntó Octavia.
-Sí. Tiene ochenta años y ya no sale del pueblo por culpa de sus achaques, pero vive. ¿Por qué lo preguntas?-.
Octavia esbozó su sonrisa más encantadora.
-Porque estoy estudiando Antropolgía en el Collegia de Prelux Magna y voy a hacer el trabajo de final de licenciatura acerca de las leyendas y tradiciones vermixianas. Me interesa mucho escuchar las tradiciones orales de los distintos pueblos para ver en qué se parecen y en qué se diferencian las historias. ¿Crees que tu abuela querría hablar conmigo y contarme sus historias?-.
-Ah... bueno, yo... -Reen parecía sorprendido por la petición.- Sí, claro, me imagino que no tendrá ningún problema. Si se acuerda, claro, ya te digo que está mayor. ¿De verdad quieres hablar con ella?-.
Octavia se encogió de hombros en un gesto de timidez. Alara cada vez estaba más sorprendida; a pesar de que se trataba de su primera misión de campo sin supervisión, su amiga estaba interpretando el papel de estudiante curiosa y tímida a la perfección.
-Sí, sería muy útil para mi trabajo. Si a ti no te importa, claro-.
-¡Cómo me va a importar!- Reen le dedicó una sonrisa insegura, como si estuviera intentando calibrar en qué punto de la conversación el interés de Octavia se había desviado de él para centrarse en su abuela.- Vive en Romwall; está a un par de horas de aquí. Se llama Elsa Brümmer. Te daré su dirección-.
El rostro de Octavia era la misma imagen de la inocencia y la dulzura.
-Muchas gracias, Reen-.